Un llamado vehemente a defender la democracia hace el analista político Sergio Muñoz Riveros, en su último libro titulado Estado de alerta de Ediciones El Líbero. Se trata de un repaso de la experiencia de más de 20 años de Muñoz al interior de las filas comunistas. Y, en una segunda parte, lejos de cualquier militancia, el autor analiza desde la perspectiva de un «observador» la etapa que va desde la irrupción de la violencia, en octubre de 2019, hasta los dilemas políticos que hoy enfrenta Chile.

«Las amenazas al régimen democrático pueden aparecer dentro de las propias instituciones surgidas del voto popular», advierte el autor del texto que será presentado hoy a las 17:00 horas, a través del canal de YouTube de El Líbero, con la participación de Jaime Antúnez, presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.

A Muñoz le inquieta la posibilidad de que Chile tropiece en las mismas piedras que hace 50 años y, en consecuencia, sufra un retroceso político e institucional. La idea no sería descabellada pues dice que «la alianza frenteamplista/comunista no es exactamente la Unidad Popular de hace medio siglo, pero tiene un marcado aire de familia», y plantea que con Gabriel Boric como candidato de Apruebo Dignidad «paradójicamente, son mayores las posibilidades del Partido Comunista de volver al gobierno que si Jadue hubiera continuado en competencia».

-“Debemos aprender de la historia”, dice usted en el epílogo de su nuevo libro, Estado de alerta. ¿Es eso lo que lo movió a escribirlo?

-Así es. Me inquieta la posibilidad de que nuestro país tropiece en las mismas piedras que hace medio siglo. Por desgracia, son muchas las señales que apuntan en esa dirección. Necesitamos aprender de lo vivido, y eso significa, en primer lugar, sostener el régimen de libertades, rechazar sin vacilaciones la violencia, impedir que el fanatismo y el odio se conviertan en programa político. Lo fundamental es la lealtad con la democracia. Si eso no está claro, quedan abiertas las peores posibilidades. Hay sectores que creen que pueden tomar del régimen democrático la parte que les conviene, y darle la espalda a todo lo demás. Es una forma de oportunismo en la que es ostensible el desprecio por el interés colectivo.

-Su libro lleva como subtítulo “Entre el miedo y la esperanza”. ¿Por qué lo escogió?

-El miedo se convirtió en una sombra omnipresente desde las furias de 2019, al punto de que mucha gente teme un segundo estallido si, por la razón que sea, la Convención fracasa. La izquierda castrochavista ha sacado partido de ello. Karina Oliva, del Frente Amplio, lo dijo con todas sus letras en la campaña para ser gobernadora: “el miedo cambió de bando”, dijo el 13 de junio, lo que fue una confesión desenfadada de la dudosa base ética de sus concepciones: el miedo rinde en la lucha por los cargos (ahora quiere ser senadora). Ha llegado la hora de rechazar ese chantaje. Una sociedad asustada es terreno fértil para los inescrupulosos de todo tipo. Derrotar el miedo es vital para el fortalecimiento del civismo, la tolerancia y la cooperación en el marco del régimen de libertades. Tenemos que abrirle paso a la esperanza contra viento y marea.

Creo que la excitación refundacional que predomina en la Convención explica el acelerado desgaste del apoyo con que se instaló en julio».

-¿Qué lecciones se pueden sacar de las protestas del 18 de octubre de 2019, las cuales, según se dice, condujeron al proceso de redacción de una nueva Constitución?

-La etapa iniciada el 18 de octubre se define, ante todo, por la violencia en gran escala, el pillaje metódico, la barbarie que vimos. Los comentaristas de la TV pusieron música de epopeya a todo eso, y los opositores desinhibidos se subieron al carro de la desestabilización con el fin de golpear al gobierno y, en lo posible, conseguir su caída. Es cierto que muchos jóvenes salieron a las calles pacíficamente, y hasta en plan festivo, pero no hay duda de que los propagandistas de la revuelta sumaron todo lo que pasaba en las calles para probar que “el pueblo se levantaba contra la injusticia”. No olvidemos, en todo caso, que los manifestantes del 25 de octubre en Plaza Italia nunca expresaron rechazo a la violencia ni parecían preocupados de que los confundieran con los violentos. ¿Fue catarsis? ¿Quizás euforia? ¿Creencia de que estaban desapareciendo los límites y empezaba a surgir una sociedad feliz? Algo de todo eso. Quienes capitalizaron el éxtasis fueron los cabecillas de la oscura coalición que movió los hilos. En algún momento, conoceremos toda la verdad de lo ocurrido, incluido el capítulo de la intromisión extranjera. ¿Alguien cree a estas alturas que el devastador ataque al Metro fue obra de manifestantes comunes que lanzaron un fósforo? ¿O que los ataques a cuarteles policiales fueron ejecutados por jóvenes que ese día estaban algo irritados?

La democracia fue atacada alevosamente en 2019, y la mayoría de los partidos opositores asumió una actitud condescendiente hacia ese ataque, sobre la base de un razonamiento perverso: cuando están gobernando los adversarios, cualquier método vale para hacerlos fracasar.

