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Tenemos que lograr redactar una Constitución que apruebe una amplia mayoría en el plebiscito de diciembre. No hay tarea nacional más importante que ésta en los próximos meses. No bajemos los brazos antes de tiempo. Nadie debería restarse de este esfuerzo. Y para tener éxito aprendamos las lecciones que nos ha dejado no sólo la Convención pasada, sino también la forma cómo el gobierno buscó conmemorar los 50 años del golpe del 73.  Veamos.

Primero, dejemos de mirar el pasado, especialmente los asuntos que nos dividen. Miremos el presente y lo que nos une. Tampoco pretendamos fijar el futuro que cada grupo o partido pretende alcanzar. El futuro nunca se puede asegurar. No seamos ilusos ni maximalistas. Mejor abramos un espacio a futuros aceptables donde todos podamos convivir. Algo menos pretencioso, más humilde, más humano.

Tomemos consciencia que -a esta altura- es falsa la separación entre ocuparnos de los problemas cotidianos de la gente y ocuparnos de tener una nueva Constitución. La mayor seguridad en las ciudades y regiones, menor delincuencia y violencia, etcétera, es algo que la nueva Constitución puede y debe facilitar. Recuperar el crecimiento económico, subir el empleo, reducir el temor a quedar cesante son cosas que no se podrán resolver si no hay acuerdo constitucional ahora. Sin este acuerdo ahora, la incertidumbre seguirá limitando la inversión y, con ello, todo mejoramiento económico y social.

Segundo, otra condición clave para cerrar bien el proceso constitucional es cambiar el estado de ánimo general de la política y sus actores desde uno de crispación a uno de cuidado del país. Hablar no para ganarle el punto al otro sino para entregar lo suyo como aporte a una solución en que al final ganemos todos. Para generar ese nuevo ánimo necesitamos todos más consciencia de los efectos sobre los demás de nuestro hablar y de nuestra forma de escucharlos. Por ejemplo, darnos cuenta cuando estamos inconscientemente a veces “echándole la culpa al otro”. Y en ese momento, parar. Volver atrás, y expresar, tal vez lo mismo, pero como propuesta propia. De lo contario, cada palabra saca una palabra contraria, todo se malinterpreta como ataque, todo se hace un conflicto. Esto supone no seguir el juego de tantos periodistas que buscan exacerbar conflictos para atraer de mala manera más auditores o lectores. Ellos ganan alguna audiencia, pero al final perdemos todos. Ayudaría, creo, tomar consciencia de las nefastas consecuencias de todo esto.

Tercero, llegar a un acuerdo, abandonemos las declaraciones que implican emplazamiento a los demás. Menos cuando se hacen a través de los medios. Casi siempre son acusaciones veladas de que el otro es único responsable y así son respondidas. Palabras sacan palabras, y seguimos en ese juego de suma cero. Este fue el ánimo o el tono que se le dio a la conmemoración de los 50 años que tan pocos frutos nos dejó. No repitamos los mismos errores. Nadie ganó con eso. Hacer emplazamientos supone siempre que el otro no tiene capacidad de reflexión propia. Que sólo entenderá y cambiará y si es conminado a hacerlo por lo que se le dice. No deja espacio al otro para decidir por sí mismo. Resta dignidad. Todo esto es muy parecido a lo que ocurre en las relaciones humanas en general, como en las parejas. Se necesita dejar espacio para que cada uno o tenga presencia y el tiempo para reflexionar y revisar en profundidad.

Cuarto, para que una nueva propuesta de Constitución sea aprobada en diciembre, consideremos bien las condiciones requeridas. Entre ellas no está solamente la redacción que se dé a ciertas cláusulas, los temas que se aborden (derechos, aborto, género, etc.) y cómo. Algo muy importante será el llamado a votar a favor por parte de líderes nacionales claves. Muy en particular de dos personas de carne y hueso cuya influencia y carrera futura depende mucho de cerrar con éxito este proceso. Me refiero a Gabriel Boric y José Antonio Kast. Me pregunto, ¿tendrán consciencia ellos de que si se reunieran el día antes de que se entregue el borrador final, acuerdan los últimos puntos pendientes y firman una carta invitando a todos los ciudadanos a votar a favor y por qué,  entonces al fin tendríamos nueva Constitución? ¿Podrían ser capaces de tanta grandeza? ¿Por qué no? Es el futuro del país entero lo que está en juego. Claro que esto puede tener costos y requiere un trabajo previo cuidadoso, minucioso y silencioso; no improvisado como pasó en la conmemoración de los 50. Esto me lleva a la última condición de éxito.

Desde la próxima semana todos los chilenos podríamos proponernos entrar en un período de tregua, mayor silencio y de apuesta por la confianza en nuestros dirigentes políticos. No son más de unos 80 los hombres y mujeres que tienen en sus manos el futuro de Chile en al menos los próximos 5 años. Démosle el espacio y el tiempo para que nos sorprendan con un gran acuerdo nacional.

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