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Publicado el 11 de junio, 2020

Sin miedo ni prejuicios: Sobre procesos creativos y la experiencia del espectador

Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo Gabriel Carvajal

Me gusta pensar, como muchos, que el arte es emoción. Emoción que tiene que ver con la conexión a través de la obra entre artista y espectador. Es enfrentarse a una obra plástica, musical, literaria o cinematográfica y sentirnos profundamente atraídos, atrapados, en su mensaje, en su belleza. Nos puede causar horror como placer, pero no deja de ser una gran experiencia estética donde no cabe la indiferencia.

Gabriel Carvajal Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo

Hacer altos en el camino nos lleva a procesos de introspección, claramente cuando las condiciones se prestan para ello. No se le puede pedir, quizás, ejercicios analítico/personales a individuos que se ven privados de la comodidad para hacerlo y menos cuando no están resueltas sus necesidades básicas y de tranquilidad, sin embargo, pienso que desde aquí hay puntos que analizar. Parto de esta premisa pensando que los procedimientos artísticos y de percepción tienen que ver con esas dos realidades, o más…

Aparecen entonces peguntas que por obvias son más difíciles de responder dada la cantidad de variables que intervienen. ¿Qué es el arte? ¿Para que sirve? ¿Qué papel juega en la vida de las personas?

Instado por mi amiga y coleccionista Rocío Chávez me encontré en la web con Boris Cyrulnik, psiquiatra judío experto en resiliencia, que plantea que las manifestaciones artísticas tienen la cualidad de hacer superar la tragedia, tanto para quien la vive (creador) como para el espectador. Piensa que es necesaria una “carencia” para que se geste un proceso creativo, que la mayoría de las obras de arte son “confesiones” autobiográficas. Como psiquiatra sostiene esta tesis que tiene que ver mucho con la educación y la relación afectiva que se da desde la gestación, entre los padres y el nonato. Cuando existe precariedad social -y no se refiere a nivel socio/económico, sino más bien afectivo, aunque puedan estar íntimamente relacionados-, el individuo tiene mucha menos capacidad de resiliencia en su vida como adulto. Pienso -y el autor lo deja entrever- que esa persona desde su tragedia personal y su capacidad de ser “antena” captadora, sumado a una sensibilidad y capacidad creativa, pueden fácilmente desarrollarse como artistas. Paralelamente Cyrulnik llega a plantear que personas que no son capaces de compartir una situación traumática con su núcleo mas cercano, a manera de catarsis, lo pueden hacer fácilmente a través del arte, principalmente con la literatura y el cine. Se trata de utilizar el arte como un mediador entre las personas.

Considerando lo anterior como una posible respuesta desde un punto de vista psicológico, me gusta además pensar, como muchos, que el arte es emoción -lo que no excluye las teorías de Cyrulnik-. Emoción que tiene que ver con la conexión a través de la obra entre artista y espectador. Es enfrentarse a una obra plástica, musical, literaria o cinematográfica y sentirnos profundamente atraídos, atrapados, en su mensaje, en su belleza -que puede ser bidireccional- nos puede causar horror como placer, pero no deja de ser una gran experiencia estética donde no cabe la indiferencia. Desconociendo muchas veces el impacto inicial, viene luego el proceso reflexivo, aunque no indispensable. Todo depende de la inquietud personal. No tiene nada de malo vivir feliz y rodeado de algo que nos produce placer sin querer indagar por qué, no hay que sentirse culpable por eso; es más, nos sitúa en un estado de “ignorancia premeditada” que nos mantiene muchas veces con la capacidad de asombro más permeable. Más sabes, más exiges.

Es desde acá donde el concepto de belleza -con toda la subjetividad que conlleva- adquiere importancia: el estar rodeado de arte, vivir en un espacio que nos hace sentir plenos, es una experiencia -por decirlo sin aspavientos- muy gratificante. Y no tiene que ver directamente con factores económicos -aunque influyen-; se puede estar hablando de un lugar simple que, dependiendo de la sensibilidad de su habitante, sea exquisitamente armónico y placentero.

Desde la trinchera de los artistas, oyendo hace unos días “en línea”, como la contingencia lo exige, una sesión Antenna (plataforma que promueve el acercamiento entre personas y el arte) al destacado artista y gestor Coco González Lhose, decía que cuando él se enfrentaba a un proyecto artístico, se hacía las siguientes preguntas: ¿Qué hago? ¿Cómo lo hago? ¿Para que lo hago? ¿Sirve de algo? Lo planteo acá no para dar las respuestas, sino para que podamos entender cómo se gestan los procesos creativos desde la perspectiva de los artistas -también habrá otros más intuitivos- y para reafirmar que hay muchas variables en el camino, pero al final lo que importa es el resultado, la “sacudida” que una obra nos arroja como espectadores

Frente al arte nada es difícil, hay que estar abiertos a experimentarlo desde el lugar que más nos acomode, no hay que tener miedos al momento de situarnos en frente. Cuántas veces hemos oído “perdón mi ignorancia, yo no sé nada de arte, pero…” o “no voy a ver esa ópera por que no entiendo nada”, o “no se si será arte, pero me gusta”. Lo bueno de todas esas aseveraciones es que detrás hay una inquietud latente y de lo que se trata es de perder el miedo y los prejuicios. Como dice Cyrulnik, el arte es mediador, el arte puede ser catártico, es emoción, es belleza, es placer, como también es dolor, denuncia y registro de una historia. ¡Los invito a ser parte de ella!

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