AGENCIAUNO

La pregunta que nos hacemos en las últimas semanas, quienes nos desempeñamos profesionalmente en asuntos vinculados con el mundo del trabajo, en mi caso en el área del derecho, es si la candidata Jeannette Jara, exministra del trabajo, está plenamente consciente del efecto y consecuencias que sus políticas tienen entre tantas personas que hoy buscan un empleo digno y bien remunerado. Incluso el Banco Central se ha pronunciado sobre ello.  

Lo anterior, porque ella se promociona a sí misma como quien logró rebajar la jornada de trabajo en más de 12,5%, aumentar las cotizaciones previsionales en más de un 8%, aumentar el IMM por sobre las posibilidades reales de nuestra economía, y pero aún, promete seguir haciéndolo en el futuro hasta llegar a los $750.000, y establecer normas que solo han logrado complejizar la convivencia al interior de las empresas, so pretexto de cautelar los derechos de los trabajadores, aumentando los costos de forma desproporcionada. Esta lista sigue y sigue con múltiples “iniciativas” que solo producen incertidumbre y cambio de las reglas del juego, incluido el ejercicio abusivo de las facultades interpretativas por parte de Dirección del Trabajo, y la creación de normas por la vía administrativa.

Así, no deben sorprendernos los resultados: La creación anual de empleo en Chile se paralizó, y actualmente exhibe un alza anual de apenas 141 personas en un año. La tasa de desocupación se mantiene en 8,9%, lo que corresponde a 910.000 personas de carne y hueso, que buscan un trabajo y no lo obtuvieron, llevándolos forzadamente a la precariedad y la informalidad. Si el desempleo se mantiene en 8,9% es solo porque cae la fuerza de trabajo en Chile. En palabras del director del Centro UC de Encuestas y Estudios Longitudinales, David Bravo, “se están destruyendo empleos y el mercado laboral está en niveles tan malos como los que vimos en 2010, tras la crisis financiera y el terremoto..”. Esta cifra sería brutal, si además consideramos que el Estado ha contratado miles de trabajadores, aceitando su propia máquina, y dejando a las próximas administraciones llenas de leales apitutados. Menos debe sorprendernos que la Encuesta Suplementaria de Ingresos 2024, indique que el ingreso del 50% de quienes trabajaron en el país, percibieron ingresos menores a $611.162. La ocupación total cayó por vez consecutiva, y se destruyeron decenas de miles de empleos por cuenta propia, mientras se crearon 14.904 empleos asalariados privados, de los cuales el 93% fueron informales. La tasa de participación laboral retrocede y la tasa de ocupación (56,4%) es inferior a la de hace un año y la más baja desde 2010, excluyendo pandemia. Finalmente, en un gobierno feminista, la desocupación entre las mujeres llegó a 9,9%, siendo la desocupación masculina de un 8,1%.

¿Cómo podrían ser diferentes las consecuencias?

La única respuesta para obtener un mejor índice de empleo y, lo que es igualmente indispensable, un incremento de los ingresos de los trabajadores, es el crecimiento económico. No hay atajos, ni recetas mágicas. Menos aún, la imputación de estos efectos a ideaciones fantásticas, como la falta de generosidad de empleadores “coñetes”, o el egoísmo de quienes no pagan mejores rentas o contratan a trabajadores.

El crecimiento económico genera la expansión de las actividades económicas, y el aumento de la producción hace que las empresas necesiten más trabajadores, lo que lleva a la creación de nuevos empleos. Pero es más, la disminución del desempleo no solo beneficia a las personas que estaban cesantes y encuentran trabajo, sino que también contribuye a que existan mejores remuneraciones para los que están trabajando. No se trata de una afirmación dogmática.

Tampoco se trata de descubrir la pólvora. Ya en 1962, el economista norteamericano Arthur Okun, en el estudio llamado «Potential GNP: Its Measurement and Significance«, estableció una observación empírica que señala la correlación existente entre los cambios en la tasa de desempleo y el crecimiento de una economía. Okun estableció que para mantener los niveles de empleo, una economía necesitaba crecer cada año entre el 2,6% y el 3%. Cualquier crecimiento inferior significaba un incremento del desempleo, debido a la esperable mejora de la productividad.

La falta de realismo tiene consecuencias, y éstas las pagan precisamente quienes no tienen redes de apoyo o alternativas laborables a la mano. Entonces, crecer en porcentajes superiores al 2,6% es esencial e indispensable en Chile para poder darle empleo a quienes hoy día no lo tienen. Un gobierno de emergencia, que enfrente esta vital necesidad, es indispensable. La ministra de los 141 empleos pareciera que aún no se entera.

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