El jueves pasado, el abogado, escritor, periodista y académico José Rodríguez Elizondo recibió una noticia feliz: había sido reconocido con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2021. De acuerdo al Ministerio de Educación -institución que entrega el premio-, la decisión se tomó «considerando los sobresalientes méritos académicos y la proyección de su trabajo en la opinión pública. Asimismo por la creatividad, lucidez e independencia de su obra ensayística, reconocida también fuera de Chile. Mención especial merece su versación y autoridad en materias de derecho y relaciones internacionales, en las que es un seguro referente».

Licenciado en Ciencias Jurídicas y abogado de la Universidad de Chile, Rodríguez Elizondo actualmente se desempeña como profesor de derecho en el Departamento de Derecho Internacional, con la cátedra de Relaciones Internacionales. Pero ha tenido además una larga trayectoria como diplomático y periodista, escritor y hasta caricaturista.

Cuenta que la pandemia lo ha tratado bien, «pues optamos por hacerle caso al doctor Paris y la doctora Daza. Lo malo es que el virus me está quitando mucho tiempo. Antes solía alternar mis escritos con lecturas, dibujos y Netflix. Hoy apenas me alcanza el día para aprender a cocinar».

-¿En qué momento de su vida recibe este premio? 

-Un viejo proverbio advierte sobre el peligro de “vivir en tiempos interesantes”. En ese tiempo me ubico: señales alarmantes del planeta, pandemia confinante en todas partes y país propio en refundación. Incluso me quieren dejar sin república. Tal vez por eso, me entusiasma participar, no ya como político, sino como ciudadano y hasta como patriota, una palabra que antes usaba poco. Como cinturón de seguridad, me aferro a dos anclas: mi familia y mis amigos.

-¿Desde su trabajo como profesor universitario, le preocupan los efectos de la pandemia en la educación? 

-Es preocupante, sin duda. Mis alumnos de hoy no pueden socializar desde las pantallas y es difícil que tengan a a flor de piel el amor al alma mater. Que se sientan, como yo, “románticos viajeros” de la U. Pero, valoro lo que estamos haciendo “en la medida de lo posible”: alumnos, profesores y directivos manteniendo, de manera telemática, la continuidad en el aprendizaje. Mucho me preocupan, en todo caso, las carencias previas en la formación humanista de los estudiantes. Cada año se notaba más y hoy nos está pasando factura. Es urgente que nos preocupemos más de la educación y formación de infantes y adolescentes.

Lo único que garantizan las normas, legales o religiosas, que interfieren con la libertad de expresión, es la censura y su correlato: la autocensura».

-Parte importante de su carrera la ha desarrollado en los medios de comunicación, en el periodismo. ¿Están aportando los medios al debate intelectual en el país o más bien, y como escribió a principios de año en una columna en El Líbero, estos “están favoreciendo el fin de las democracias”?

-Yo escribo en los medios desde siempre, pero como periodista profesional me formé en el Perú. Trabajé en la gran revista Caretas, tuve colegas de excepción y me inicié en los misterios de la televisión. Por eso, hay cosas que, con fundamento, no me gustan en nuestro periodismo. En lo formal, veo que la jerga inclusiva está afectando el manejo -por tanto, la comprensión- del lenguaje. Demasiados errores en la prensa escrita y un recurso abusivo a las muletillas en la prensa de la televisión. Algunos periodistas no pueden hablar sin intercalar, ene veces, “digamos”, “¿no es cierto?” y hasta “obviamente”… que si fuera tan obvio lo que dicen, para qué lo tratan como noticia. En cuanto al fondo, no me gusta el periodista que luce más como fiscal o el que sobrepone su protagonismo a su deber de informar. En el noble género de la entrevista, por ejemplo, hay quienes tratan de “ganarle” al entrevistado o demostrar que saben más que él. A veces, cada pregunta que hacen es un verdadero editorial. Todo esto (“obviamente”), se recicla con la mala calidad de los políticos incumbentes y el resultado es pésimo para las democracias.

-La Comisión de Ética de la Convención Constituyente estableció sanciones para ciertas conductas que considera que atentan contra la ética, como negacionismo o discriminación. ¿Está en peligro la libertad de expresión en Chile? 

-Por supuesto que son señales claras de peligro. Ningún catálogo de conductas antiéticas podría terminar con la corrupción, así como ningún Código Penal puede terminar con los delitos. Lo único que garantizan las normas, legales o religiosas, que interfieren con la libertad de expresión, es la censura y su correlato: la autocensura. Por eso, yo no delegaría en nadie la potestad de decirme cómo y en qué forma debo escribir. No es la manera de privilegiar la decencia en una democracia, ni la democracia misma.

-Vivió una década en Perú, donde conoció de cerca a sus políticos e intelectuales. ¿Qué futuro le ve al gobierno de Pedro Castillo? 

-Por mi vivencia en el Perú, yo deseo lo mejor para ese país, al igual que para el mío. Efectivamente, conocí de cerca a sus grandes políticos, artistas, periodistas, diplomáticos y escritores. Por lo mismo, sé que el país tiene un fondo cultural muy grande, que le permitirá sobreponerse a este mal momento, que bauticé como “malmenorismo”. El Presidente Castillo es un efecto de esa opción por un mal menor y sólo espero que tenga la inteligencia necesaria para asumirlo y actuar en favor de la democracia.

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