Señor Director:

El martes pasado mientras nos encontrábamos en las horas finales de la jornada laboral en Chile, comienzan los WhatsApp a sonar con esta noticia: Ex Presidente Sebastián Piñera Echenique ha muerto. De inmediato saltan sus seguidores y sus rivales, los que creen en las noticias inmediatas y los que dudan por el mar de fake news, los incrédulos como yo que no podíamos creer que una persona tan activa y tan referente para uno, ya no estaba.

Era oficial. Había salido en su helicóptero que acostumbraba a manejar desde la casa de un amigo a su casa, ambas en el sur de Chile, con un viaje estimado de 7 minutos, donde sólo logró 90 segundos de vuelo. El helicóptero capotó en el lago. Se salvó su hermana, un amigo empresario y el hijo de este último. Piñera se hundió en el lago en su helicóptero.

Desde que la noticia extraoficial salió, hasta que la ministra de Interior Carolina Tohá informó oficialmente su fallecimiento, el decreto de luto nacional y el funeral de Estado, gran parte de la comunidad venezolana (donde me incluyo) no solo nos sorprendimos de la noticia, sino que realmente la lamentamos como si fuésemos un chileno/a más partidarios de Piñera. Muchas personas de mi entorno no podían comprender o creer que realmente lamentábamos la muerte de él, si el ex Presidente “no es nada nuestro”, o como decimos en criollo “éramos unos pasteleros” o “somos showceros”. Algunos con frases, otros con caras u otros gestos reveladores. No había encontrado cómo poder explicarles el porqué, pero creo poder hacerlo ahora.

La verdad es que ciertamente el ex Presidente Piñera no es nada nuestro, o mejor dicho, si, fue “un presidente prestado” en un “país prestado”.

Cuando en Venezuela comenzó la crisis social-económica y el aumento de presos políticos fue notorio, él personalmente acudió en el año 2015 a Venezuela. Posterior a ello, nos acompañó a los factores democráticos de nuestro país sin titubeos. Nos apoyó en cuanta iniciativa hubo. Recibimos un espaldarazo gigantesco mientras fue gobierno u oposición en su país. Tuvimos presencia en sus discursos internacionales, acogió en la Embajada a varios políticos venezolanos en condición de asilados, respaldó a la AN-2015, desconoció las elecciones de mayo 2018, pero, sobre todo: creó la visa de responsabilidad democrática para los venezolanos que queríamos venir a este país. Punto aparte merece destacar cuando defendió una y otra vez -a pesar de la campaña en contra de su viaje a Cúcuta donde falazmente dicen que invitó a los venezolanos a irse por cualquier medio a Chile- que recibiría a todos los venezolanos que pudiese, porque era un compromiso moral con un país (Venezuela) que les había dado oportunidad a miles de chilenos décadas atrás.

Aunado a lo anterior, desde que el fallecimiento fue oficial hasta la tarde del viernes, he hecho un seguimiento minucioso del Funeral de Estado, lo cual hay elementos que a nuestra comunidad le sorprende aún más, no por desconocimiento sino por carencia. En primer lugar, un Estado fuerte y vigoroso, con instituciones robustas donde son estas más importantes que las personas. En segundo lugar, el respeto y el reconocimiento del otro como un adversario político y jamás como un enemigo. En tercer lugar, la existencia de ex Presidente vivos a la fecha (Frei, Lagos y Bachelet) más el Presidente en ejercicio Gabriel Boric Font, quienes pudieron rendir honor a un presidente fallecido. En cuarto lugar: la familia, las tradiciones republicanas y los símbolos patrios como elemento unificador.

Estos cuatros simples hallazgos son demoledores para la comunidad venezolana en Chile. Primero, nosotros no tenemos instituciones fuertes, lo cual debilita el Estado; segundo, la polarización política actual no da tregua y es impensable ver a una comitiva del gobierno ir a un funeral de la oposición o a la inversa; tercero, no nos queda ni un ex presidente vivo, y cuando estos fallecieron en la época del chavismo ninguno recibió honores de Estado (Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, Luis Herrera Campins, Ramon J. Velásquez y Jaime Lusinchi) al contrario, muchos fueron menospreciados por Hugo Chávez o Nicolás Maduro, pretendiendo borrar parte de la historia civil de nuestro país; cuarto, el uso de los símbolos patrios han sido tergiversados y han puesto dos bandos “los patriotas” y “los traidores”, la familia presidencial es desconocida por una parte y repudiada por otra, y las costumbres republicanas, protocolares y ceremoniales inexistentes. En síntesis: somos huérfanos de un Estado, de un país y de una figura presidencial actual o pasada sobre la cual tengamos aprecio, respeto y agradecimiento.

Como si fuera poco, hubo dos discursos telúricos en el Funeral de Estado. 1) Bachelet (a quien admiro desde siempre), fue contrincante presidencial en el 2005 y le ganó a Piñera, luego le entregó la banda en el 2010, después la recibió de él en el 2014, se la volvió a dar en el 2018, pero enfatizó con esto: “Quiero destacar algo que nadie podrá arrebatarle al presidente Sebastián Piñera: las diferencias no le incomodaban, su corazón liberal las alentaba». Por otra parte 2) Gabriel Boric en su condición de Presidente, ejerció su cargo con dignidad, respeto y un increíble sentido republicano. Boric, quien había amenazado a Piñera en la campaña afirmando que “lo perseguiría por ser un violador de derechos humanos” (sic), ha reconocido que “las querellas y recriminaciones a Piñera fueron más allá de lo justo y razonable«. Es otro. Un mea culpa público en este acto central tiene un valor mucho mayor. Se dio cuenta “que otra cosa es con guitarra”. Ahora sufre el ataque de sectores adherentes a su propio gobierno por esta confesión.

Estos tres días de “tregua política” han permitido respirar un aire un poco menos contaminado. Como ciudadano venezolano en Chile, con cinco años y medio acá, me siento esperanzado y tranquilo de haber elegido este país. Siempre le agradezco a Chile su generosidad, sus oportunidades y sus enseñanzas. Este país grande se le debe a muchos, y aquí englobo todos los gobiernos desde el regreso de la democracia: Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet, Sebastián Piñera, y por qué no, a Gabriel Boric Font.

Han puesto las políticas de Estado por encima de las políticas de Gobierno. Seguiremos en este país prestado, mientras logramos el cambio político en el nuestro.

Por Antonio Domínguez Oropeza, abogado y coordinador electoral de las primarias de venezolanos en Chile

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