Señor Director:
En las últimas semanas, Argentina ha dado señales que merecen atención urgente en Chile. El Presidente Javier Milei publicó una columna de opinión en el Financial Times —junto a su ministro de Desregulación, Federico Sturzenegger— para posicionar a su país como el destino más atractivo del mundo para el desarrollo de la inteligencia artificial. La propuesta tiene tres pilares: baja regulación, incentivos fiscales agresivos y una nueva figura jurídica para empresas operadas por sistemas autónomos —las llamadas «corporaciones no humanas».
El gobierno argentino también envió al Congreso el denominado «Súper RIGI», un régimen de incentivos para atraer inversiones de al menos mil millones de dólares en infraestructura tecnológica, centros de datos e inteligencia artificial. Días antes, Peter Thiel, fundador de Palantir —una de las empresas más influyentes del mundo en IA y análisis de datos para gobiernos—, visitó la Casa Rosada y se reunió con el Presidente Milei, el ministro de Economía y el presidente del Banco Central. No es un detalle menor: ese tipo de reuniones señala al mundo dónde está mirando el capital en América Latina.
En paralelo, el Ministerio de Capital Humano presentó el «Gemelo Digital Social», una herramienta de IA para la planificación de políticas públicas capaz de integrar múltiples fuentes de datos, proyectar resultados y anticipar el impacto de intervenciones públicas. Según el gobierno argentino, sería la primera vez en el mundo que un país utiliza un «gemelo digital» en el campo de las políticas sociales.
Uno puede estar de acuerdo o no con el estilo de Milei. Pero lo que está haciendo en materia de IA no es ideología: es estrategia de desarrollo económico. El ministro Sturzenegger llegó a plantear que «en diez años, el PBI va a estar conformado por agentes de IA» y que Argentina podría albergar 50 millones de agentes autónomos que produzcan para el mundo y tributen en el país. Es una visión audaz —discutible en sus supuestos— pero que al menos existe y con proyecto de ley en el Congreso.
Chile, en cambio, lleva meses debatiendo una regulación de IA que todavía no termina de nacer. Mientras tanto, los centros de datos, los capitales tecnológicos y los talentos globales van a ir donde los llamen. El riesgo no es regulatorio: es de invisibilidad perpetua. En la carrera por convertirse en el hub tecnológico de América Latina, quedarse sin posición es ya una derrota.
No se trata de copiar a Milei ni de renunciar a estándares éticos en el uso de la IA. Se trata de entender que la neutralidad también es una decisión —y una muy costosa. Chile tiene ventajas reales: instituciones sólidas, energías renovables abundantes para alimentar centros de datos, capital humano calificado y tratados de libre comercio con las principales economías del mundo. Esas ventajas no duran para siempre si no se activan con una estrategia.
El momento de actuar es ahora.
Nicolás Shea Carey – Emprendedor y presidente ejecutivo de Cumplo
