Chile posee más de 4.300 kilómetros de costa continental -el quinto litoral y la quinta zona SAR (zona de búsqueda y rescate) más extensos del mundo- y un territorio marítimo cinco veces mayor que su territorio terrestre. Y, sin embargo, seguimos siendo un país que, en los hechos, vive de espaldas al mar. Ningún síntoma lo ilustra con más claridad que el estado de la vela: un deporte que en naciones de tradición marítima es escuela masiva de ciudadanos, y que en Chile permanece como una actividad marginal, cara y prácticamente reservada a un puñado de clubes y vista como una actividad de élite.

Las cifras son elocuentes. En Chile existen 78 clubes náuticos, pero solo 23 se dedican a la vela como deporte -menos que los 44 clubes de fútbol registrados en la ANFP- y de ellos, menos de 15 cuentan con lo que podríamos llamar una marina propiamente tal. Nueva Zelanda, con apenas 5,4 millones de habitantes, menos territorio y costa que nosotros, tiene 108 clubes náuticos de vela y un 42% de su población vinculado a actividades náuticas. Nuestros vecinos argentinos tienen 56 clubes de vela; solo la ciudad de Mar del Plata, con 680 mil habitantes, mueve más de 300 embarcaciones en sus competencias anuales. El Gran Valparaíso, con una población 50% mayor, no exhibe ni de lejos esa intensidad. La conclusión no admite muchas vueltas: no es la geografía la que nos falta, es la política, la voluntad y la conciencia marítima.

Una escuela de liderazgo, no un pasatiempo de élite

La vela es, ante todo, una herramienta formativa. Quien navega a vela aprende, de la manera más concreta posible, que la naturaleza no negocia: hay que leer el viento y el estado del mar, tomar decisiones con información incompleta y trabajar en equipo bajo presión real. Por algo las principales escuelas de negocios y empresas de coaching, en Chile y en el mundo, usan la navegación a vela para enseñar liderazgo, gestión de crisis y trabajo colaborativo: a bordo se integran cognición, sentimiento y acción de una manera que ninguna sala de clases puede replicar. No es casualidad que la Armada de Chile haya hecho de la vela un pilar de la formación para sus oficiales y gente de mar, convencida de que la conciencia marítima de un país se construye, entre otras cosas, en contacto directo con este medio, donde la sal, el frío y el viento agrietan caras y manos.

El segundo efecto que a Chile le falta es la conciencia marítima. La Doctrina Marítima Nacional la define como el conocimiento exacto y reflexivo de los factores que se relacionan con el mar, tanto de su naturaleza como de sus posibilidades. Un país que no navega y que agota su relación con el mar en una playa de verano termina por ignorar también su enorme dependencia de él: el comercio exterior que se moviliza masivamente por los océanos, la riqueza pesquera y acuícola que alimenta al mundo, la conectividad austral, la proyección antártica, las energías y minería provenientes del mar, el turismo marítimo, en fin. Los deportes náuticos son parte constitutiva de estos intereses marítimos de la nación, y la vela, en particular, ofrece una puerta de entrada excepcionalmente accesible a esa conciencia, si se le dan las condiciones para masificarse.

El círculo vicioso del costo

El problema es que en Chile la vela está atrapada en un círculo que la vuelve, en la práctica, un deporte de acceso restringido. Y no se trata de una percepción: es estructural. Al ser reducidos la flota y el número de navegantes, la oferta de servicios e infraestructura náutica es escasa y cara; al ser cara la actividad, no logra masificarse, y así se perpetúa un mercado de nicho que nunca alcanza la escala necesaria para bajar sus costos.

