Termina una semana clave para el proceso constituyente: la histórica primera votación en el pleno y la definición de los primeros artículos de la propuesta de nueva Constitución. Las ideas que se discutieron inicialmente en comisión comienzan a ver la luz y, con esto, a preocupar a algunos expertos que ven cómo en el pleno no se morigeran los «excesos» de las comisiones.
Esto llevó al exministro de Transporte y Telecomunicaciones del gobierno del Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Claudio Hohmann a contestar, en una Carta al Director de El Mercurio, una columna de Eugenio Tironi en el mismo diario. En su texto, Tironi afirma que «la Convención no puede ser presa de los grupos minoritarios que buscan su fracaso, aunque esto se presente como un extravagante Plan B», y subraya que ha llegado el «tiempo de la política». En cambio, para Hohmann, la existencia de una tercera opción podría servir para no caer en la «trampa» del plebiscito de salida.
«Si el plebiscito de salida se constituye como un plebiscito entre la élite que defendería la Constitución que está rigiendo, y por eso rechazaría la propuesta constitucional de la Convención, versus el pueblo que estaría por la nueva propuesta, entonces el resultado es completamente previsible», anticipa.
-¿Por qué decide responderle a Tironi y en qué considera que él se equivoca?
-No es que se equivoque. El tono de la carta sería equivocado si alguien la interpreta como que yo estoy diciendo que él se equivoca. Su columna fue, por lo demás, muy inspirada. Lo que yo creo que falta es que estamos en un momento de la política extraordinariamente influida por las redes sociales, no tanto en la élite como en los electores. Los electores se dejan influir mucho más por las redes sociales que por las ideologías, como ocurría en el siglo XX. Lo que planteo es que hay que analizar los procesos políticos del siglo XXI como una política que está influida determinantemente por el efecto de las redes sociales. Me refiero al efecto de los algoritmos que hacen que nuestras percepciones de la realidad sean sesgadas porque nos envían la información que nosotros creemos que es la que queremos, y nos confirman nuestros propios sesgos. Ese es el fenómeno más determinante del siglo XXI, a diferencia de la política del siglo XX a la que hacía referencia en forma muy detallada e inspirada Eugenio Tironi en su columna. Ahora es el tiempo de las redes sociales, que lo cambian todo de una manera muy radical, eso es lo que he venido planteando. Estamos haciendo un proceso constitucional en Chile y lo que veo es mucho análisis en clave del siglo XX, cuando Chile es uno de los pocos países del mundo que está haciendo una Constitución en clave siglo XXI, es decir, en una clave política determinada por las redes sociales.
No debiéramos darnos el lujo de apoyar una constitución que pudiera amenazar el bienestar de los chilenos, el desarrollo y el futuro”.
-¿En qué afecta esta nueva forma de hacer política al proceso constituyente?
-El problema de la política determinada por redes sociales es que está determinada por factores como la identidad, por preferencias de corto plazo, por cualquier cosa que se nos ocurra que debe ser satisfecha pronto y rápidamente porque las redes sociales nos convencen de que eso es posible. Por lo tanto, se desfigura el proyecto de la casa común que no es de detalles, ni es de identidades, ni es de fragmentaciones. En un contexto así las redes sociales lo fragmentan todo, sobre todo en el nivel del electorado, pero esto también ocurre en el cuerpo político y, sobre todo, en una configuración como la de la Convención Constitucional. El efecto es profundo porque nos aleja de ese propósito común y genera énfasis en factores que son de corto plazo y no en factores que son mucho más comunitarios, que requieren una mirada mayor y más larga porque esta casa común debería durar un par de décadas, entonces yo creo que se dificulta muchísimo.
En la carta a El Mercurio hice referencia al Brexit, que ya fue un proceso que se vio sometido a las claves de la política del siglo XXI, mientras que cuando David Cameron llamó al plebiscito creo que lo hizo estando en la mirada del siglo XX y la sorpresa fue que el Brexit ganó, cuando parecía que no debía ganar y que Inglaterra se debería mantener (…).
