Publicado el 16 marzo, 2021

Vanessa Kaiser: “Que se vaya todo al carajo”

Autor:

Vanessa Kaiser

Observamos la esquizofrenia de un aparato estatal mal habitado cuando cobra contribuciones a personas cuyos predios han sido tomados por terroristas o cuando sus agentes multan a quien se estaciona para hacer deporte sin ocasionar dificultad alguna, mientras los violentistas se adueñan del centro de la capital y otros se dedican al narcoterrorismo con absoluta impunidad. En este marco, hasta el más cándido de los individuos se siente abusado y termina por adherir al mantra que alimenta el inconsciente colectivo.

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Vanessa Kaiser

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Podría parecer una exageración, pero es difícil negar que el ánimo de una parte de los chilenos se resume en la frase que titula esta columna. Lo preocupante es que esta especie de mantra lo comparten ciudadanos de los más diversos sectores políticos y apolíticos. Algo de ello vimos en quienes salieron a manifestarse, pacíficamente, los días después del estallido inicial. Las mujeres cansadas de los hombres, los ecologistas enojados con las empresas, las personas asfixiadas con los impuestos y la baja en los salarios, los jóvenes rabiosos con el sistema capitalista, los emprendedores de brazos caídos producto de la burocratización del mercado. ¡Para qué hablar de las colusiones y un largo etcétera muy bien aprovechado por parte de una prensa que apunta con el dedo la falta de ética de otros y jamás revisa, bajo esos mismos parámetros, la propia labor! El ex ministro, Jaime Ravinet, lo expresó muy bien en televisión cuando exigió a la periodista que lo entrevistaba que dejara de hablar de “manifestantes”, pues se trata de personas violentas, vinculadas al crimen y al narcotráfico.

Y, como pasa con el cántaro cuando se le lleva por demasiado tiempo a la fuente de agua -que no resiste y se rompe-, lo mismo podemos decir sucedió con el discurso mediático que tantos pronunciaron a favor de la destrucción, quema y violación de los derechos de aquellos humanos que no cargaban responsabilidad alguna en el entierro de la Constitución.

Gracias a los narcóticos de la moralina transmitida en la pantalla chica por comunicadores sin escrúpulos, la violencia se desmadró amparada en el malestar de tantos. Abusos y más abusos. El caos llegó cuando, presos de la rabia que ciega toda capacidad de juicio, los ciudadanos de a pie comenzaron a abusar de los abusados. Personas de tercera edad obligadas a bajarse de sus autos y humillarse frente a una juventud carente de empatía, manipulada por doctrinas de izquierda. Pequeños locatarios obligados a cerrar sus negocios y a poner una lápida al esfuerzo de toda una vida; ciudadanos honestos reducidos a vivir con miedo ante las inclemencias políticas cuyos temporales de bombas molotov, terremotos en calles y veredas, plazas y estaciones de metro, eran desatados por una minoría de imitadores del dios Zeus, muy bien dispuesta a hacer realidad el mantra que subyace a tanto malestar.

En suma, el grupo de la destrucción fue endiosado, las Fuerzas de Orden y Seguridad demonizadas, mientras los defensores de los DD.HH. pasaban a ser parte de esa clase política que desconoce toda regulación ética, mirando siempre el dolor de unos y minimizando el sufrimiento de otros.

Un país que carece de una élite capaz de actuar con un mínimo de justicia e imparcialidad encuentra rápidamente el rumbo hacia el descalabro total. Pero llegó la pandemia a poner paños fríos. Un suspiro de alivio recorrió las gargantas del gobierno y de las víctimas inocentes. El encierro obligado devolvió algo de calma, sin embargo, no fue capaz de reestablecer los lazos de amistad cívica entre los ciudadanos. Peor aún, el mantra no ha desaparecido, sino que parece fortalecerse con las medidas de un Estado cuya violencia sirve a la prohibición de la libertad de culto, pero no de compra; a la cuarentena por el coronavirus, pero no a aliviar la espera de tantos para ser atendidos por otras enfermedades.

Y aunque la libertad de culto acaba de ser concedida a los feligreses en un magnánimo acto de benevolencia después de casi un año de ruegos al cielo, hay muchos otros casos que ilustran el modo en que el Estado alimenta su propia destrucción. Observamos la esquizofrenia de un aparato estatal mal habitado cuando cobra contribuciones a personas cuyos predios han sido tomados por terroristas o cuando sus agentes multan a quien se estaciona para hacer deporte sin ocasionar dificultad alguna, mientras los violentistas se adueñan del centro de la capital y otros se dedican al narcoterrorismo con absoluta impunidad. En este marco, hasta el más cándido de los individuos se siente abusado y termina por adherir al mantra que alimenta el inconsciente colectivo. El broche de oro que los agentes del Estado ponen a su descrédito es el cobro de impuestos a personas a las que prohíbe trabajar. Lo peor es que hoy el Estado no resguarda ni siquiera la seguridad del buen ciudadano frente a narcoterroristas, inmigrantes ilegales que ingresan sin PCR, todo tipo de asaltantes y políticos corruptos, cuyo máximo exponente es Hugo Gutiérrez, candidato a constituyente, récord Guinness en el juego “al pillarse”. El reconocimiento se le ha otorgado en vistas a que nadie ha podido hallar su escondite para entregarle la notificación judicial. En serio, ¿el país va a permitir que siga adelante con su candidatura? ¿Hay algún límite para los miembros de la clase política?

No vaya a ser que las élites se confíen en que la violencia y los abusos, la impunidad y la corrupción terminen por normalizarse y, así, ellos puedan seguir viviendo con sus sueldos millonarios, lejos del peso de la ley. No olvidemos que, como el sufrimiento humano tiene un límite, los sabios nos advertían que “no existe mal que dure cien años”. Y es que, entiéndanlo bien, no hay cuerpo individual ni social que lo soporte, menos aún, cuando en la psiquis se repite una y otra vez el mantra que anhela que todo se vaya al carajo.

  1. Oscar Carrasco Iturriaga dice:

    Con la nueva generacion de jovenes que hoy habitan Chile no van a ayudar a construir sino que a destruir. Y asi como vamos se va al despeñadero. Si se sigue avalando la violencia, la violencia se puede ver reflejada en una intervencion militar o en una guerra civil.

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