En los últimos años, los chilenos hemos sentido un aumento significativo en el costo de vida. El precio del dólar, que ronda los $1.000, encarece bienes y servicios esenciales para nuestro día a día, como la compra de automóviles, los viajes y muchos productos importados. Pero este no es el único factor que nos afecta.

Nuestro crecimiento económico ha sido prácticamente nulo, lo que reduce las oportunidades de desarrollo tanto a nivel individual como empresarial. Las posibilidades de escalar en una empresa se han vuelto limitadas, y el estancamiento es una constante.

La educación, que debería ser el motor del progreso, no ha mejorado. Las metodologías de enseñanza siguen siendo las mismas de hace décadas, mientras que el mundo avanza rápidamente hacia una mayor integración tecnológica. En lugar de enfocarnos en cómo incorporar herramientas clave, como la inteligencia artificial en las aulas o aumentar nuestra competencia en idiomas en un mundo cada vez más globalizado, seguimos atrapados en debates populistas que no enfrentan los problemas reales.

El Chile que necesitamos proyectar a 20 años debe basarse en una conversación seria sobre productividad, innovación y la adopción de nuevas tecnologías. ¿Por qué no estamos hablando más sobre inteligencia artificial, sobre startups que generen empleos de calidad y sobre la creación de un ecosistema que nos permita competir en la economía del conocimiento?

Es hora de mirar hacia el futuro y hacernos cargo del país que queremos construir. La clave no está solo en el corto plazo, sino en generar las condiciones para que las próximas generaciones puedan prosperar en un Chile más desarrollado, inclusivo y tecnológicamente preparado.

Mauricio Heresi

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