La política de redes sociales es muy impredecible, mucho más compleja y tiende a la polarización. Allí terminamos enfurecidos unos con otros en lugar de por ejemplo generar consensos, acuerdos, donde cada uno cede una parte para construir esta casa común, esta nueva Constitución.
Va a ser una contienda electoral donde van a operar todos los sesgos».
-La plurinacionalidad o la unicameralidad son ideas que se instalaron en el corto plazo ¿Cree que esas u otras ideas de la nueva Constitución son rescatadas de las redes sociales?
-Soy un convencido de que la mayoría, sino todas las ideas, hoy día emanan de este fragor de las redes sociales. Creo que casi no hay una idea que hoy día se pueda instalar a través de los que consideraríamos los medios tradicionales (…). La plurinacionalidad es un muy buen ejemplo de algunas de estas ideas asociadas a las identidades, pero hay otras -no diría que todas (…)-. Creo que el análisis político tiene que imbuirse mucho más y tiene que tener mucho más de análisis de las redes sociales y mucho menos de lo que es tentador, que es creer que la política todavía se produce cómo se producía en el siglo XX, cosa que a mi juicio ya no está ocurriendo y hay demasiados ejemplos en el mundo. Hay que añadir que es una política donde el temor a ser funados en redes sociales como Twitter es un factor nuevo que no hubo nunca antes en el siglo XX, donde los políticos no tenían otro temor que aquel de ser derrotados en una discusión en el parlamento o en una elección.
La “corrección” del plebiscito de salida: reformar el artículo 142 de la Constitución
-¿En qué consiste el ‘plan B’ que plantea para la nueva Constitución?
-No me gusta la denominación de ‘plan B’ porque lo que tenemos es un proceso que está en marcha y que seguramente va a culminar como está determinado. Sin embargo, creo que este proceso tiene una trampa, quizás cuando se diseñó no se le vio así, pero hoy día es posible descubrirla y consiste en que si el plebiscito de salida se constituye como un plebiscito entre la élite que defendería la Constitución que está rigiendo y por eso rechazaría la propuesta constitucional de la Convención, versus el pueblo que estaría por la nueva Constitución, entonces el resultado es completamente previsible: va a ganar ese pueblo contra una élite. Esto podría ser una trampa porque si la propuesta constitucional contuviera contenidos que van a afectar el desarrollo del país, el crecimiento futuro, la independencia del Poder Judicial, entre otras cosas, podría ser que hubiere mérito en el rechazo y que quienes defendieron ese rechazo no tendrían por qué ser personas que fueren identificadas como defensoras de la Constitución actual, sino quienes genuinamente creerían y podrían votar rechazando la propuesta de la Convención Constituyente. Pero como está planteado todo eso no es posible.
Una medida o fórmula para superar eso es que, por ejemplo, se modificara o se corrigiera el Artículo 142 de la reforma constitucional que dio origen a este proceso constitucional para que no se pudiera suponer que quien quiere rechazar a su vez quiere también mantener la Constitución del 80 vigente, sino que el que rechace sea en mérito de los contenidos de la Constitución que ese votante estima perjudiciales para el futuro del país y no sea confundido con una persona que está por mantener vigente la Constitución que, por lo demás, en el plebiscito de entrada perdió esa opción largamente: casi un 80% estuvo por aprobar una nueva Constitución.
Lo que va a pasar es que se va a establecer un clivaje entre quienes están por aprobar, es decir, el pueblo, y quienes están por rechazarla, es decir, la élite alojada en la Constitución del 80, y esa no es la verdadera elección que debiéramos hacer en el plebiscito de salida, sino que elegir si la Constitución nos satisface o si no es lo que queremos como casa común, esa debería ser la verdadera elección.
