Señor Director:

La secuela de muerte tras el ataque de un alumno en un liceo de Calama, nos remece profundamente. Y nos obliga a mirar más allá del caso puntual.

Sin conocer la historia personal de este joven, lo cierto es que este no es un caso aislado. Cada vez vemos más jóvenes con baja tolerancia a la frustración, dificultades para autorregularse y respuestas violentas frente al conflicto.

Es habitual apuntar al sistema educativo, a la falta de protocolos o al aumento de la violencia escolar. Sin embargo, la pregunta más incómoda —y también la más necesaria— es otra: ¿qué está ocurriendo al interior de nuestras familias?

La base del respeto, la convivencia y el autocontrol no se forma en la sala de clases, sino en el hogar. La salud mental de un joven comienza a construirse en la infancia. Y hoy, en muchos hogares, esa base se está debilitando.

Padres sobrepasados, con altos niveles de estrés, que oscilan entre el maltrato y la permisividad; límites inconsistentes o inexistentes; adultos que han ido cediendo su rol formador. Hemos confundido amor con ausencia de límites, y empatía con falta de conducción.

Los padres necesitamos apoyo real: formación en habilidades parentales, acompañamiento y políticas que comprendan que el bienestar familiar es un pilar del bienestar social.

Si queremos frenar esta escalada de violencia, no basta con intervenir en el ámbito escolar. Es urgente volver a lo esencial: fortalecer a las familias.

¿Qué estamos haciendo como sociedad para apoyar a los padres y madres de hoy?

Carolina Morandé – Orientadora familiar. Especialista en crianza.

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