Después de la exitosa “extracción” de Nicolás Maduro y su esposa por una fuerza militar de Estados Unidos, ha quedado demostrado que el desinterés mostrado por Donald Trump en la noche de su toma de posesión, al señalar que “América Latina no nos interesa. Nosotros les interesamos a ellos…”, no era tal. Ya antes del ataque a Venezuela, la publicación del documento sobre Estrategia Nacional de Seguridad de noviembre 2025, dejaba en claro este viraje
“Después de años de descuido, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia Americana en el Hemisferio Occidental y proteger nuestra Patria y nuestro acceso a territorios clave en toda nuestra región…”.
El Corolario Roosevelt de 1904, que en realidad cambió totalmente el sentido y alcance de la Doctrina Monroe, queda así reafirmado, ahora como Corolario Trump. Y en Venezuela ha quedado demostrado que tiene aplicación. Como reafirmó Marco Rubio el mismo día de la operación en Venezuela: “Este es nuestro Hemisferio”.
Ante esta realidad, muchos analistas se preguntaron cuál “territorio clave” sigue en la agenda de Trump y la gran mayoría está de acuerdo en que podría ser Cuba. La isla siempre ha sido primera prioridad para Estados Unidos y las condiciones parecen propicias a alguna acción, por la difícil situación que se vive en ella, en condición muy crítica desde hace meses. A las muchas dificultades que enfrenta el gobierno cubano por las duras sanciones que le aplica Estados Unidos, se une ahora la muy grave pérdida del abastecimiento de petróleo que recibía de parte del gobierno bolivariano.
Pocas semanas después, el gobierno de Donald Trump endureció fuertemente el embargo, amenazando con aranceles y represalias contra cualquier país que le entregue petróleo a Cuba. El propio Trump anunció este nuevo embargo, provocado por sus propias decisiones, pero luego comentó, casi de inmediato, que como los cubanos “lo están pasando muy mal” pronto se sentarán a “hablar con nosotros”. Ello ha dado lugar, en los días siguientes a numerosos anuncios de que una negociación es inminente.
Cuba no fue mencionada en las pretensiones geopolíticas anunciadas por Trump en la noche de su inauguración. Pero ya se conocían los efectos de las decisiones del primer gobierno de Trump, cuando se volvió a incluir a Cuba en la lista de países “patrocinantes del terrorismo”. Pocos días antes de dejar su cargo, Joe Biden decretó la retirada de Cuba de esa lista, pero este fue sólo un lavado de manos simbólico; como era de esperarse, Trump la volvió a incluir entre las primeras ordenes ejecutivas de su segundo período.
En un escenario internacional tan incierto como el que vivimos hoy, todo puede ocurrir, incluso un cambio de políticas que llevan años. Nadie imaginó que un día se vería a Maduro en una cárcel de Nueva York, mientras su vicepresidenta Delcy Rodríguez anuncia liberación de presos y lleva adelante un “diálogo constructivo”. Asimismo, hace pocos días Trump recibe a Gustavo Petro, a quien hace unos meses acusaba como “líder del terrorismo”, en la Casa Blanca. El Presidente norteamericano nos ha acostumbrado ya a estos vuelcos, de tarifas y agresiones a aperturas y buenas palabras, como una forma de obtener resultados, que hasta ahora no han sido tan concretos, pero atraen como nunca al público de todo el mundo.
Sin embargo, en el plano hemisférico, una negociación o incluso un diálogo constructivo entre Estados Unidos y Cuba, sería un hecho histórico, una novedad de proporciones mucho mayores. En primer lugar, porque Estados Unidos ha mirado a Cuba, desde hace dos siglos, como un territorio sobre el cual debería tener derechos especiales. En segundo lugar, porque en el pasado más reciente Cuba ha sido para Estados Unidos una nación enemiga y una amenaza para su seguridad, lo cual, verdadero o no, ha llevado a sus sucesivos gobiernos a adoptar políticas y medidas de rechazo, que lejos de debilitar al sistema de partido único, sólo consiguieron fortalecerlo. Y, en tercer lugar, porque en la actualidad, la ciudadanía de origen cubano tiene un poder político, económico y electoral que es indispensable considerar para cualquier estrategia partidista, en vísperas de elecciones parlamentarias en noviembre próximo.
Veamos brevemente estos tres aspectos, para evaluar las condiciones en las cuales podría pensarse hoy en un diálogo entre la Cuba de los Castro y los Estados Unidos de Donald Trump.