Una parte sustancial de los componentes de un velero -velas, jarcia, electrónica, motores, repuestos- debe importarse, con fletes, aranceles e IVA sumados al precio de origen. Los especialistas en fibra de vidrio, electrónica marina o sistemas eléctricos son escasos, lo que encarece y demora cualquier reparación. Y a esto se agrega, desde 2020, un impuesto anual del 2% sobre el Valor Normal de Mercado de los yates de 122 UTA o más -aplicado, cabe precisarlo, sobre la totalidad del valor y no solo sobre lo que excede ese umbral-, con una exención para veleros menores de 20 TRG que en la práctica el Servicio de Impuestos Internos aplica de forma poco transparente. Calificar de “bien de lujo” a un velero de crucero que cruza los canales patagónicos hasta el Cabo de Hornos -donde no hay ostentación sino largas guardias nocturnas, reparaciones improvisadas y agua racionada- es desconocer la realidad de quienes practican esta actividad.

A esto se suma el tercer obstáculo, el regulatorio. Las marinas y clubes que ocupan el borde costero deben tramitar concesiones marítimas bajo el DFL N.º 340 y su reglamento, un régimen cuyos plazos y exigencias -pensados más para grandes proyectos productivos que para infraestructura deportiva o educativa de pequeña escala- traban tanto los proyectos nuevos como la ampliación de los clubes existentes. El resultado es previsible: mucho mar no se traduce en mucha infraestructura náutica.

Cómo romper el círculo

Nada de esto es una fatalidad. El desafío no es eliminar exigencias de seguridad marítima -indispensables en aguas tan exigentes como las nuestras- ni subsidiar indiscriminadamente una actividad recreativa, sino permitir que el mercado alcance la escala que le permita bajar sus propios costos, mientras se aprovecha la vela como herramienta deportiva, educativa y turística.

Eso pasa por modernizar y agilizar el régimen de concesiones marítimas y fomentar infraestructura pública básica -rampas, muelles y marinas municipales de bajo costo-; por abrir a mayor competencia los servicios técnicos y de certificación de seguridad; por revisar el impuesto a los yates considerando la actividad económica que una flota mayor generaría en talleres, astilleros y turismo; y por transparentar de una vez la manera en que el SII tasa las embarcaciones.

Hay, además, una palanca ya probada: las escuelas de vela gratuitas que Fedevela impulsa desde el año 2000 en las ciudades donde los clubes tienen marinas, y experiencias como las de la Cofradía Náutica del Pacífico en Algarrobo, el Centro Náutico Chiloé o Cedena en Puerto Williams, que han dado acceso al deporte a miles de niños que de otro modo nunca lo habrían practicado. El contacto con el mar desarrolla disciplina, autonomía, capacidad de decisión y trabajo en equipo; masificar esa experiencia sería una inversión formativa complementaria a la educación en aula, especialmente valiosa en un país con la geografía que tenemos.

Por último, el turismo náutico en los canales y fiordos australes -que hoy atrae a cientos de navegantes extranjeros dispuestos a cruzar el mundo para navegar nuestras aguas- es una oportunidad económica que la Ley N.º 20.423 ya reconoce como estratégica, pero que seguimos sin desarrollar a la altura de su potencial.

Como Presidente de la Liga Marítima de Chile y desde mi propia trayectoria en la Armada y en los deportes náuticos, he visto de cerca cuánto se gana, en formación de carácter y en sentido de país, cuando un joven chileno se enfrenta al mar en un velero, y cuánto se pierde cuando ese encuentro simplemente no ocurre porque el costo, la falta de infraestructura o un trámite se interpusieron en el camino. Un país que se proclama con frecuencia una potencia marítima no puede seguir tratando la vela como un lujo minoritario. Debe tratarla como lo que realmente es: una inversión en conciencia marítima, en liderazgo y en nuestra relación con el mar, donde está el porvenir de Chile.

Almirante (r), ex Comandante en Jefe de la Armada de Chile, profesor en Academia de Guerra Naval y presidente de Liga Marítima de Chile.

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2 Comments

  1. La practica de los deportes náuticos y en particular la vela, tiene un componente fundamental para crear hábitos relacionados con la vida en el mar en la juventud, los que desarrollan la conciencia de la potencialidad marítima de Chile, y eso permitirá a esta nación aprovechar todas las ventajas y virtudes que como dice el poeta del mar, nos promete futuro esplendor, ¡hay que navegar para llegar al futuro!

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