Señor Director:

Me estremece el dolor de Lucía Santa Cruz, descrito y sentido en “La sangre de nuestra sangre”, con una profundidad y una belleza conmovedoras. Su escritura, nacida del dolor y del amor, nos recuerda lo más entrañable de la vida, que es amar a un hijo.

De ese mismo amor quiero hablar. Soy madre por elección. Adopté a dos hijas. Las quise con todo mi ser desde antes de tenerlas.  Un amor entrañable.  Fue lo mejor que me pasó en la vida.

No nacieron de mí, pero son enteramente mías. Mi tarea ha sido amarlas, criarlas, darles una historia y una identidad: ser hijas, nietas, primas, parte de un linaje que no recibieron por la biología sino por el amor.

Por eso me detengo en una inquietud. Mientras se abren caminos como la donación de embriones congelados para tener un hijo, hay niños que ya nacieron y esperan un hogar. Temo que, sin quererlo, esas puertas se cierren para ellos. La adopción es también un amor a la vida, y le da una oportunidad al que más la necesita.

Hay hijos que llegan por la sangre y otros que se eligen con toda el alma. Unos y otros son, para siempre, sangre de nuestra sangre.

Iris Boeninger

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