Señor Director:

El comentario de la señora Orellana sobre el parecer expresado por el Cardenal Chomalí, en relación con la postergación de la presentación del proyecto de aborto, pone al descubierto varios rasgos de su personalidad, como también de su peculiar manera de asumir la delicada función pública que detenta. Desde luego, son dichos que trasuntan resentimiento y soberbia, ausencia total de humildad, enmascarados o disimulados en la apariencia de la ironía, pero no de una ironía liviana, ingenua o inocua, sino de una densamente sibilina.

Detrás de estas características, también se advierte con claridad una forma vulgar y chabacana de aproximarse a asuntos profundos y serios, que inciden en valores profundamente arraigados en la sociedad y que, muchas veces, son causa de auténtica tensión intelectual y espiritual para grandes grupos de personas. A lo anterior se agrega una concepción chocantemente sectaria, nada democrática, más bien lindante con una especie de totalitarismo soft, de entender la función pública, como si esta sólo consistiese en promover aquellos proyectos que son del agrado de los incondicionales, los compañeros, los alegres cófrades que comparten una misma matriz ideológica, con total prescindencia de los intereses generales y del bien común de la sociedad.

Si se examina el asunto con atención y honestidad, no sería improbable que hubiese que llegar a la conclusión de que una persona de estas características, en realidad carece de la idoneidad mínima requerida para desempeñar el cargo del que se ufana, y desde cuya altura se refiere con desdén a quienes no comparten su ideología.    

Gustavo Adolfo Cárdenas Ortega

Abogado

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