En un sentido importante, la meritocracia es sobre todo una ilusión personal. Cada persona presume merecer mucho, pero eso no depende de su juicio personal, sino de lo que otros consideran valioso en un momento dado.
Publicado el 30.12.2017
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La búsqueda por mejorar nuestras condiciones presentes es un impulso muy humano. La mayoría de las personas nos movemos para satisfacer nuestras diversas necesidades a diario. Eso algunos lo llaman erróneamente egoísmo, pero en realidad responde al interés propio de auto-preservación y autorrealización. En ese proceso vital de sobrevivencia, los seres humanos debemos recurrir a nuestras energías, aptitudes y destrezas. Cada sujeto elige y busca formas de utilizar aquello de la mejor forma posible.

Las personas usamos nuestra inteligencia y nuestra energía física para hacernos de los bienes necesarios para sobrevivir. Ahí está la raíz de lo que actualmente denominamos trabajo, ya sea físico o mental, pero también todos los procesos de intercambios económicos. También ahí radica la distinción moral más básica entre trabajo versus aprovechamiento, fraude o hurto. Sólo el primero sería fuente legítima de recompensas en función del esfuerzo o dedicación.

A partir de esa noción de esfuerzo se enarbolan dos discursos en apariencia contrapuestos: uno dice que la gente es pobre porque es floja, o sea, que se esfuerza poco y por lo tanto merece poco; el otro dice que aunque las personas efectivamente se esfuerzan, eso no se traduce en más recompensas, esto es, que el problema es que el esfuerzo es poco valorado frente a otros criterios. Como se podrá apreciar, ambos argumentos conciben al esfuerzo como un indicador de mérito. En términos estrictos, ambos consideran que a mayor esfuerzo o dedicación en una labor o tarea, más recompensa debería merecer una persona. La diferencia es que el segundo discurso es escéptico del cumplimiento de esa secuencia, es decir, no la descarta como criterio, sino que considera que no es cierta en la realidad.

Pero, ¿qué es el mérito en términos estrictos? En general, es un criterio moderno de distribución de recompensas, que surge en contraposición a otros esquemas fundados en el estatus u otros factores considerados arbitrarios. La idea de mérito o meritocracia es propia de las sociedades contractuales modernas surgidas a partir del constitucionalismo, y se concibe como la forma de distribuir los resultados de la cooperación social en función de la valoración del esfuerzo personal. Diversos ámbitos de la vida social aplican el criterio anterior como modo de legitimar recompensas y ganancias.

Los sistemas educativos, gubernamentales, empresariales, laborales, deportivos e incluso artísticos aplican tal discernimiento “meritocrático” mediante mediciones y evaluaciones con respecto al desempeño. Así, si no estudias, si no te esfuerzas, entonces no obtienes buenas notas o no logras ascensos. El esfuerzo parece ser un elemento de legitimidad, ya sea para justificar la riqueza o la pobreza, pero que sin embargo tiende a causar mucha confusión en relación a cómo se generan los merecimientos y recompensas. El esfuerzo y lo que llamamos mérito son cuestiones difíciles de medir y tienen una alta carga subjetiva, porque se interrelacionan con otros factores como la eficiencia, la suerte y el talento.

Cuando se evalúa a un estudiante en una prueba en el colegio o la universidad, no se premia el esfuerzo de quedarse hasta tarde estudiando, sino lo aprendido. La noción de esfuerzo está ligada a la noción de eficiencia, en ese sentido. Tu esfuerzo debe ser eficiente. Por eso, nadie puede pedir una buena calificación por el simple hecho de haber estudiado muchas horas sin haber aprendido nada, ni por el solo hecho de quedarse hasta tarde trabajando. Acá se produce el dilema en relación a la idea de generar merecimientos o cuotas en función de eventuales desventajas o falencias, puesto que ya no se premiaría el esfuerzo en sí, sino la eventual mala suerte.

