El Lada avanzó tosiendo a lo largo del Pacífico, se unió al torrente de vehículos que sube al estadio Elías Figueroa y desembocó frente a la Universidad de Playa Ancha.
Más que universidad, aquello era una ciudadela en rebeldía, pensó Cayetano. Lo demostraban la proliferación de consignas en los muros suscritas con la A del anarquismo, el fusil del MIR, y la hoz y el martillo, y las postas de enmascarados que controlaban el tránsito.
Al doblar hacia la playa de Las Torpederas, se encontró de sopetón con una decena de jóvenes que le cerraban el paso. Tuvo que detener el Lada en seco.
—Si quieres pasar, tienes que bailar —le advirtió un enmascarado.
La masa cantaba a voz en cuello una canción sobre el Che Guevara y marcaba el ritmo con un kultrún que azotaba un calvo con bandana.
—¿Cómo? —preguntó Cayetano, irritado. En el Departamento de Castellano lo esperaba el profesor Zille y estaba sobre la hora de la cita.
—El que baila, pasa. El que baila, pasa —gritaba la turba, febril.
—Si querís pasar, tenís que bailar primero, cegatón —le advirtió un encapuchado—. Los hermanos aquí lo exigen —agregó extendiendo un brazo hacia el coro.
—El que baila, pasa. El que baila, pasa —retumbaba en la calle.
Comprendió que, si quería continuar, no le quedaba más que aceptar. Soltó un resoplido y se bajó del auto bajo una lluvia de manotazos y empujones que estuvieron a punto de derribarlo. Rojo de impotencia, intimidado por la turba enardecida, y ansioso por librarse de ella, se mordió los labios en lugar de responder a los improperios.
Los encapuchados comenzaron a cantar «La batea».
Cerró los ojos, alzó los brazos mientras las voces aumentaban de volumen y simplemente empezó a bailar.
Oyó insultos y alusiones a sus bigotes, seguidos de carcajadas y chiflidos, pero siguió bailando al ritmo de la canción con la cabeza gacha y los párpados entornados para que nadie viera que lloraba.
