En los últimos dos años, Chile bajó 29 puestos en el Índice Global de Terrorismo, pasando del lugar 47 al 18 del ranking que realiza el Instituto para la Economía y la Paz, think tank independiente con sede en Sídney, Australia. Ahora, Chile es el segundo país de América Latina con mayor porcentaje de terrorismo después de Colombia, que se encuentra en el lugar número 14.

Se trata de la novena edición del índice que mide un total de 163 países. El centro de investigación que desarrolló la investigación lo dirige Steve Killelea, filántropo global especializado en la paz y desarrollo sostenible, empresario tecnológico, fundador y presidente del Instituto para la Economía y la Paz.

El objetivo de la institución es crear un cambio de paradigma en la forma en que el mundo piensa en la paz. En conversación con El Líbero, Killelea se refirió a los resultados y, en particular, a la situación que aqueja a Chile. 

¿Cómo se define el concepto de terrorismo a efectos del índice?

—Definimos terrorismo como un acto de violencia o una amenaza de violencia por parte de un actor no estatal -es decir, una organización no gubernamental-, con el objetivo de enviar un mensaje a un público más amplio que el de las personas afectadas por la violencia. Ahora bien, hay distintos tipos de ataques terroristas. Desde secuestros, bombas, dispositivos incendiarios; armas de fuego o quemas de edificios, como ocurre en Chile. A veces puede estar dirigido a generar un daño a civiles y otras veces simplemente busca enviar un mensaje: “Estamos aquí, queremos negociar”. 

Hemos escuchado hablar sobre terrorismo religioso, político… ¿Podría explicar brevemente cada uno de ellos y su importancia? 

—Existen diferentes motivaciones para el terrorismo. El terrorismo islámico, por ejemplo, es uno de los que ha aparecido en la prensa durante la última década o 15 años. Este es un terrorismo con motivación religiosa que intenta instaurar un gobierno religioso en las zonas en las que trabaja. Luego está el terrorismo político, que puede ser de extrema izquierda o de extrema derecha. Éste puede ser por grupos organizados o por individuos que se alineen con un tipo particular de filosofía, por ejemplo. 

Pasemos al caso chileno. ¿Qué está pasando en Chile? ¿Por qué el país ha bajado tantos puestos en la clasificación en tan poco tiempo? 

—En primer lugar hay que mencionar que América Latina, en general, es una de las regiones del mundo con menor índice de terrorismo. En Colombia todo se asocia a los carteles de la droga. Pero en el caso de Chile se ha visto un aumento impresionante cada año desde 2013, cuando se reportaron tres incidentes terroristas. Desde entonces esto ha ido en aumento y en 2021 hubo 362 incidentes. Pero a este tema se le da muy poca prensa. En 2021 se reportó una muerte y en 2020, seis. Por eso lo que tomamos en cuenta es la cantidad de incidentes. Todos estos incidentes se relacionan con el grupo mapuche que está tratando de recuperar tierras y está buscando a su vez más independencia del gobierno chileno. 

Existe una discusión en el debate público en Chile en torno a si la violencia que se ve en la Macrozona Sur es o no es terrorismo. Teniendo en cuenta el informe, ¿afirmaría usted que hay terrorismo en Chile y por qué? ¿Cómo es el terrorismo en Chile y cómo podría describirlo?

—Este tema es complicado. Para algunos una persona puede ser un luchador por la libertad o un terrorista. Por ejemplo, Nelson Mandela que fue a la cárcel por terrorismo. Nosotros no nos  focalizamos en el debate en torno a lo que es justificado o injustificado, sino en contabilizar los números. 

Los actos que se están realizando, como la quema de las casas con el mensaje a una población más amplia para obtener alguna forma de reconocimiento y alguna compensación deben ser vistos como terrorismo. Además, el 70% de los ataques involucran armas. 

