Señor Director:
“Dios está muerto y nosotros lo hemos matado”, afirmaba Nietzsche. Su diagnóstico apuntaba a que la modernidad había construido un Dios a imagen del hombre y, por tanto, podía destruirlo también. Sin Dios, solo queda la auto-deificación de cada persona. La pregunta de fondo es: ¿quién queremos que sea Dios?
Nietzsche planteó la opción fundamental: ¿libertad absoluta del yo o esclavitud y muerte del yo? Quienes no abrazan la “libertad” dionisíaca caen, según él, en el resentimiento del querer debilitado. Este resentimiento es palpable ante la crisis de sentido de muchos, al ver fracasar sus propios sueños. Como lo canta Fantine en Les Misérables: “Tuve un sueño que mi vida sería tan diferente de este infierno que estoy viviendo… Ahora la vida ha matado el sueño que soñé”.
El Crucificado responde desde otro orden. Benedicto XVI lo señaló: la cruz no revela un Dios poderoso según el mundo, sino uno que devela la debilidad humana y, al mismo tiempo, el poder del amor de Dios. Además, es escándalo y locura, como dice San Pablo (1Cor 1,23). Queremos un Dios victorioso, pero nos encontramos con un condenado a muerte. Por eso, le pedimos que baje de la cruz para que entonces crea.
¿Quién queremos que sea Dios? El egoísmo nos prometía libertad absoluta, pero en realidad, por la fuerza gravitatoria del yo, nos esclaviza. Es en la locura y el escándalo del Crucificado donde descubrimos el éxodo hacia la verdadera libertad –la fuerza centrífuga de amor– de una existencia encerrada en el yo hacia una vida en abundancia, llena de sentido, abierta al prójimo y a Dios. Pues sabemos que la cruz no es el final de la historia, sino que es cuando se revela la victoria del amor. La resurrección rompe el poder del egoísmo en nosotros y nos hace revivir nuestros sueños de una vida plena, una vida con sentido.
P. James Cleary, L.C – Sacerdote y profesor. Universidad Finis Terrae
