Señor Director:
El anuncio del gobierno de enviar, más pronto o más tarde, un proyecto que autorice dar muerte a un niño aún en el vientre de su madre (aborto) ha reabierto el debate sobre el derecho de médicos y personal de la salud que, ejerciendo su libertad de conciencia, objetan que puedan verse involucrados en esa muerte.
De hecho, la conciencia no es sino la voz de la inteligencia que se pronuncia acerca de los actos que vamos a realizar o que ya hemos realizado. Por lo mismo, debe dar razones de sus conclusiones y estas pueden y deben ser sometidas a análisis para advertir cuán aceptables o rechazables son. De ninguna manera puede invocarse esa conciencia para emitir una conclusión sin dar razón de la misma.
Por eso, es muy atinada la objeción que se esgrime para no verse involucrado en la muerte de esta criatura, pues ella es de toda evidencia un ser humano desde el momento en que es concebido y, por lo tanto, el acto que tiene por objeto quitarle intencionadamente la vida no puede ser calificado sino como crimen. Por lo mismo, no hay conciencia que pueda justificarlo. Lo que sucede en ese caso, es que se la acalla por la fuerza y se la reemplaza por la voz de la arbitrariedad. La conciencia deja de ser libre.
Es cierto que se pretende justificar el aborto aduciendo un derecho de la mujer sobre su cuerpo, pero resulta que el cuerpo de esa criatura no es parte del cuerpo de la mujer, ni esta tampoco tiene cualquier derecho sobre su cuerpo. También se trata de justificarlo por los problemas que una mujer puede enfrentar de cara a un embarazo, pero es entonces que la comunidad debe hacerse presente para solucionar esos problemas y así asegurar la vida de esa criatura. Tanto más necesaria cuanto la natalidad en Chile está en vías de extinción.
Gonzalo Ibáñez S.M.
