A pesar de que las elecciones del domingo dejaron algunas interrogantes abiertas, desde el punto de vista social-jurídico-económico, los resultados arrojan una tremenda certeza: el pueblo de Chile no quiere un Estado totalitario; la renovación del país no debe pasar por enfrascarnos en el pasado. Esto es un mensaje potente para todos los que concentran algún tipo de poder político, económico, comunicacional, y desde luego, constituyente. 

Con diferencias importantes al aterrizar los principios, tanto Boric como Sichel representan caminos de libertad. Para Boric, el Estado debe ser fuerte en la generación de bienes públicos. Sichel propone que el Estado haga bien su pega y un modelo económico basado en el emprendimiento. A pesar de que para uno de ellos debe haber más Estado en la actividad económica, ninguno ha propuesto la eliminación de la iniciativa privada. Bajar el concepto de libertad económica, como principio, implica encontrar diferencias entre las personas, los convencionales y los candidatos a la Presidencia. Aceptar que otros tengan ideas distintas a las nuestras es sano, humano, normal y democrático.

Cuando hablamos de libertad en materia constitucional económica, nos referimos al derecho a realizar cualquier actividad, respetando el marco regulatorio previamente establecido. Es decir, el Chile democrático quiere libre iniciativa en materia económica, principio que deberá ser reconocido, garantizado y protegido por la nueva Constitución. 

Vale aclarar que la libertad económica no se opone al feminismo, a la paridad, al reconocimiento de los pueblos originarios, a la regulación de los mercados, a la lucha contra los abusos, a un desarrollo sostenible y en paz con el medio ambiente, al fortalecimiento de lo público en salud, pensiones y educación, etc. La libertad económica es el reconocimiento a que cada persona puede elegir su camino. Tan solo eso. 

Podemos leer de las elecciones del domingo que el pueblo chileno no quiere una Gran Empresa ni tampoco un Gran Estado. Quiere paz, libertad, derechos básicos reconocidos y respetados. Quiere ser partícipe de los avances que trae el desarrollo. 

Nuestra patria está compuesta por seres humanos, y tanto el Estado como la Empresa solo pueden ser buenos si ayudan a que todas las personas puedan realizarse de la mejor manera posible, y a tener una vida feliz y digna. Esto pasa, necesariamente, por proteger la libertad y mantener al margen la violencia y los abusos. 

Para lograr estos anhelos, la organización es esencial. La libertad existe sólo en una comunidad capaz de autorregularse, en la que los individuos que la componen cooperan libremente. Sin embargo, la organización no puede ser tal que llegue a abducir a las personas. Transformarnos en autómatas es un peligro real, propio del totalitarismo. La lectura de los resultados del domingo nos indica que no estamos para aceptar algo así.  

El fantasma del totalitarismo siempre ha estado presente en el mundo y no ha desaparecido con el resultado de las recientes primarias. Mientras la población siga aumentando a pasos agigantados, la presión sobre los recursos disponibles lo hará de la misma manera. Por ello, los defensores de la libertad debemos recordar que, si queremos mantenerla, debemos entregar algo a cambio. 

¿Qué podemos entregar? Muchas cosas. Unos entregarán recursos (acceso a las playas, a las montañas, pagarán mayores impuestos, cambiarán derechos de agua por concesiones). Algunos entregarán convicciones (género, aborto, paridad, pueblos originarios). Otros aceptarán que convivan Estado y Mercado en temas sensibles como salud, pensiones o educación. Interesante es reconocer que, a pesar de que cada cual estime su entrega de acuerdo a su propia escala de prioridades y/o valores, finalmente todos cederemos algo. 

Nos guste o no, nada es gratis. Si no aceptamos que para obtener algo es necesario dar, corremos el riesgo de que muchos seamos manipulados por muy pocos. A mi juicio, Boric y Sichel, con sus válidas diferencias, representan la negativa del pueblo chileno a aceptar tal manipulación, y es deber de la Convención Constitucional reconocerlo.  

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