Señor Director:

El informe de la Comisión Presidencial para la Paz y el Entendimiento promete reconciliación, pero olvida una verdad básica: la pobreza no se resuelve con papeles, sino con economía real. Habla de justicia, de tierras, de institucionalidad, pero su núcleo está vacío de desarrollo. Una vez más, se repite la historia: se anuncia la compra de cientos de miles de hectáreas -muchas de ellas forestales y degradadas- sin responder a la pregunta clave: ¿quién y cómo las hará producir?

Es ingenuo, o tal vez irresponsable, suponer que basta con entregar títulos para que florezca la paz. La mayoría de estas tierras necesitan millones por hectárea solo para ser habilitadas. Sin agua, sin caminos, sin capital de trabajo, son promesas huecas. Se ofrece reparación simbólica, pero no hay un plan económico integral que incluya capacitación, infraestructura, acceso a mercados o industrialización rural.

En un país que importa el 70% de sus alimentos básicos, la propuesta debilita aún más nuestra soberanía alimentaria. Y lo que es más grave: perpetúa la división. Se enfrenta a agricultores y comunidades mapuche como si fueran adversarios, cuando en realidad comparten el mismo drama: la destrucción económica del campo chileno a manos de un modelo que extrae renta, pero no deja desarrollo.

La verdadera paz no se logra con bonos ni con tierras imposibles de trabajar. Se logra con inversión productiva, empleo, cooperativas y mercados justos. Hoy tenemos una oportunidad histórica para dejar de repartir pobreza y empezar a construir riqueza desde el sur. Pero para eso, hay que cambiar el foco: de la reparación simbólica al desarrollo real.

Camilo Guzmán – Presidente de la Asociación Gremial de Agricultores Unidos de Chile

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