Decir que la orgía de fuego y vandalismo de 2019 fue un momento estelar de la historia, puesto que dio origen a la Convención, solo contribuye a incrementar los recelos que existen sobre un órgano que no deja de sorprender negativamente cada día (lo que incluye las peticiones de más plata). Creo que la excitación refundacional que predomina en la Convención explica el acelerado desgaste del apoyo con que se instaló en julio.

La violencia trastornó nuestra convivencia y fomentó las actitudes disolutas respecto de la estabilidad institucional».

-¿Ve similitudes entre la actual situación del país y los años de la Unidad Popular?

-Se trata de momentos muy distintos, pero hay elementos comunes reconocibles: el debilitamiento del respeto a las normas constitucionales y legales, la siembra de odio, la inconciencia respecto del valor de las libertades, etc. Se ha vuelto a demostrar que los extremos se potencian entre sí: es cosa de leer en las redes sociales a los izquierdistas furiosos y a los derechistas furiosos. Parecen necesitarse. Entre uno y otro extremo está el resto de los chilenos, que no quieren polarización ni violencia. Hay que detener la irracionalidad antes de que se desborde.

-¿Cree usted que el PC tiene posibilidades de llegar al poder al lado de Gabriel Boric?

-Sí, es una posibilidad. No deja de ser curioso lo ocurrido con la primaria del Frente Amplio y el PC, en la que participó mucha gente ajena a ese mundo, pero que se sintió motivada a votar “contra Jadue”, lo cual indudablemente influyó en el resultado. Pareció entonces que el PC había experimentado un revés de carácter estratégico, pero no fue así. Hoy está más protegido al lado de los frenteamplistas y los grupos socialistas que se alinearon con Boric. Paradójicamente, son mayores sus posibilidades de volver al gobierno que si Jadue hubiera continuado en competencia. Guillermo Teillier dijo hace poco que entre los programas de Jadue y Boric hay un 90% de coincidencias. También lo creo. Es una visión compartida respecto del cambio del eje en que se ha sostenido el progreso económico y social del país. Es curioso lo que pasa con los ideólogos frenteamplistas y comunistas: parten de la base de que Chile es financieramente sólido y puede gastar casi sin temores, hasta endeudándose al nivel de las naciones desarrolladas, lo que sugiere que las políticas aplicadas fueron fructíferas. Tan fructíferas… ¡que ellos proponen cambiarlas! Por ejemplo, proponen revisar todos los tratados de libre comercio suscritos por Chile, lo que significaría un golpe demoledor para los flujos de inversión extranjera hacia nuestro país. La alianza frenteamplista/comunista no es exactamente la Unidad Popular de hace medio siglo, pero tiene un marcado aire de familia.

Existe el riesgo de que Chile pueda experimentar un retroceso político/institucional que lo haga retroceder respecto de lo mucho logrado en todos los ámbitos desde 1990, lo que implicaría que cayera en el estancamiento económico y el marasmo social».

-Usted advierte que “numerosos políticos se han mostrado dispuestos a sacar ventajas incluso cuando el edificio institucional se agrieta”. ¿Hay riesgo de que Chile entre a una etapa de inestabilidad que lo haga retroceder respecto de lo conseguido en los últimos 30 años?

-Estamos obligados a ser realistas. Por lo tanto, es mejor no creer que eso no puede suceder. Las cosas no suceden… hasta que suceden. Era difícil imaginar hace dos años que los viejos fantasmas de la confrontación y el riesgo de perder las libertades iban a reaparecer en Chile y, sin embargo, lo hicieron. La violencia trastornó nuestra convivencia y fomentó las actitudes disolutas respecto de la estabilidad institucional. Boric dijo en el reciente debate de la TV que “la ingobernabilidad es no cambiar nada”, como si los cambios fueran por sí solos la quintaesencia de la razón política. Dijo también que “el statu quo es lo peor”. En realidad, no les toma el peso a las palabras. Como diputado, se ha beneficiado de lo que llama el statu quo, vale decir de las reglas de la democracia que hemos construido, y que hoy le permiten ser, ni más ni menos, que candidato presidencial.

Existe el riesgo de que Chile pueda experimentar un retroceso político/institucional que lo haga retroceder respecto de lo mucho logrado en todos los ámbitos desde 1990, lo que implicaría que cayera en el estancamiento económico y el marasmo social. Si ello llegara a ocurrir, sería el comienzo de la decadencia, y cuando se producen procesos de esa naturaleza, las naciones demoran mucho en recuperarse. Los jóvenes que han gritado contra los 30 años, no alcanzan a darse cuenta de lo absurdo que es eso, pues da a entender que, antes de los 30 años, Chile estaba mejor. Los demagogos estimularon esa incomprensión para beneficiarse de cualquier descontento y cualquier rabia.

No hay fatalismo en lo que digo. Tenemos que impedir un posible retroceso. Las cosas serán mejor o peor, según lo que hagamos. Ningún sector puede cruzarse de brazos. Raymond Aron decía que en política hay que optar entre lo preferible y lo detestable. Es un buen consejo.

