Señor Director:
Hoy, como nunca, vemos cómo crece el afán por «volver al origen» en la alimentación y en tener una vida sana. Pedimos volver a lo que nuestros abuelos comían: alimentos simples, frescos, sin conservantes ni aditivos. ¿La razón? Hemos entendido que lo artificial nos enferma. Queremos limpiar nuestros cuerpos, reconectar con lo esencial.
¿Por qué no hacemos lo mismo con nuestra política? Si en la alimentación buscamos lo puro y auténtico, ¿por qué en la vida pública toleramos lo corrupto y engañoso? ¿Acaso hemos olvidado que hubo un tiempo en que la honradez, la verdad y el respeto por la vida eran los pilares de nuestra sociedad? Hoy, el robar y mentir parecen haberse convertido en parte del «juego político». ¿Y la sensatez? Brilla por su ausencia.
Pero no es solo responsabilidad de nuestros gobernantes, también lo es de nosotros como padres y de los profesores que tanto tiempo están con nuestros niños, ¿no deberíamos volver también a nuestros principios más básicos? Educar a nuestros hijos con ideales de honradez, esfuerzo y respeto, en lugar de llenarlos de ideologías que solo dividen y confunden. Enseñarles que lo correcto no tiene atajos ni excusas.
Si buscamos purificar lo que entra en nuestro cuerpo, ¿por qué no exigimos lo mismo para aquello que afecta a nuestro espíritu cívico? La política honesta y la educación en valores no son utopías, son la única manera de sanar una sociedad que parece haber perdido el rumbo.
Macarena Suárez
Somos mujeres por Chile

Excelente