Señor Director:

El bochorno vivido en la Cámara de Diputados, con más de un centenar de parlamentarios ausentes, no es sólo una anécdota administrativa. Es la evidencia de una desconexión profunda entre quienes representan y quienes confían en ser representados. La política parece haberse convertido en un oficio cómodo para muchos y en una vocación de servicio -de trabajo- para muy pocos.

La ausencia no es neutra: es un acto político. Cada escaño vacío refleja un desprecio silencioso por la ciudadanía que depositó su confianza en el voto. Porque no asistir, no debatir y no votar es también una forma de renunciar al mandato democrático. Cuando el deber se sustituye por la conveniencia, se erosiona el pacto que sostiene la legitimidad del poder.

El voto no es un trámite burocrático; es un contrato moral. En cada elección, la ciudadanía entrega confianza, no privilegios. Y cuando esa confianza se traiciona con la indiferencia o la falta de compromiso, se degrada no sólo la institución, sino la dignidad del cargo.

Chile no necesita más discursos de integridad ni promesas de transparencia. Necesita presencia, consecuencia y respeto por la función pública. Tal vez ha llegado el momento de que el voto deje de ser un acto de fe y vuelva a ser un juicio consciente sobre quién merece -o no- seguir ocupando un lugar en nombre de todos.

Rodrigo Durán Guzmán

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