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Publicado el 27 de agosto, 2020

[Reseña] ¿Y si la “nueva normalidad” fuese la revitalización del 18-0?

Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú) Jorge Martínez

Se hace imperioso retomar la reflexión acerca de lo que nos pasó en aquel infortunado octubre del 2019. El momento para volver a pensar en eso no puede ser más oportuno, si es que indefectiblemente nos encaminamos hacia un desconfinamiento general. Por cierto, si hay que decidir un rumbo a seguir, o unas medidas a adoptar, lo mejor es contar con un análisis riguroso de lo que sucedió. Por eso El octubre chileno. Reflexiones sobre democracia y libertad aparece en un momento que no puede ser más apropiado.

Jorge Martínez Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)

El octubre chileno. Reflexiones sobre democracia y libertad. Benjamín Ugalde, Felipe Schwember y Valentina Verbal, Editores. Santiago: Ediciones Democracia y Libertad, 2020.

Posiblemente muchas personas están ya saturadas ad nauseam de los avatares pandémicos, que por un tiempo desplazaron nuestros temores por las viralizaciones informáticas hacia las biológicas. Los últimos hechos de violencia, particularmente en la Araucanía, han vuelto a poner sobre la mesa el tema que nos sorprendió a todos, menos a Alfredo Jocelyn-Holt (volveré sobre él), aquel 18 de octubre. La gran pregunta es: ¿qué pasará cuando acaben las cuarentenas y el estado de excepción? Es decir, se hace imperioso retomar la reflexión acerca de lo que nos pasó en aquel infortunado octubre del 2019. El momento para volver a pensar en eso no puede ser más oportuno, si es que indefectiblemente nos encaminamos hacia un desconfinamiento general. Por cierto, si hay que decidir un rumbo a seguir, o unas medidas a adoptar, lo mejor es contar con un análisis riguroso de lo que sucedió. Por eso el libro comentado aquí aparece en un momento que no puede ser más apropiado.

La obra está dividida en cinco grandes partes que abordan el problema desde ángulos bien diferentes, pero armoniosamente complementarios. Lo de “armoniosamente complementarios” no es una cortesía de este comentador, sino un hecho real. Esto se puede ver en los lugares donde están parados los 11 autores, lugares que van desde los análisis filosóficos hasta los sociológicos, empíricos, históricos, e incluso psicológicos.

Ha sido también una muy buena idea incluir un punto de vista “externo”, como es el caso de los dos autores argentinos que cierran el volumen y que, aparentemente, conocen bien la realidad chilena, aunque no estén comprometidos con ella (Carlos Newland y Emilio Ocampo: “La crisis chilena de 2019 desde una perspectiva argentina”). Para aquellos que suponen que el cambio de Constitución no es la salida de los graves problemas sociales que enfrenta Chile, el testimonio de los argentinos hace tambalear un poco esa hipótesis con buenas razones. ¿Qué tal si fuera cierto que lo esencial en estos jaleos (se me ocurre que llamarlos “estallido social” es un poco exagerado) es el escandaloso desacople entre el tránsito de una sociedad pobre y atrasada hacia una donde la pobreza ha disminuido drásticamente, y unas instituciones políticas vetustas, que ya no responden a las expectativas de esta nueva sociedad?

El anterior es el último capítulo. En el primero, tenemos el testimonio de un historiador cuyo prestigio no necesita de mayores presentaciones, y quien no se priva, en su análisis, de poner sal sobre la herida. De todos modos, esto hace que la lectura sea también una interpelación y una provocación. Tratar de “caraduras sin vergüenza” a quienes no piensan como él tiene su gracia en un texto como éste, pero claro, no estamos para tibiezas. En efecto, en “El camino al estallido (pasando por la Universidad y la Historia)”, Alfredo Jocelyn-Holt se inscribe en la cansadora lista de los “yo se los dije”, pero se le soporta mejor que al resto porque hay evidencias de que, efectivamente, él viene diciendo desde hace más de 20 años que venimos fanfarroneando de expertos equilibristas en una cornisa. Ahora nos caímos, así que a no quejarse. Nuestro deslenguado historiador coincide con el resto de los autores en aporrear a Fernando Atria, “puro poder constituyente y hoja en blanco” (sic) y su ingenuidad de suponer que todo se arreglará con una nueva Constitución.

En realidad, y esto lo digo yo en diálogo no sólo con Jocelyn-Holt, sino con todos los autores que en este volumen se refieren a Atria, proponer una nueva Constitución como remedio al grave problema que nos aqueja, es como si un anciano lleno de achaques culpase al mal diseño del cuerpo humano por sus dolores de rodillas. La solución a esto no es ciertamente un rediseño de la anatomía y fisiología humanas, sino unos cuidados proporcionados. Despotricar contra la actual Constitución y culparla de lo mal que estamos, es de un infantilismo espantoso que sólo cabe en la cabeza de nuestros enfants terribles de la gauche divine (Teillier, Gutiérrez, Boric, Jackson, etc.). A menos que uno se deje convencer por los argumentos de los argentinos aguafiestas mencionados más arriba.

