Señor Director:
La Fundación VI-DA e INSITU revelan cifras que evidencian una crisis silenciosa en cáncer en Chile: el 74% de los pacientes recibe un diagnóstico incidental y un 40% llega a detectarse en servicios de urgencia. La prevención y la pesquisa precoz deben transformarse en prioridad, fortaleciendo el acceso a estudios genéticos familiares —como en cáncer de mama, ovario y colon— y programas de tamizaje como el cervicouterino.
Las brechas también afectan el tratamiento. Hasta hace poco, pacientes con leucemia mieloide aguda no candidatos a trasplante —muchos excluidos por el límite arbitrario de 60 años— eran derivados únicamente a cuidados paliativos, con una sobrevida media inferior a tres meses.
A esto se suma la extrema centralización del sistema: más de la mitad de los pacientes debe abandonar su hogar y rutina para acceder a procedimientos. El desconocimiento sobre coberturas garantizadas (GES, Ley Ricarte Soto, DAC) y la falta de apoyo emocional profundizan la sensación de abandono.
Chile necesita avanzar hacia una política pública de salud más integral, digna y eficiente, centrada en el paciente y enfocada en resolver problemas estructurales de fondo.
Jorge Fernández – Director Ejecutivo de la Fundación VI-DA

Leí con mucha atención la carta de Jorge y comparto su preocupación por la forma en que enfrentamos el cáncer en Chile. Sus palabras me recordaron una conversación con Sonja, una amiga y estudiante de medicina de Finlandia que conocí durante su intercambio acá en Chile hace unos años. Al comparar nuestras realidades, me explicó que en su país la prevención es una costumbre diaria y un pilar fundamental impulsado activamente para evitar que las personas enfermen en primer lugar.
Esa cultura no nació de la noche a la mañana. En 1972, una región de Finlandia sufría una de las tasas de mortalidad cardiovascular más altas del mundo. Ante esa crisis, en lugar de limitarse solo a reaccionar y construir más hospitales para tratar los infartos, tomaron el control de la situación enfocándose en los hábitos de la población. Implementaron un programa masivo centrado en la modificación del estilo de vida: nutrición, reducción del tabaquismo y actividad física. Los resultados fueron contundentes: décadas después, la mortalidad en edad laboral cayó más de un 80%, y hoy la educación en salud es una materia obligatoria en todos sus colegios.
Esta experiencia invita a la reflexión. Es indiscutible que hoy necesitamos detectar el cáncer a tiempo y mejorar los tratamientos para quienes ya están sufriendo, pero no podemos depender únicamente de la reacción, sino que también de la acción proactiva. Si queremos un sistema que no viva colapsado, debemos replantear nuestras políticas y asumir la responsabilidad de educar a la sociedad en salud. Enseñar es la inversión más sensata y poderosa que podemos hacer hoy por el futuro.
Daniel Reyes