El llamado “parlamentarismo de facto” ha sido una forma de extrema desaprensión hacia las bases del funcionamiento de la democracia».

-En enero de 2020, publicó el libro La democracia necesita defensores, en el que analizó la crisis de octubre de 2019, y en su nuevo libro vuelve sobre aquellos acontecimientos. ¿Se confirmó o cambió lo que usted advertía?

-Creo que la democracia sigue necesitando defensores. En realidad, los necesita siempre, pero sobre todo cuando cunden las manifestaciones de deslealtad hacia sus reglas y procedimientos. La violencia no ha sido erradicada, y la situación de La Araucanía es insoportable para los habitantes de esa región. Es indispensable desarticular a los grupos armados que allí existen.

Hemos constatado en estos años, que las amenazas al régimen democrático pueden surgir dentro de las propias instituciones surgidas del voto popular. Ninguna institución ha jugado un papel más disolvente que el Congreso Nacional, en particular la Cámara de Diputados, donde ha habido un festival permanente de banalidad demagógica. El llamado “parlamentarismo de facto” ha sido una forma de extrema desaprensión hacia las bases del funcionamiento de la democracia, específicamente la división de poderes, como ha quedado de manifiesto en el triunfo de “la doctrina Jiles” sobre el retiro de fondos previsionales, una fórmula de generosidad tramposa con los ahorros de los propios cotizantes. Ha sido muy grave disfrazar las leyes comunes como artículos transitorios de la Constitución.

Numerosos diputados, preocupados exclusivamente de su relección o de saltar al Senado, han abrazado el parlamentarismo de facto con absoluta ceguera respecto de que, cuando se abren las compuertas a las soluciones de facto, el final es catastrófico.

La asonada de 2019 le hizo muy mal a nuestra convivencia pues debilitó la adhesión al régimen democrático de parte de sectores significativos de la sociedad. Hubo demasiada gente que aceptó y validó la violencia como método en condiciones democráticas con la vieja excusa de que el fin justifica los medios. O sea, la búsqueda de la igualdad podía justificar la quema de iglesias, los saqueos, la destrucción de los bienes públicos. La última encuesta del CEP mostró, afortunadamente, una nueva actitud respecto de lo que pasó entonces. Hay ahora un mayor rechazo a la violencia y un mayor apoyo a la democracia. Eso es valioso. Necesitamos que se consolide tal tendencia.

Los extremos se potencian entre sí: es cosa de leer en las redes sociales a los izquierdistas furiosos y a los derechistas furiosos. Parecen necesitarse. Entre uno y otro extremo está el resto de los chilenos, que no quieren polarización ni violencia».

-¿Qué impresión tiene de la marcha de la Convención Constitucional?

-Me preocupa el efecto que está teniendo el experimento político de haber creado un segundo parlamento para tratar un asunto que correspondía discutir en el Congreso Nacional. Lo más insólito es que los padres de la criatura fueron los propios senadores y diputados, los cuales decidieron adoptar la posición de Poncio Pilatos frente a la elaboración de una nueva Constitución: se hicieron vergonzosamente a un lado. O sea, el eventual proyecto de nueva Constitución pasará por la puerta del Congreso sin detenerse. Y por fuera también de La Moneda. En esta materia vital, el poder Legislativo y el poder Ejecutivo renunciaron a cumplir con su deber.

El gobierno del presidente Piñera concluye en marzo próximo y, lamentablemente, dejará al país en un túnel constitucional, como se encargó de ponerlo de manifiesto el vicepresidente de la Convención, el abogado Jaime Bassa, al dejar en entredicho la duración del próximo mandato presidencial. En la práctica, introdujo un factor de mayor incertidumbre respecto de lo que puede esperarse de la Convención. Es llamativo que su postura coincida con los dichos de Boric en La Red, del 14 de septiembre, en cuanto a aceptar desde ya la posibilidad de que el próximo gobierno dure un par de años, lo que reveló una disposición a aceptar, en caso de ser elegido, cualquier cosa que apruebe la Convención. Bassa y Boric son militantes del Frente Amplio, y es visible que coordinan sus pasos. Es un asunto demasiado importante como para que, a pocas semanas de la elección presidencial, surja una nebulosa. Todos los candidatos presidenciales deben pronunciarse al respecto. Debe quedar en claro que el presidente de la República que se elegirá en noviembre-diciembre, asumirá por 4 años y con todos los poderes que le reconoce la Constitución vigente.

Nadie sabe en qué terminará la Convención, pero el país no puede estar a la espera de lo que pase o no pase allí. En cualquier circunstancia, hay que sostener el Estado de Derecho y asegurar la continuidad institucional.

 

Participa en la conversación

1 comentario

  1. Excelente entrevista a un hombre sabio y lúcido. Ojalá sus respuestas fueran lo suficientemente contagiosas para desatar una pandemia

Deja un comentario
Cancelar la respuesta