Señor Director:
Una pequeña parte de la sociedad chilena parece haberse acostumbrado a ejercer una influencia desproporcionada sobre el debate público. Aunque representan a una minoría, suelen hablar como si interpretaran el sentir de toda la ciudadanía, promoviendo visiones de futuro donde con frecuencia lo estético, lo simbólico o lo ideológico terminan prevaleciendo sobre virtudes esenciales como el carácter, la prudencia y la empatía.
Durante años, esta actitud ha contribuido a profundizar divisiones y a deteriorar la convivencia social, desplazando aquello que debería unirnos como comunidad: la búsqueda del bien común. Su influencia mediática les permite instalar temas, emitir juicios y moldear percepciones, pero con demasiada frecuencia muestran escasa disposición a escuchar posiciones distintas a las propias.
Lo preocupante no es la existencia de opiniones divergentes -algo natural y saludable en democracia-, sino la tendencia a descalificar o cancelar a quienes plantean visiones alternativas. En lugar de debatir ideas, se caricaturizan argumentos; en lugar de comprender, se condena.
Una sociedad verdaderamente plural requiere más diálogo y menos dogmatismo. De lo contrario, corremos el riesgo de quedar subordinados a una élite autoproclamada “pensante” que, convencida de su superioridad moral, termina empobreciendo el debate que dice defender.
Lucy Depablos – Presidente Fundación LIP

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