Por Joaquín García-Huidobro.
Señor Director:
Un lector de 14 años me pide que escriba sobre los sucesos de Avellaneda. Sabe que soy viejo, argentinófilo y de la U, de modo que piensa que podré decir algo que aporte claridad a tantas personas que, a uno y otro lado de la Cordillera, están en estado de shock.
Confieso que no he visto las imágenes que han mostrado los medios argentinos. Le agradezco a la prensa chilena su sobriedad. Es un error pensar que la transparencia informativa exige exhibir todo. No solo los palos y punzones pueden causar daño, también ciertas imágenes surten efectos negativos entre la gente normal. No es bueno acostumbrarse a ver niveles cada vez más altos de violencia.
Al oír la noticia se me vino a la mente una frase de Maradona: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. Toda la locura de esas horas, la misma que se repite en nuestros estadios y en los de todo el mundo, no es capaz de destruir la belleza de ese gran deporte.
Sin embargo, no podemos negar que esa demencia, si no es capaz de destruir al fútbol mismo, sí nos afecta a nosotros. Porque en estas condiciones, ¿quién se atreverá en el futuro a cruzar una frontera para asistir a un partido importante? Parece que el privilegio de gozar un gol o un buen partido será un lujo de las clases acomodas, porque entrar a los sectores populares de un estadio bien podría ser un acto suicida.
El origen de los incidentes del miércoles pasado no está ese día ni en ese estadio. Es una larga historia que está hecha de frivolidad y cobardía. Las barras bravas no habrían crecido sin la complacencia e incluso el apoyo de dirigentes deportivos que habían perdido el sentido mismo de su actividad. Con tal de ganar estuvieron dispuestos a tolerar y financiar la presencia de delincuentes que iban a dar un apoyo estruendoso a su equipo. De paso, se metió la droga y todo se agravó. La frivolidad se nota en que, al parecer, lo que más preocupa a los dirigentes es la posibilidad de recibir una sanción y no el daño que se le causa al fútbol. No se dan cuenta que, si siguen por ese camino, no les quedará nada que dirigir.
Asustados, los políticos acordaron dictar leyes contra la violencia en los estadios, pero esa legislación casi nunca se cumplió, porque hacerlo era una tarea muy ingrata. Lo que vemos en los estadios es la otra cara del panorama que afecta a grandes masas de chilenos, argentinos y brasileños que viven en barrios populares. Las autoridades han sido débiles por muchos años, dejaron crecer los males, miraron para otro lado, y hoy el problema es tan grave que nadie sabe qué se puede hacer.
El problema de los estadios es una manifestación de un mal que está mucho más extendido. Si algo nos enseñó don Andrés Bello, es que solo hay libertad bajo el imperio de la ley. Lo mismo vale para el fútbol: sólo puede existir en la medida en que jugadores, entrenadores y espectadores respeten algunas reglas elementales, aunque en un determinado momento puedan no convenirles. Si queremos gozar de él tenemos que estar dispuestos a jugar limpio; a no ser complacientes con el jugador que hace trampas, que se emborracha o que llega tarde a los entrenamientos; a ser los mismos en el estadio que en nuestras casas; en suma, a estar dispuestos a perder cuando alguien simplemente jugó mejor que nosotros.
Al fútbol no lo salvarán los policías, que tienen tareas bastante más importantes que poner orden en los estadios. Al fútbol sólo puede salvarlo el juego limpio, es decir, volver a recordar qué significa que sea un deporte.

El futbol hoy es solo: Marketing y Dinero. Se perdio la tranquilidad y el.disfrute de un partido de calidad. Cuando en el año 1980 entro en Chile, el imitar lo malo del futbol argentino, y sobre todo el modelo de las Barras Bravas, el futbol se emsombrecio. Y asi las personas de bien y las familias, fueron paulatinamente abandonando los estadios. Y hoy el.futbol chileno perdio calidad, talento y atractivo. Parece ser el espectaculo de un circo pobre. Y a nivel mundial solo importa el dinero y el poder.