Lo anterior se liga con que, frecuentemente, las personas presumen que alguien con un talento X para cierta actividad requiere menos esfuerzo para ejecutarla que alguien que carece de ese talento. A partir de eso, surge la tensión entre esfuerzo y suerte, mediante la cual en muchos casos se considera menos meritorio al talentoso que al esforzado, puesto que tales dotes naturales son producto del simple azar y no de la abnegación. A partir de este sesgo, se cae en la falacia de la herencia mal habida en dos sentidos, en relación a bienes materiales y en relación a dotes naturales. En ambos casos lo que se sanciona es tener, eventualmente, buena suerte. Ambas dimensiones, de hecho, tienden a ligarse en la vida. Por ejemplo, un futbolista, una modelo o un artista, gracias a dotes naturales azarosas, podría lograr riquezas que luego transferirá a sus hijos como herencia.

Bajo la idea absurda de que las herencias serían ilegítimas, pues no estarían mediadas por el esfuerzo de quien las recibe, los hijos de Arturo Vidal o Bono no podrían acceder al resultado de la suerte, los esfuerzos y los talentos de sus padres. Considerar la herencia como ilegítima olvida no sólo el esfuerzo previo para generar lo heredado, incluso usando dotes naturales, sino también la legítima disposición que tiene el poseedor de esos bienes para transferirlos a otros. En ese sentido, decir que alguien es rico porque explotó a otro o actuó de mala forma, para así cuestionar las herencias, es del todo absurdo.

Efectivamente, “sacarse la cresta” no es garantía de riquezas, tampoco lo es tener un título profesional. Esto sucede porque la generación de riquezas no depende sólo del esfuerzo personal, sino de las valoraciones de otros con respecto a lo que uno hace u ofrece. Uno podría dedicarse todo el día a hacer hoyos para taparlos al día siguiente —con mucho esfuerzo, sudor y sacrificio–, pero aquello no generaría ninguna ganancia, salvo que alguien lo considerara en extremo útil o valioso y estuviera dispuesto a premiar aquel trabajo.

Por otro lado, muchos presumen que sus profesiones son más valiosas o trascendentales que otras, y entonces estiman que deberían recibir mayores recompensas que quienes realizan otras labores consideradas menos valiosas. Esa es la base de la típica crítica envidiosa y clasista al sueldo millonario de algunos futbolistas. Esto, en parte, se relaciona con la falacia de que tener un título profesional o el simple esfuerzo debe traducirse necesariamente en mayor riqueza e ingresos. Pero lo cierto es que muchos millonarios de la historia fueron sujetos con poca instrucción, sólo que con algo de talento y suerte.

Ni siquiera la igualdad de condiciones garantiza similares resultados entre las personas. En una familia pueden existir las mismas condiciones para todos los hijos, pero los sujetos pueden tomar distintas opciones y tener distintos destinos. Otra cosa es que el costo de tales decisiones y esfuerzos tenga menor impacto en aquellos que cuentan con mayor capital social en sus círculos cercanos.

La meritocracia, en ese sentido, es sobre todo una ilusión personal. Cada persona presume merecer mucho, pero eso no depende de su juicio personal, sino de lo que otros consideran valioso en un momento dado. Un artista, por ejemplo, puede considerar que su arte, su esfuerzo y su talento son extraordinarios e incomparables, y sin embargo no es él quien lo juzga, sino otras personas. Así, generalmente los artistas son recompensados voluntariamente según la valoración y aprecio ―subjetivo― que generan su talento o carisma en el público, incluso cuando su aporte a la sociedad pueda ser considerado infinitamente menor al de alguien que cuida enfermos o limpia las calles. En ese sentido, incluso la sociedad más justa en términos institucionales y de distribución de ganancias podría ver roto su “círculo virtuoso de lo justo”, debido a la valoración no planificada que las personas generan en torno a lo que hacen otros.

¿Podríamos acaso decir que la riqueza obtenida por Dalí gracias a la valoración de su obra, o la de Silvio Rodríguez y Bono gracias a la valoración de su música, es injusta?

 

Jorge Gómez Arismendi, director de Investigación Fundación Para el Progreso