La violencia se ha convertido en una realidad desde 1998 para una gran parte de los habitantes que viven en el sur de Chile. Más de 40 personas han sido asesinadas entre los años 2012 y 2021. Las bandas armadas han robado madera, extorsionado a la gente, invadido tierras agrícolas y quemado casas. ¿Puede considerarse este tipo de actos como atentados terroristas?

—Sí. Es por ello que son contabilizados en el Índice Global de Terrorismo. Ahora, esto si son realizados por una organización criminal. Si fuera simplemente por un beneficio personal, no sería considerado como un acto terrorista. 

«En Chile se utilizan dispositivos incendiarios muchas veces para mandar un mensaje«

Un nuevo presidente está asumiendo el cargo en Chile. ¿Cuáles cree usted que son los principales desafíos que un nuevo gobierno podría enfrentar en la lucha contra el terrorismo?
—Cuando se examinan los factores subyacentes del terrorismo, pueden reducirse a diferentes cuestiones. Los reclamos del grupo —que puede decirse que es una de las motivaciones de lo que ocurre aquí —; la corrupción —aunque no voy a comentar la corrupción en Chile porque no entiendo la situación lo suficientemente bien—. Es necesario poder abordar las preocupaciones legítimas cuando hay grandes desigualdades. Se puede ampliar la educación, pensar en reformas agrarias. En definitiva, yo diría es que el gobierno tiene que adoptar una postura firme contra el terrorismo. De lo contrario, si no lo hace, sólo la fomentará más. Es necesario un Estado de Derecho fuerte, y así tratar de controlarlo. 

Hay que tener cuidado de que al tratar de erradicar a los terroristas y detenerlos, no se derive en una mayor alienación del grupo del que forman parte. Estos son los comentarios generales que puedo dar sin comprender en detalle la situación de Chile.

¿Conoce otros casos en los que un país haya bajado tantos puestos en el ranking en tan poco tiempo? 

—La construcción del índice tiene una escala móvil. Hay muchos países que no tienen terrorismo. También hay países que son mucho más golpeados y han sido golpeados más fuerte. Sahel, por ejemplo, en el extremo norte del África subsahariana, es probablemente el epicentro del terrorismo mundial en este momento. Aquí el terrorismo se ha multiplicado por diez desde 2007 y el 43% de todas las muertes a nivel mundial provienen de allí. Hubo alrededor de 2.200 muertes en 2021. En Níger, por ejemplo, la tasa de letalidad de los ataques es de 23 personas que mueren por cada ataque.

Para ponerlo en perspectiva, aunque en 2021 haya habido 362 atentados en Chile, sólo uno de ellos ha resultado en una muerte. En este caso, lo que realmente hizo bajar al país en el ranking, es el número de atentados más que el número de muertes. Al desarrollar el índice, tenemos en cuenta cuatro factores: incidentes; muertes; lesiones y toma de rehenes. 

¿Cree que el terrorismo que ocurre en Chile tiene alguna similitud con terrorismo en otras partes del mundo? 

—Hay similitudes en Irlanda del Norte. En Chile se utilizan dispositivos incendiarios muchas veces para mandar un mensaje. En Irlanda del Norte también se instalan dispositivos incendiarios en tachos de basura, edificios de gobierno y en centros policiales. Estos actos son parte de la táctica de negociación del Ejército Republicano Irlandés, lo cual también se puede ver en Chile donde el objetivo no es realmente matar a personas. De ser esa la intención, los 362 ataques ocurridos habrían obtenido muchas más muertes. 

A nivel mundial, hay 7.100 muertes y alrededor de 5.000 ataques, lo que da un promedio de 1,4 muertes por ataque. Si esto se lleva a Chile, los ataques de 2021 habrían resultado en 500 o 600 personas asesinadas. Pero no fue así, por lo que el objetivo no es matar, sino destruir propiedades para enviar mensajes y decir estamos aquí, queremos ser escuchados y negociar. 

“Rusia, a pesar de todo su poderío, no va a ser capaz de obtener éxito en Ucrania”

Pasando a temas globales. ¿Cómo cree que ha afectado la pandemia del Covid-19 al terrorismo en el mundo y en concreto en el mundo occidental? 

