Señor Director:

A propósito de la republicana medida de entregar la cuenta pública anualmente a la ciudadanía, algunos gobernantes -que juran respetar la separación de poderes y la voluntad del pueblo- han terminado pareciéndose más a una figura mitológica que a una institución democrática. A pesar de que nuestro ordenamiento legal considera la separación de poderes, con un Poder Legislativo que crea, modifica o deroga leyes, un Ejecutivo que las aplica y un Judicial que las vigila, los diferentes gobiernos han encontrado una fórmula para eludir ciertos límites sin romper en apariencia la formalidad del acto. Las imágenes de este espectáculo recuerdan al Leviatán: duro, rígido, violento, estructurado, autoritario, por un lado; y a un Ekeko, por el otro. Este último es un personaje simpático de la cultura andina: gordo, sonriente y sobrecargado de billetes, comida, electrodomésticos en miniatura, autos de plástico y que cumple toda clase de promesas para quien lo posea. El Ekeko es símbolo de abundancia, pero también de exageración. Cuantas más cosas se le cuelgan, más se espera de él, aunque no se sabe si posee algún poder concreto.

Hoy el Estado está convertido en un Ekeko institucional, saturado de normas, impuestos, castigos, decretos, subsidios, programas, reformas, burocracia y promesas. Anualmente cada nuevo anuncio parece un amuleto más que cuelga en el muñeco del poder. ¿Educación gratuita? ¡Póngale una mochila al Ekeko!; ¿Nuevo subsidio? ¡Una bolsita de arroz!; ¿Nuevos impuestos? ¡Un saco de monedas colgando! Y así, los gobernantes convierten su mandato, que es limitado, humilde y de obediencia a la ciudadanía, en una especie de altar en que el Ekeko estatal es sacralizado, cargado hasta el cuello y sonriente.

Pero hay que tener cuidado con el Ekeko. El pueblo lo mira, le reza, le pide, le exige y éste, sin respuesta, sigue acumulando adornos, leyes, restricciones, prohibiciones, que nadie se atreve a quitar. Todo con la excusa de la “voluntad popular”, el “bien común” o “lo que necesita el pueblo”, aunque cada vez represente más la voluntad del gobernante de turno y menos la del pueblo.

El Ekeko del poder es un disfraz que oculta una carga peligrosa. Si no le quitamos los colgajos innecesarios, le exigimos a los gobernantes que recuerden que no son dioses sino servidores, pronto este Ekeko se caerá de tanto peso y no quedará ni una sola promesa cumplida, desprestigiando a la democracia y a todas sus instituciones. El Ekeko real al menos es un símbolo de esperanza y fe.

Jorge de la Fuente

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