Señor Director:

Nosotros, los seres humanos, vivimos en un mundo de menos de 200 países, pero hablamos entre 7.000 y 8.000 idiomas. Esta diversidad lingüística desaparece rápidamente. De acuerdo a las estadísticas , un idioma muere cada dos semanas. Y los hemos vivido en carne propia. Las palabras en nuestro país ya han muerto. Y, a la muerte de las palabras, le sigue la irremediablemente desaparición del lenguaje.

Cuántos artículos habré leído en estos aciagos días; tantos, que llego a la conclusión que no nos escuchamos. Perdimos la capacidad de entender por una palabra lo mismo que el otro, por tanto, vivimos en mundos diferentes, que entienden, elaboran y, si es que conceptualizan – una gran interrogante -, lo hacemos con otros significados.

La precariedad del lenguaje lleva a la violencia, cuando no puede expresar lo que desea. Un niño, cuando no puede explicar que quiere la pelota para jugar, llora y patalea. Hoy, como hace muchos años, nos quedamos sin lenguaje común. Si no me entienden, agredo. Si no piensan igual que mí, «funo». Y esto se da en el Parlamento, que por algo se llama así. Es el lugar donde se parlamenta.

¿Quién resguarda la patria, si apenas sabemos lo que aquello significa? Con dificultad entendemos que el país donde habitamos todos día a día, ha sido saqueado intelectualmente. Someter a los otros por la vía del despojo de las ideas, a como de lugar, para imponer un lenguaje único que parte por la fuerza, es desintegrar el país y lo más profundo que es la patria. Lo que identifica a una turba es la violencia, ya que las hordas no parlamentan, no tienen lenguaje. Conocido es el caso de una representante comunista, que frente a la pregunta de si conocía la Ley que tenía que votar, se declaró ignorante; no tan solo una vez, si no tres. Eso es ser parte de una horda. Los gastos para asesorías, intocados hasta ahora (esa es la letra chica), paga a unos asesores que se resisten a quedarse sin trabajo y actúan como turbas desde las galerías del Congreso. Otra parlamentaria, llama públicamente, con domicilios en mano, a la agresión de los que piensan diferente. Perdón, sin lenguaje no se puede pensar. Es la violencia destilada en acción. Esas personas pagadas por nosotros han erosionado la patria y el país. No los perdonaré. Han excedido todos los límites de nuestra convivencia. Lamento escribir que todo lo que se pacte en el Congreso será letra muerta. La palabra y el honor murieron un 18 de octubre.