Yo no le llamaría a eso ‘plan B’ sino que le llamaría una corrección para que el plebiscito de salida no sea un plebiscito con un resultado completamente predecible donde daría lo mismo los contenidos de esa propuesta constitucional.
Debiéramos cada uno de los chilenos votar en conciencia por aquella propuesta que creamos que va a permitir el desarrollo de Chile».
-¿Cómo funcionaría esa reforma constitucional? ¿Sería un punto intermedio entre la actual Constitución y la propuesta?
-Mi tesis es que el plebiscito de salida sea todo lo claro y limpio que debiera ser, en el sentido de que si alguien rechaza la nueva Constitución lo hace en buena lid, de creer que esos contenidos no son satisfactorios bajo su punto de vista. Ese es el ideal (…).
Una forma de hacerlo es que se ideara una manera, si acaso el rechazo se produce, de corregir la propuesta constitucional. Por ejemplo, que el Congreso como poder constituyente pueda corregir aquellas partes de la Constitución, o que si hay un rechazo -cosa que no creo que pueda pasar dado los argumentos que he dado antes- hubiera una nueva instancia para producir esa Constitución, porque si hay un rechazo lo que no debiera haber es que se mantuviera estrictamente como está actualmente la Constitución del 80. Mi punto es que esa sea una posibilidad limpia. Con una técnica legislativa, una reforma al artículo 142 podría realizarse si hubiera piso para eso, pero yo creo que no hay y me temo que nos dirigimos a un resultado predecible del plebiscito de salida.
-¿Cree que quienes buscan esta tercera vía «son un grupo minoritario», como indica Tironi? Y en caso de existir esta tercera posibilidad ¿cree que aumentaría la cantidad de personas que rechazaría el texto?
-Es muy difícil, hoy día, saber. Lo que dicen las encuestas es que la opción del apruebo sigue siendo mayoritaria, pero no es fácil afirmar nada. Me da la impresión de que el apruebo sigue estando arriba y yo creo que el resultado va a ser predictible independiente de los méritos que tenga la propuesta constitucional porque lo que va a pasar es que en la competencia en el plebiscito de salida se va a identificar a los electores por el rechazo como electores que quieren mantener la Constitución actual vigente (…) Creo que el proceso se dirige necesariamente al triunfo del apruebo cuando se han presentado contenidos complejos y vamos a ver cómo va a quedar todo esto. Debiéramos cada uno de los chilenos votar en conciencia por aquella propuesta que creamos que va a permitir el desarrollo de Chile, armonizar y resolver aquellos problemas que tenemos, que no son menores, pero si creemos que eso no se da en la propuesta, deberíamos votar en conciencia por el rechazo y no ser confundidos.
Todavía es muy difícil pronosticar porque no se conocen todas las propuestas, pero conocidas todas las propuestas mi estimación es que de todas maneras ganaría el apruebo, incluso si esas propuestas fuesen francamente complicadas, extravagantes, alocadas o se alejan del consenso técnico, por eso creo que debiera ser reparado o corregido.
«Cualquiera que cuestione cómo se desarrolla el proceso podría ser identificado como defensor el status quo y eso no debiera ocurrir»
Otras voces se han alzado sobre el dilema que significa rechazar el proyecto de nueva Constitución, considerando que la alternativa es volver a la Constitución vigente. Una de las primeras voces que hizo pública su alternativa fue el exparlamentario Pablo Longueira, quien también en una Carta al Director planteó que es necesaria una reforma constitucional, para que, en caso de ganar el rechazo, se vuelva a convocar a una elección de convencionales para hacer una nueva Constitución. «Así el rechazo no será la continuidad de la actual, sino una nueva oportunidad para redactar ‘la casa de todos’”, escribió Longueira.
-¿Qué opina de la propuesta de Pablo Longueira?