Fernando Atria no es el único “punching-ball” de los autores. Para sorpresa de algunos, hay otros think tanks chilenos, muy en la otra vereda de nuestros “cheguevaristas” de Plaza Baquedano hacia el Oriente, que también reciben su parte de bastonazos: Hugo Herrera y Daniel Mansuy. Ellos son los sparrings perfectos de Valentina Verbal (una de las editoras), si es que hemos de continuar con el léxico del cuadrilátero. Es difícil luchar contra errores que se vociferan una y otra vez, como que por ejemplo las colusiones económicas son un fruto típico del neoliberalismo. Valentina arremete contra este disparate, no sin antes precisar la vaguedad y falta de rigor intelectual del concepto “neoliberalismo”. En realidad, las colusiones son un atentado contra el libre mercado, no su efecto colateral inevitable. En todo caso, la crítica de la autora a pensadores como Mansuy o Herrera radica en que no tiene sentido censurar el supuesto “individualismo anticomunitario” del neoliberalismo desde una perspectiva moralizante. No hay mucha diferencia con las críticas de Atria y Mayol. Esto, para Valentina Verbal, en poco difiere del “fascismo católico”, al que le encanta hablar de “comunidad de origen y de destino”, pero no puede ser tomado muy en serio según ella.

Por supuesto que el análisis de las causas de los líos de octubre es sumamente importante (Jocelyn-Holt dice que no, pero allá él), como así también el de las posibles consecuencias. Sin embargo, para eso es necesario relatar qué sucedió realmente. Y eso no es tan sencillo. ¿Puede un relato ser “objetivo”? Uno podrá despotricar contra lo que hacen la televisión y los diarios. Por pocas entendederas que se tengan, salta a la vista que la “objetividad” periodística es una patraña, y mejor no preguntar por los motivos que tienen tal o cual canal de televisión o este o aquel diario para informar de la manera ultra sesgada en que lo hacen, muchas veces dando por evidentes severas deficiencias cognitivas de sus telespectadores y lectores respectivamente. De todos modos, la dura realidad es que un relato es también una interpretación. De esto se ocupa en parte Benjamín Ugalde (otro de los editores del libro) en su capítulo: “Análisis sociológico y discurso político. Algunos problemas epistemológicos en la comprensión del octubre chileno”. Es decir, si resulta inevitable deslizar juicios de valor en una narración, es mejor que ellos entren por la puerta y no de noche por una ventana mal cerrada.

Francisca Dussaillant, por su parte, en su muy documentado artículo (“¿Chile frágil? Propuestas para reducir el riesgo de grandes crisis”), me arranca una sonrisa. Lo que se propone allí tácitamente es hallar una explicación lo suficientemente exhaustiva de lo sucedido, “una línea de análisis diferente de la que estamos acostumbrados” (sic). Es decir, señoras y señores lectores, ahora sí que entenderán lo sucedido cuando les haya mostrado la cantidad de errores hermenéuticos que Uds. han cometido, parece querer decirnos. Pero a continuación nos previene… ¡contra la “arrogancia epistémica”! Cuando Francisca lea esta reseña no debería enojarse, sino más bien comprender por qué me hace sonreír. Dicho esto, la originalidad de su trabajo está fuera de discusión y sí, lo cierto es que se trata de un análisis diferente que inquietará a más de un sociólogo o filósofo. Es una pena que por lo general los hombres de acción (léase “políticos”) no suelen leer más de una carilla de lo que sea, y que encarguen a sus asesores el trabajo de la lectura cuando algo podría ser de interés para su tarea. Esto explica en parte la pobreza franciscana de los debates legislativos: políticos que no leen y asesores que no entienden lo que leen. Pero harían muy bien en tomarse un fin de semana para estudiar y meditar este artículo. La palabra “propuestas” del título debiera llamarles la atención.

En el artículo “¿El eterno retorno de la violencia? Las injusticias históricas y el estallido de octubre”, Felipe Schwember, el tercer editor del volumen que comentamos sale con el cuchillo entre los dientes: “el modelo liberal chileno ha sido enormemente exitoso: ésta (la pobreza) ha caído sustancialmente desde el fin de la dictadura a la fecha (68% al 11.7%)”. No parece haber entonces condiciones objetivas que expliquen este acontecimiento, nos dice Schwember. ¿Será la desigualdad, será la “mercantilización” de la vida, como insiste Atria? Supongamos que sí, ¿pero eso explica la violencia descontrolada? Aquí hay gato encerrado. Unos antiliberales fascistoides (sic) como Herrera o Mansuy coinciden, malgré eux, con Atria y sus amigos. Menos mal que los dos primeros son totalmente ignorados porque no tienen expresión política relevante alguna. La verdad, si Schwember está en lo cierto, no se entiende muy bien cómo esas palabras rimbombantes podrían condensarse en propuestas concretas. “Repolitizar el espacio público”, “resguardar el bien común” y otras lindezas buenísimas para las efemérides patrias, son puro humo que se dispersa ante la primera brisa de realismo. Todo esto está tan desconectado de la realidad como caricaturescas (sic) son las descripciones de Alberto Mayol del “neoliberalismo”.