I
Cuba ha tenido siempre un lugar especial en la agenda de Estados Unidos, porque situada a 90 millas de Estados Unidos, pudo haber sido territorio norteamericano desde un comienzo. España le vendió Florida a Estados Unidos en 1821, pero conservó la isla de Cuba, a pesar de los muchos intentos de Estados Unidos por adquirirla. En los años anteriores a la Guerra Civil, los once estados esclavistas que se separaron de la Unión consideraron la expansión al Caribe como una forma de fortalecer su Confederación, y especialmente a Cuba, tanto por su posición estratégica, como por la fuerza que tenía allí el tráfico de esclavos. Hubo incluso un intento serio en el Senado de autorizar el uso de la fuerza, si España mantenía su negativa a traspasar a Cuba.
La guerra y la derrota de la Confederación sepultaron esas intenciones por bastante tiempo. Estados Unidos ya había conquistado amplios territorios hacia el Oeste y no pensaba en una expansión hacia el Caribe. La presión para hacer de Cuba territorio dependiente de Estados Unidos sólo resurgiría a fines del siglo, cuando los gobiernos de McKinley y Teodoro Roosevelt apoyaron la guerra de independencia de Cuba, para luego imponer sus condiciones. La principal herramienta para ello fue la Enmienda Platt, (llamada así por su autor, el senador Oliver Platt), una Ley aprobada en el Congreso norteamericano que introducía en la Constitución de Cuba un articulado que garantizaba a Estados Unidos «derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad individual…». Además se traspasaban a Cuba un conjunto de obligaciones impuestas en el Tratado de París de 1898 entre Estados Unidos y España, que privaron a esta de cualquier pretensión sobre Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. Con la suscripción de este anómalo documento Cuba pasaba a ser dominada por Estados Unidos. A pesar de que la Enmienda Platt fue derogada en 1934, a iniciativa del Presidente Franklin D. Roosevelt, como parte de su “Política del Buen Vecino”, Estados Unidos mantendría por los 25 años siguientes su ascendiente político sobre Cuba y el control casi total de su economía.
La caída de la dictadura de Fulgencio Batista no sólo inauguró una nueva forma de lucha revolucionaria, que se extendió a América Latina y otros continentes, sino que evolucionó hacia un gobierno de partido único que llevaría muy pronto a Cuba a convertirse en aliado de la Unión Soviética y del llamado “campo socialista”, durante toda la extensión de la Guerra Fría.
II
Cuba mantenía así un carácter “especial” en su relación con Estados Unidos, pero también se había convertido ahora en un actor político de primer nivel en el escenario del conflicto global y regional. Era el único adversario ideológico en América. En plena Guerra Fría, el supuesto enemigo fue enfrentado con todos los recursos disponibles, políticos y económicos, buscando su aislamiento con exclusión forzada de organismos internacionales y embargos comerciales. Un año después de implantado el nuevo régimen, Estados Unidos apoyó una guerrilla interna en el Escambray, e incluso un intento de invasión (Bahía Cochinos, abril de 1961). Más grave aún fue la crisis global (octubre 1962) provocada por la instalación de misiles con cabezas nucleares en territorio cubano, que tuvo al mundo al borde de un enfrentamiento con armas nucleares. Aunque la crisis se cerró con el retiro de los misiles y el compromiso de Estados Unidos de no intervenir en la Isla, no hubo otros compromisos políticos. Cuba siguió manteniendo por décadas su apoyo a guerras de guerrillas en distintos países del Tercer Mundo, con intentos fallidos en América Latina. Especialmente importante fue su acción masiva en el Sur de África, donde movilizó un contingente numeroso en el conflicto de Angola, con enfrentamientos directos con el ejército de Sudáfrica, cuando esa nación aún practicaba el apartheid. Al concluir la Guerra Fría, sin embargo, ya el involucramiento militar cubano en el Tercer Mundo había cesado por completo.
III
La desaparición de la URSS y el bloque soviético impusieron en la relación de Estados Unidos y Cuba una nueva realidad. Por una parte, el exilio cubano de los años sesenta había generado ya una importante población cubano-norteamericana, de varias generaciones. Aunque tras unas dos o tres generaciones, ya no es posible hablar de migrantes, los cubanos nativos conservan el idioma y la música y también actúan en común en la política, fundamentalmente en el Estado de Florida, pero ya extendidos a otros estados. El exilio cubano siempre ha desarrollado actividades contrarias al gobierno de La Habana, al margen de los períodos de mayor o menor deshielo en la relación. Y su peso político ha llevado a ser suficiente como para controlar la política estatal hacia Cuba. La población de origen cubano es de casi 3 millones, dos tercios de los cuales viven en Florida. Aunque comparados, por ejemplo, con la población de origen mexicano (cerca de 40 millones) pueden parecer un número pequeño, los cubanos tienen un alto grado de unidad, y controlan la mayoría política en un estado clave para las elecciones nacionales.