-Hay una serie de voces que han ido planteando su preocupación, tal como está este proceso desarrollándose y entonces se revisa también el pasado, los pasos que se dieron para llegar a esto, dónde estuvieron los errores que se pudieron haber cometido, pero yo miraría hacía adelante. No debiéramos darnos el lujo de apoyar una Constitución que pudiera amenazar el bienestar de los chilenos, el desarrollo y el futuro. Cada uno, en conciencia, tiene que evaluar cuál es a su juicio ese cuerpo constitucional que garantizaría el desarrollo o lo amenazaría. Por eso enfatizo en que debiera ser muy limpia porque va a ser una contienda electoral donde van a operar todos los sesgos, todo el tsunami que son las redes sociales que nos influyen muy decisivamente y si por ejemplo si hay un factor como el de la Constitución del 80 que está allí disponible para los enemigos del rechazo, de decir todos los que rechazan son proclives a la Constitución del 80. Cómo se puede cambiar el panorama, no es fácil y capaz que no haya piso para ello, pero nunca hará mal que haya voces que hagan eco de esto.
Lo que planteo es que hay que analizar los procesos políticos del siglo XXI como una política que está influida determinantemente por el efecto de las redes sociales».
-Lo que plantea Longueira es elegir nuevos convencionales en caso de alargarse el plazo. ¿Cree que por tratarse de la figura del exparlamentario quien lo plantea ya se provoca un sesgo?
-Toda voz que emerge está sujeta de una interpretación sesgada, por cierto, por dónde viene, quién la dice, todo eso es posible. Pero lo que yo creo que debiéramos buscar todos es escuchar, leer y ver bien estas propuestas o análisis de cómo este proceso debiera terminar en una propuesta que supere los problemas que tenemos en Chile, que no son menores. Las exigencias de cara al futuro son muy grandes para el país, entonces la propuesta constitucional debiera poder hacerse cargo de eso y nosotros participar en el proceso de votación sin que seamos identificados en cualquier bando que no fuera estrictamente el que elegimos.
Sin duda alguna que las personas que van analizando y poniendo en cuestión cómo se está desarrollando el proceso podrán ser identificadas por defender el status quo y yo creo que eso no debiera ocurrir, sobre todo cuando estamos atravesando un proceso que no tiene precedentes. Muchos hablan de la excepcionalidad chilena, y no cabe duda de que este proceso sí es un reflejo de algo completamente nuevo, la forma en cómo lo hemos hecho, la inclusión que ha significado de minorías que nunca fueron incluidas en la política es extremadamente novedosa. Pero lo extremadamente novedoso que no tiene referencia, también admite observaciones, críticas, análisis de cómo podría terminar no satisfaciendo el propósito original de este proceso constitucional.
La ex Concertación en la Convención: «Una minoría no determinante»
-¿Cómo ha visto el desempeño de la ex Concertación en la Convención?
-Han actuado simplemente como una minoría que no ha sido todavía determinante y yo lo que creo es que este es un juego de 2/3 versus 1/3. Hay que constituir una mayoría de 2/3 para aprobar las disposiciones constitucionales, sobre todo las más importantes para el futuro del país, y claro ahí se tendrá que constituir una agregación del Frente Amplio y la ex Concertación, sumando algunos votos de la centroderecha para conseguir los 2/3, que es el mínimo para aprobar las disposiciones más trascendentales. Pero la ex Concertación hoy día es una minoría y la verdad es que todos los partidos políticos y los movimientos son minoría en la Convención, necesariamente requieren de una agregación de distintas partes para generar esos 2/3, y nadie, excepto yo diría el Frente Amplio que eligió con una sólida mayoría a uno de sus representantes como el futuro Presidente de la República, ninguno tiene la sartén por el mango. Entonces, los que la han hecho mejor hasta ahora son quienes tienen habilidad política para mostrar sus puntos de vista y hacerlos avanzar, pero llega el minuto en que los 2/3 son los que mandan y van a ser la sumatoria de distintos sectores políticos incluso para avanzar con las disposiciones de la propuesta constitucional.
