Señor Director:
“Desde el vientre materno he vivido encarcelado” fue la frase que me dejó sin palabras dicha por uno de los jóvenes atendido en confesión el pasado viernes Santo, en la cárcel de menores de Til Til; en sus escasos 17 años lleva a sus espaldas cuatro homicidios. ¿Qué puede suceder en alguien para que destruya su vida tan miserablemente? No pude dejar de pensar en ello después de haber atendido a muchos. Para encontrar algunas respuestas recurrí al “Libro del Desasosiego” de Fernando Pessoa.
Claro, el autor se refiere a la angustia existencial, a la soledad profunda, al tedio, a la monotonía, a la tristeza y a la pesadumbre que seca la esperanza y produce violencia sin control. Aunque aquel libro es una ficción, el encuentro con Til-Til es una realidad que cuando uno escucha a los que allí habitan lo estrangulan, se detiene el corazón y parece que hasta la circulación de la sangre.
Lo que esconde Til-Til entre sus muros es la expresión dramática de un abandono descomunal de quienes se concibieron en la cárcel, nacieron en ella y se acostumbraron a la barbarie de la misma.
Mucho del salvajismo de los hechos protagonizados por esos jóvenes tiene su génesis y síntesis en la acumulación del mal recibido sin límites.
Por eso que una mirada más fina y penetrante nos permitirá dejar la superficie para no quedarnos en lo que creemos absoluto y evidente. Así los juicios y condenas apresuradas darán paso al encuentro de algunas motivaciones que los condujo a las acciones perversas y desenfrenadas.
Sólo quien escucha aprende. Podremos comprender, aunque nunca justificar.
Del malestar constante nace la ira, demonio escondido. Aquella se ramifica como una metástasis sin poder contenerla. Fuerzas siniestras e ímpetus oscuros danzan como fuego devorador, y el odio comienza a enquistase en los corazones heridos. Luego de ello todo es posible.
Voces terribles escuchan en sus noches de soledad y hielo.
Grandes maestros, desde Séneca hasta nuestros días, se han referido al peligro inminente cuando se siembra la ira en la niñez y en la adolescencia. Es el peor de los vicios al ramificarse por el alma.
Y a propósito de lo sucedido en el colegio de Calama y como destape, en tantos otros del país, urge poner mucha atención en la juventud y en sus dolores.
Los pórticos detectores de metales aparecen como la panacea en materia de seguridad escolar. Poco harán cuando son invisibles el amor, la educación y la familia.
Todavía hay tiempo, pero el tiempo nos apremia.
Pbro. Nicolás Vial Saavedra – Presidente Fundación Paternitas