Sin embargo, la mayoría de esta población cubana conserva vínculos con la población de la isla. Cuando los viajes no han estado prohibidos, muchos van a visitar sus familias o a conocer la tierra de sus padres. Ha habido periodos, como el que siguió a la renovación de lazos diplomáticos con Cuba, durante la presidencia de Barack Obama, en que los viajes a La Habana fueron numerosos; y cuando es posible se envían remesas de dinero. Ya son muy esporádicos los “vuelos de la libertad” a territorio cubano, pero las provocaciones recíprocas ya son asunto del pasado. La mayor parte de los jóvenes se siente estadounidense y vota republicano.
En el primer gobierno de Trump y el de Biden, la relación con Cuba siguió congelada, aunque se mantienen las embajadas iniciadas en el período de Barack Obama. En ese gobierno Cuba y Estados Unidos reanudaron las relaciones diplomáticas que habían estado cortadas por más de cincuenta años. Aumentaron también los intercambios y los viajes, pero el embargo se mantuvo. Ese embargo incluye las relaciones comerciales, económicas y financieras. Las corporaciones norteamericanas tienen prohibido hacer negocios en Cuba. En realidad, salvo encuentros esporádicos, la aplicación estricta del embargo y algunos intercambios de información de inteligencia, las relaciones han estado paralizadas por más de una década.
Hoy la situación es muy grave en Cuba, donde la falta de energía, ya racionada, ha derivado en protestas ciudadanas, que exigen una mejor condición de vida que hoy su gobierno no puede proporcionarles. Miguel Díaz-Canel fue instalado por Raúl Castro como sucesor, pero esa sucesión ya no tiene la misma legitimidad carismática y no ha abordado cambios importantes para fortalecer la economía, limitándose a enfrentar la crisis cada vez más aguda, sin adoptar medidas significativas. La emigración ha aumentado y también las protestas. El gobierno es estable aún, aunque aumentan las protestas y la falta de salida se hace evidente.
No faltan razones, entonces, para suponer que el gobierno norteamericano podría intentar alguna acción. Hoy se habla más de eso en Washington, aunque tampoco hay mucha claridad respecto de la línea que se debe adoptar. El Secretario de Estado, Marco Antonio Rubio, es bilingüe, hijo de padres cubanos emigrados en 1956, se ha manifestado siempre partidario del fin del actual régimen de ese país y parece dispuesto a alcanzarlo.
La mayor dificultad está en que los puntos de partida son totalmente antagónicos. Estados Unidos quiere terminar con el actual sistema político cubano y el Gobierno de Cuba parte de la base de que ninguna conversación con Estados Unidos puede abarcar como tema asuntos relacionados con su gobernanza. La historia común de tantos años explica estas posturas extremas: los recuerdos de la Enmienda Platt y de la Crisis de Octubre están aún en la mente de quienes podrían negociar.
Al mismo tiempo, la opción de un golpe estilo Venezuela no puede ser considerada. Cualquier intento de atacar a Cuba podría resultar en una mortalidad de proporciones. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR) están bien preparadas, con armamento moderno y son las más grandes de la región, salvo México, Brasil y Colombia. Sus efectivos se estiman en más de 125.000, a los cuales se agregan unas reservas entrenadas de 200.000 efectivos más. Se puede responder, como es obvio, que las Fuerzas Armadas de Estados Unidos son las más grandes del mundo (aunque China parece tener más efectivos) y muy superiores en armamento, número y calidad. Pero un conflicto armado de gran tamaño a apenas 90 millas de las fronteras de Estados Unidos sería una experiencia que la primera potencia del mundo no se puede permitir.
La opción razonable es iniciar una conversación, una apertura al diálogo y algunas soluciones para los temas que interesan a cada uno: crisis energética, migración, límites al embargo, compromiso de no intervención. La liberación de presos políticos sería también un tema central para Estados Unidos, porque crearía un clima favorable en la comunidad cubano-estadounidense. Ir más allá hoy parece políticamente imposible para ambos. Cuba y Estados Unidos están, a la vez, demasiado cerca y demasiado lejos para avanzar a un escenario estilo Trump.

Una reacción militar de Cuba es imposible. No tiene combustible, ni pertrechos, ni preparación. El pueblo cubano ya no aguanta más. Llegó el momento de que se los mafiosos que gobiernan sean juzgados. Llevan casi 70 años abusando y sometiendo al pueblo.
50 años en la politica y no cacha una…..de los puntos nombrados para una hipotética negociación, la democracia como forma de gobierno, la alternancia en el poder y el respeto a los derechos humanos de las personas, no tienen cabida en su estrecha mente ideologizada y militante?????? O no le importan en este caso?????????
Pega para la ONU:
Manual para restablecer/establecer un gobierno racional en una nación.
Propongo un esquema de Constitución liberal con “fill in the blanks” que contenga estructura de 3 poderes, fuerzas armadas obedientes y aseguramiento de la propiedad privada y economía de mercado.
Primeros pacientes: Haití, Cuba, Nicaragua y Venezuela.