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El ejemplo de la reunificación alemana

Publicado el 12 de octubre, 2018

Señor Director:

Gracias a El Líbero, tuve la oportunidad de viajar a Berlín a conocer y estudiar su historia reciente. Me impactó la notable recuperación de la convivencia de Alemania, en los planos personal, familiar, social, cultural y político, que en tiempos recientes se habían visto tensionadas hasta el extremo.

Después de la Primera Guerra Mundial y de la República de Weimar, vinieron el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Luego, con la fragmentación de Berlín y la separación artificial de las dos Alemania, llegaron los tiempos de los soviéticos, seguidos —sin solución de continuidad— por el régimen de Alemania Oriental y el Muro que, como un violento tajo, fragmentó familias, hirió amistades y desarticuló la comunidad ciudadana. La caída del Muro el 9 de noviembre de 1989 fue seguida por la maravillosa reunificación que culminó el 3 de octubre de 1990. Después de una tan traumática y reciente sucesión de pruebas, ellos lograron tragarse sus lágrimas y construir, con trabajo y disciplina, un gran consenso nacional.

 

Al regresar a Chile nos encontramos con la conmemoración del plebiscito del 5 de octubre de 1988. ¡Qué gran contraste! Guardando las proporciones, en Chile hemos vivido —al menos desde el último tercio del siglo xx— hechos similares a algunos de los sufridos por los alemanes, aunque en nuestro caso, con una intensidad bastante menor. En Alemania los horrores que se experimentaron fueron sufridos prácticamente por todos, en carne propia o como testigos de primera fila. En Chile, por el contrario, se han vivido los hechos en grados diferentes, con experiencias y puntos de vista subjetivamente muy distintos.

 

Es de esperar que no dejemos pasar con superficialidad las experiencias propias ni las ajenas, sino que aprendamos de ellas.
Sería insensato que, para arreglar nuestros problemas, necesitáramos sufrimientos tan dramáticos como los que observamos en Berlín.
En resumen, los alemanes nos enseñan que es posible superar hasta las más dramáticas tragedias imaginables, aprender de ellas y construir grandes consensos en lo fundamental, respetando profundamente las legítimas diferencias.

¡Gracias Berlín!

De: José Alberto Bravo Lyon
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