Señor Director:
Refiriéndome al último y cruel atentado terrorista de la azotada zona de La Araucanía, específicamente a pocos kilómetros de Victoria y Selva Oscura, me es imposible no recordar con nostalgia a esas zonas en otros tiempos; un remanso de tranquilidad, un vergel de productividad triguera y otros, un verdadero santuario de belleza y paz por donde se le mirara. Hoy, sumida en un vertedero de sangre, miedo, cenizas, violencia, injusticia e impunidad. En otras palabras, un asidero de violación de derechos humanos por parte de un Estado incapaz de cumplir con su deber de impartir seguridad; derecho fundamental totalmente exigible de todo ciudadano en cualquier país del mundo, y que los Estados deben resguardar contra todo lo demás, cueste lo que cueste.
Por desgracia, en nuestro caso no ha sido así. En Chile, el Estado no ha cumplido con su deber, ha dejado a la iniquidad de la violencia persistir y persistir hasta hoy, que gravemente esta ya desbordó.
Y, cuando se llega tarde a cualquier real solución, siempre es difícil de afrontar y enfrentar y sus costos por supuesto, son cuantiosos tanto para unos como para otros.
De un tiempo a esta parte el flagelo de la violencia extrema del narco terrorismo, de la delincuencia, de la extorsión, del secuestro, entre muchos otros, se han hecho normalidad por su recurrencia, y sólo se siguen oyendo millares de lamentaciones, sentidos de pésame, recomendaciones y amenazas estridentes con palabras huecas de realidad y repletas de impunidad, que se repiten y repiten a lo largo del tiempo, sin que nadie de los que pueden y deben hacer algo se inmuten y tomen cartas en el asunto.
¡Una verdadera vergüenza!
M. Verónica Correa

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Totalmente de acuerdo con lo planteado: la violencia en La Araucanía se ha vuelto cotidiana y el Estado sigue sin dar respuestas reales. La seguridad es un derecho básico, y al no garantizarlo, se abandona a comunidades enteras a la impunidad y al miedo.