—Las muertes por terrorismo en Occidente, en los países europeos, Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda o Japón, han disminuido drámáticamente en los últimos tres años, en un 75%. Si prestamos atención a los actos de terrorismo político en los últimos cinco años, este es cinco veces menor que el terrorismo religioso, que era principalmente islámico. También ha disminuido el terrorismo de extrema derecha, y aumentó mucho menos el terrorismo de extrema izquierda. 

En cuanto al impacto de la pandemia del Covid-19, en los últimos años, dadas las fuertes restricciones al tráfico público, las personas ya no tienen las mismas reuniones en lugares grandes, lo cual hace más difícil encontrar objetivos para los terroristas. Muchos están preocupados por su salud personal y en lugar de pensar en las injusticias por las que se disparan los ataques, su ira está dirigida a otros tipos de injusticias, como las restricciones con los cierres y la vacunación, entre otras cosas por el estilo. Pero a esta altura no conocemos esta hipótesis del todo. 

En el Instituto de Economía y Paz elaboran otros índices, como el Reporte para la Paz Positiva. ¿Cómo definiría usted la paz y cuáles son los elementos que hacen posible una sociedad pacífica? 

—Trabajamos para la paz en muchos sentidos y utilizamos dos definiciones. La primera, para el Índice de Paz Global, que es la principal medición de la paz mundial que mide la ausencia de violencia o el miedo a la violencia. Esto sirve para entender cuán pacífico es el país, si es más pacífico o menos pacífico. Así, en el Índice de Paz Positiva, se describen las instituciones y estructuras que crean y sostienen las sociedades pacíficas. Considera ocho cualidades diferentes que se unen para crear paz, que suelen operar de manera sistémica y ninguna de ellas es contra intuitiva. Entre ellas se pueden mencionar: bajos niveles de corrupción, negocios robustos, distribución equitativa de los recursos, respeto de los derechos de terceros, altos niveles de capital humano, libre flujo de información. La paz positiva a nivel mundial está mejorando. Otros factores importantes a la hora de evaluar la paz positiva, son la renta per cápita, los índices de ecología, de bienestar, felicidad, desarrollo e inclusión. Podría decirse que la paz positiva describe aquel entorno óptimo en el que puede florecer el potencial humano. 

¿Cuáles diría que son los principales desafíos para la paz mundial hoy en día? 

—Ucrania está dominando el tema en este momento. Lo que vemos en Ucrania son las lecciones de Irak y Afganistán. Incluso los mejores militares del mundo no podrán ganarle a una población que no quiere ser invadida y tiene acceso a armas persistentes y sofisticadas. En muchos sentidos, Rusia, a pesar de todo su poderío, no va a ser capaz de obtener éxito en Ucrania. Este es uno de los mensajes y lecciones que podemos ver en este momento, y creo que en muchos sentidos es una buena lección, y es algo que nos empuja a todos hacia la paz. 

También preocupa el aumento del totalitarismo. Esto se ve con la invasión de Rusia. El presidente Putin se equivocó en la respuesta a los ucranianos y en la respuesta a Europa. Este es el problema de los sistemas totalitarios: cuando una persona gobierna, los juicios pueden ser erróneos. 

Otra área para analizar es la ecología y el cambio climático, en donde se está viendo una degradación ecológica realmente grave en muchas partes del mundo. Sobre todo en África, pero también en otras partes, como el sur de Asia, Oriente Medio. Debemos abordar estos problemas porque de otro modo conducirán a mayores niveles de conflicto. 

En el caso de Sahel, se dan una serie de problemas sistémicos y el terrorismo deviene como  una manifestación de esos problemas sistémicos.
Creo que la otra área en la que tenemos que pensar es la economía global, la búsqueda de inclusión y de cómo podemos corregir algunos de los crecientes niveles de desigualdad que se ven a nivel mundial.

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