Pertenezco a una generación que ve a la Argentina salir campeón del mundo por primera vez. Me tocó vivir este hito histórico desde lejos, en Santiago de Chile. Desde estas tierras y a la distancia, tomé algunos apuntes.  

Primero: concluí que los argentinos, o quizá muchos de nosotros, somos cabaleros. Estamos seguros de que todos aportamos con algo, cada uno a su manera. Ayer charlaba con un amigo que vive en Chile desde hace ocho años, y recordé la implacable columna de Leila Guerriero publicada en El País el 14 de diciembre, en la que cuenta que durante el partido Argentina-Croacia, su padre caminaba por el parque en lugar de ver el juego, porque sus dos hijos se lo habían prohibido. Tal cosa sería una anti cábala. 

La historia de mi amigo es similar: desde que se vino a vivir a Chile, viajó a la Argentina a ver cada final de fútbol, siempre con la ilusión de poder festejar en caso de un triunfo, lo cual no sucedió. Esta vez no estaba dispuesto a arruinar de nuevo el resultado. Entonces, y a pesar de tener pasaje en mano y un casamiento por delante, canceló todo. Se quedó en Santiago y vio el partido con cuatro casi desconocidos y festejó en la embajada de Argentina. Se perdió de abrazar a su papá y de ir al Obelisco. Pero se quedó tranquilo porque de esta forma ayudó a que Argentina saliera campeón.

Segundo: los argentinos sabemos hacer hogar. No importa la distancia, siempre vamos a traer un poco de lo nuestro para sentirnos más cerca. Tenemos nuestros rituales. Acompañamos cada partido con mate, sandwiches de miga, medialunas, alfajores de maicena y asados. A la hora de festejar, desplegamos nuestra bandera y le cantamos al país que cada día lo queremos más, que es un sentimiento, y reafirmamos en ese canto nuestra nacionalidad. El folklore argentino cobija. Hace posible el regreso, al menos por un rato. 

Tercero: No daba lo mismo ver esta final en Argentina que en Chile, o en otro país. No daba lo mismo escuchar a chilenos celebrar cuando Francia metía un gol. No daba lo mismo salir al balcón a festejar un gol de Argentina y no ver a otras personas de otros balcones festejando con vos. Tal vez una bandera argentina colgada por ahí. Si bien miles de chilenos sí expresaban su deseo de que Argentina gane, ya sea por el país, por Sudamérica o por Messi y si bien se sintió también en este país ese deseo de que tengamos la copa, no daba lo mismo ir a festejar a Plaza Italia o a la embajada de Argentina -sedes de festejos en Santiago- que ir al Obelisco. 

Pero tampoco da lo mismo decidir. Mientras vivís afuera, cada día que pasa es una decisión. Y las decisiones duelen porque requieren renunciar, pero también traen alegría porque implican elegir, muestran posibilidad, apertura y libertad interior. El domingo no daba lo mismo no estar en Argentina, pero sí se celebró con alegría y tradición. 

La fiesta del triunfo de Argentina cruzó fronteras y el domingo se vio la argentinidad desplegada por el mundo. Argentina mostró ser una nación que empuja, que aporta como puede a un triunfo, ya sea con una cábala o impidiendo una anti cábala; que es resiliente, que sabe gozar, celebrar, cantar y hacer hogar, sea en casa, o fuera de ella, cuando se vive desde lejos una final.

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