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Publicado el 07 de abril, 2018

Lula, “That’s my man right there”

La imagen de ex mandatarios latinoamericanos siendo sometidos a procesos judiciales, sobre todo por corrupción, se ha vuelto habitual en el continente. La tensión entre poder y ética ha sido el eje central en la historia de la política de América Latina.
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En 2009 el entonces Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, señaló a Lula Da Silva como “the most popular politician on Earth”. El Mandatario brasileño era aclamado como un líder serio frente al deschavetado Hugo Chávez. Hoy, Lula está sentenciado a 12 años de cárcel por diversos delitos asociados a corrupción y lavado de dinero, alejándose cada día más del Palácio do Planalto.

La imagen de ex mandatarios latinoamericanos siendo sometidos a procesos judiciales, sobre todo por casos de corrupción, se ha vuelto habitual en los medios del continente. La tensión entre poder y ética ha sido el eje central en la historia de la política de América Latina. En ese sentido, está claro que parte importante de la región presenta una condición más precaria que la de otros países en términos políticos, ya que es menos institucionalizada, guiándose en gran medida por las pasiones y la desmesura. Quizás por eso hemos sido cuna del populismo con casos emblemáticos como Vargas en Brasil, Perón en Argentina, Ibáñez en Chile y otros más contemporáneos como Fujimori, Menem y Chávez.

La situación que vive Brasil, uno de los países más influyentes del continente, representa en buena medida ese lastre que por décadas ha afectado a Latinoamérica. La destitución de Dilma Rousseff en 2016 por episodios de similares características y la situación incierta en que se encuentra su sucesor, Michel Temer, quien también enfrenta acusaciones aún más graves, sólo son un claro reflejo de que el problema de la corrupción tiene un carácter institucionalizado.

Quizás Obama nunca imaginó que aquel político tan popular tuviera ese destino cuando dijo: “that’s my man right there, the most popular politician on Earth”. Y es que la popularidad no basta para ser buen político, también se requiere responsabilidad.

 

Yazmín Zaror, analista de contenidos de la Fundación para el Progreso

 

 

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