Publicado el 2 febrero, 2021

Vanessa Kaiser: Gotitas milagrosas

Candidata a concejal por Las Condes Vanessa Kaiser

Las versiones de milagreros criollos tienen a su más fiel representante en Daniel Jadue quien, a principios del año pasado, anunció que junto a la Asociación de Municipalidades con Farmacias Populares se habían iniciado los trámites de importación del Interferon 2b, medicamento cubano para el tratamiento de personas contagiadas por coronavirus de «alto riesgo».

Vanessa Kaiser Candidata a concejal por Las Condes
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“10 gotitas debajo de la lengua, cada cuatro horas, y el milagro se hace, es un poderoso antiviral, muy poderoso que neutraliza el coronavirus”. Con estas palabras, Nicolás Maduro, dictador venezolano, promueve la última creación del socialismo del siglo XXI. El tirano afirma que este milagro salvará las vidas de millones de personas. En sus palabras, el éxito de las gotitas será tal, que “todo lo relacionado con este producto va a ser publicado en revistas internacionales”.

Quizás no sea más que otro voladero de pocas luces, pero me parece interesante profundizar en una forma de hacer política basada en los milagros. Para ello es necesaria una comprensión acerca de cuál es su naturaleza. San Agustín definió al milagro como algo que “siendo arduo e insólito, parece rebasar las esperanzas posibles y la capacidad del que lo contempla”. Siguiendo las reflexiones del santo es posible inferir que las esperanzas y capacidad del testigo de un milagro son rebasadas por el carácter inexplicable de aquello que observa. De ahí que se atribuya su ocurrencia a un fenómeno divino, pues no habría leyes naturales o científicas capaces de dar cuenta de él. A lo largo de la historia los milagros observados tienen una fuente, la divina, y dos agentes, la naturaleza y el humano capaz de hacer milagros, también conocido como el milagrero.

Las versiones de milagreros criollos tienen a su más fiel representante en Daniel Jadue quien, a principios del año pasado, anunciara que junto a la Asociación de Municipalidades con Farmacias Populares (Achifarp), se habían iniciado los trámites de importación del Interferon 2b, medicamento cubano, supuestamente usado en China, España e Italia para el tratamiento de personas contagiadas por coronavirus de «alto riesgo». Evidentemente, todo era una farsa, un engaño pueril fabricado para manipular a los crédulos, esos que sueñan con un hacedor de milagros que resuelva todos sus problemas.

El caso Jadue abre varios interrogantes: ¿dónde están las condenas de los organismos internacionales de salud? ¿Cerraron la cuenta de Twitter al actual alcalde de Recoleta por su fraude? ¿A cuántos matinales dejaron de invitarlo por jugar cruelmente con la fe pública? O, desde un mínimo interés informativo, ¿en qué quedó el tema? ¿Cuánto dinero gastó en el milagroso remedio? ¿Cuál fue el número de dosis importadas y a quiénes se le suministraron? Silencio periodístico… ¿será porque puede llegar a ser Presidente? O, ¿debido a que lo protegen los poderes fácticos? Quizás la explicación esté en el hecho de que el periodismo se extingue bajo las condiciones de la posmodernidad fundada en la negación de la verdad. No lo sabemos; lo único de lo que tenemos certeza es que el costo para Jadue fue cero y la ganancia infinita.

Es en este momento cuando todo lector sensato queda estupefacto. Y es que cuesta creer que la farsa descarada y expuesta abiertamente otorgue el premio gordo al mentiroso, pues el sentido común nos dice que éste se beneficia de lo que oculta y no de aquello que muestra. Sin embargo, en el caso de los milagreros vestidos con la sotana del nuevo socialismo, sucede lo contrario. Ello gracias a que el sentido crítico de los líderes de opinión, comunicadores y titiriteros dueños de parte importante de los medios, se encuentra en período de hibernación. El problema es que su falta de reacción anula el sentido de lo correcto en televidentes, lectores y auditores, del mismo modo que lo hace el Ravotril con las crisis de pánico. La comparación no es arbitraria; imagínese que un alcalde en Alemania o Inglaterra se hubiese animado a vestir los ropajes santurrones que ofrece el retail socialista, prometiendo la salvación venezolana o cubana al coronavirus, y a cambio le hubieran conferido todo tipo de condecoraciones mediáticas, laureles y privilegios en redes. ¿No lo puede imaginar? Yo tampoco; pero hay una razón para ello. En países que han logrado ciertos niveles de intolerancia frente al engaño, la política de los milagros sepulta a quien la practica.

La realidad latinoamericana es muy distinta. Para entenderla no hay una razón, sino más bien una emoción que responde a un hambre irrefrenable propio de la anorexia afectiva que nos afecta. Me refiero a la imperiosa necesidad de ver buenas intenciones tras las actitudes de los liberadores, poetas que luchan por el pueblo e impostan un sufrimiento desgarrador por los oprimidos y víctimas del capitalismo. El asunto es que, como todos les creen, quienes debiesen desenmascararlos juegan al teatro donde los milagreros son los reyes, anulando el pánico que debiese producir ver a una autoridad incurrir en la mentira y el engaño. Así, una vez descubierta la falsedad del supuesto milagro, nos quedamos con la creencia compartida por los países vecinos de que la mentira del milagrero fue resultado de su amor a la humanidad.

Supongo que lo mismo se piensa de Maduro, miembro de un Consejo que hace mucho tiene entre sus integrantes a los principales violadores de Derechos Humanos. Quizás ello explique el silencio de la OMS o de cualquier otro organismo internacional donde gobiernan sus compañeros de lucha. ¡Pero vaya usted, simple ciudadano, a poner un halo de duda sobre las vacunas que los gobiernos están comprando sabiendo que no evita el contagio ni aseguran la inmunidad! Muchos expertos dicen que sólo sirven para aminorar la gravedad de la enfermedad. Ello explica lo dicho por la jefa del grupo científico de la OMS, Soumya Swaminathan, en cuanto a que las vacunas no nos librarán del distanciamiento social o del uso de las mascarillas. En sus palabras: “La vacunación no implica que estas medidas vayan a desaparecer”. O sea que, si todos nos vacunamos, nadie va a volver a su vida normal. Sólo dígalo en voz alta y podrá observar las diferencias con que los diversos medios y el público lidian con una verdad científica descarnada y el encanto de los milagros. Mientras la primera se silencia sistemáticamente -puede esperar la clausura de todas sus redes y el escarnio público-, la mentira desvergonzada se transforma en un verdadero milagro en la medida que, descubierto el engaño, las masas se ponen de pie para aplaudir, líderes temerosos se arrodillan ante su excelencia, alias “el defensor del pueblo” y, por su gran corazón, millones lo apoyan con su voto.

  1. Monserrat Rius dice:

    clasico populista de izquierda , muy irresponsable … no da el ancho

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