Luis Placencia, en su capítulo “Violencia, acontecimiento y abstracción. Reflexiones sobre lo que ocurrió”, encara una tarea peliaguda: servirse de Hegel para entender. Este es un capítulo casi inaccesible para no filósofos. Cosas como éstas generan un comprensible espanto contra la filosofía, pero, en fin, ya recordaba Aristóteles en la Ética a Nicómaco que las personas de poco seso se asombran ante uno que habla “en difícil” (remito al lector al pasaje de 1094b 25-26 de aquella obra, pero claro, sería bueno saber un poco de griego). Ahora, ¿arroja luces este artículo? Yo creo que sí. Y muchas, pero aconsejo tener paciencia. Aunque nadie dijo, después de todo, que la filosofía tiene que ser fácil, no estaría mal hacer el esfuerzo de hacerla más comprensible. “La claridad es la cortesía del filósofo”, escribió Ortega alguna vez, y puede que ésta no sea la gran virtud de Placencia. ¿O será que pesa cierta maldición sobre algunos filósofos, como la que afectaba a Casandra, que tenía el don de la profecía, pero hablaba tan enredosamente que nadie entendía nada?

Ya recuperados del directo al mentón de Placencia, comprobamos que los artículos siguientes también están llenos de talento y de profundidad. José de la Cruz Garrido, por ejemplo, en su escrito “Opinión pública, creencias políticas y la psicología moral del malestar en la rebelión de octubre”, toca un asunto clave y muchas veces olvidado en este tipo de análisis: la psicología moral subyacente al faccionismo político. Lo de José de la Cruz es la expresión académica y bien expuesta de una intuición que puede tener cualquier persona de bien: ¿adónde vamos a parar si los padres de los jovencitos involucrados en el puro vandalismo piensan que está muy bien lo que hacen sus niñitos?

José Miguel Aldunate, en “Protestas, violencia y orden público”, intenta, con todo éxito, no perder la calma ante la astronómica estupidez contenida en expresiones como “criminalizar la protesta” y “violación sistemática de los derechos humanos”. La verdad, llamar “protesta” a tirar piedras a los Carabineros, incendiar iglesias y destruir monumentos, sería como llamar “reasignación de la propiedad privada” al cambio no consentido y clandestino del propietario de una billetera o un automóvil. El arte de manejar los sinónimos es el gran talento de la izquierda. Y si nos vamos a poner rigurosos, ningún ordenamiento jurídico legitima un “derecho a la protesta”, nos recuerda José Miguel.

Con toda razón, alguien puede preguntarse, ¿y qué pasó con el Congreso Nacional? “El rol del congreso nacional antes y después del estallido. Crónica de un maximalismo anunciado”, es la detallada respuesta de Natalia González Bañados. Mala noticia: sí señores lectores, se confirma lo que Uds. sospechaban, sólo que Natalia ofrece abundante documentación y reflexión. La imagen de cierto prestigioso Rector sentado en la avenida cortada y tomando tecito con las mismas que promueven la violencia y los disturbios, ilustra bastante bien lo que ocurre en el Congreso, aunque ese ejemplo no es de Natalia.

Daniel Brieba y Cristóbal Bellolio en “No country for liberals? El estallido social chileno: una interpretación rawlsiana”, son otros que vapulean sin demasiadas fatigas a los críticos del “neoliberalismo”. Como de costumbre, los revolucionarios de salón llegan tarde con sus demandas. ¡Por todos los diablos! ¿Es que a ninguno de ellos se le ha ocurrido que las sociedades desarrolladas no nacieron de la noche a la mañana, y que muchas de nuestras demandas ya han sido sobradamente reflexionadas y respondidas no menos de medio siglo antes? Este cronista opina que el trabajo de Brieba y Bellolio viene a confirmar que hay pasiones que, por muy criticables que puedan parecer, han dado lugar a buenas ideas. Una de esas pasiones es el egoísmo, que está en la base del capitalismo. Es muy feo ser egoísta, pero al fin y al cabo el egoísmo es una forma de amor, y cuenta con buenos instrumentos de “autocorrección”. Pero hay otras pasiones, como el resentimiento, es decir, una forma de odio sin posibilidades de enmienda, que sólo pueden generar malas ideas, como los socialismos por ejemplo.

Con este trabajo se cierra el aporte de los nacionales. El siguiente artículo es el de los argentinos, ya mencionado al comienzo de este comentario.

En suma, libro excelente, muy necesario, profundo y tal vez lo mejor que se ha escrito hasta ahora sobre este infortunado asunto que está muy lejos de haber terminado.

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