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Publicado el 18 de junio, 2020

[Reseña] Los apologistas del sinsentido

Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú) Jorge Martínez

El filósofo británico repasa a los pensadores de la nueva izquierda, esos que hoy lanzan sus mortíferos ataques contra el capitalismo neoliberal. Qué entienden por «capitalismo neoliberal» es uno de los grandes misterios, pero están seguros de que debe ser algo nefasto. Y culmina con una pregunta muy seria: ¿qué es la derecha?

Jorge Martínez Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)

Locos, impostores y agitadores. Pensadores de la nueva izquierda. Roger Scruton. Santiago. Fundación para el Progreso: 2020 (Traducción de Gastón Robert).

Un buen amigo me comentó que el repentino “nuevo orden mundial” desencadenado por el inexplicable protagonismo de un virus del que los microbiólogos, sin embargo, han oído hablar desde hace años, haría añicos las expectativas por los buenos libros publicados antes de la pandemia. Pareciera que si hoy un libro no alude a algún aspecto del “gran encierro”, como lo llamaríamos en estilo Foucault 2.0, sus posibilidades de difusión son muy escasas. Felizmente, en el nutrido ejército de locos, impostores y agitadores, tenemos al menos a uno de los generales, Slavoj Žižek, que en pleno uso de sus atribuciones proféticas nos dice cómo será el mundo post-COVID-19. Ahora, si alguien insinuara que ya en plena pandemia el ensayista esloveno no vio venir ni por casualidad el gran confinamiento, eso no disminuye ni una pizca su reputación mediática.

Pues bien, el magnífico libro de Roger Scruton es uno de esos textos que lamentablemente pertenece a otra época histórica, los tiempos a.d.C. (antes del Corona), y por lo tanto se podría considerar un texto obsoleto. Sin embargo, no lo es en absoluto, ya que los personajes exhaustivamente analizados allí conocen perfectamente el modo de continuar vigentes más allá de la marcha del mundo real. Una de las tácticas para asegurar esa vigencia es, precisamente, romper con el mundo real y, a la manera de Alicia a través del espejo, entrar en un universo onírico donde es muy difícil hacer la menor crítica, ya que tratamos con entidades gaseosas e inasibles. Desde ese planeta que garantiza su superioridad moral, los pensadores de la nueva izquierda lanzan sus mortíferos ataques contra el capitalismo neoliberal. Por cierto, aun cuando no saben mucho qué significa exactamente “capitalismo neoliberal”, sí enseñan que se trata de una díada repugnante.

Scruton da por hecho que es una verdad de fe que ser de derecha es malo y ser de izquierda no sólo es bueno, sino muy bueno. Cómodamente instalados en sus residencias londinenses, parisinas o neoyorquinas (jamás Puerto Príncipe o Kabul, naturalmente) y con el apoyo de sus respectivas instituciones universitarias, personas como Hobsbawm, Dworkin, Sartre, Foucault, Althusser, Lacan, Deleuze, entre los que ya no están, lanzan sus imprecaciones contra el capitalismo. Y entre los que están, Habermas, Žižek y Badiou ocupan varias páginas a lo largo de los nueve capítulos del libro que comentamos.

El origen del sinsentido

Habermas no merece tanta atención, probablemente “debido a su interminable y soporífico intento de sintetizar las contribuciones de sociólogos y filósofos modernos”, aun cuando “sus obras son publicadas en ediciones de lujo que se lucen en los más elegantes cuartos de estar”. A pesar de ello, “pocos las han leído de principio a fin. Y de aquellos que lo han hecho, pocos recuerdan lo que dicen.”

Las páginas en donde Scruton la emprende contra Badiou son realmente memorables, aunque de todos modos se deja ver un particular regocijo en su tratamiento de los autores franceses. El buen sentido de un inglés encuentra francamente insoportables los neologismos (la “neolengua”) a los que tan adictos se muestran algunos franceses. Los “matemas” de Badiou, al parecer le causan el efecto de un gas hilarante, ya que no tiene el menor problema en reemplazarlos por la expresión “sinsentidosemas”. Después de todo, reflexiona Scruton, resulta bastante complicado tomarse en serio a un neosofista que escribe, en un ensayo de 1977, que “hay un solo gran filósofo de nuestro tiempo y se llama Mao Zedong”.

Las referencias a Sartre son deliciosas. Scruton nos recuerda que “aunque Sartre era feo, con un cuerpo flácido y rostro de sapo, tuvo mucho éxito con las mujeres”, una de las cuales, Simone de Beauvoir, mantuvo una relación libre con él. Esto les permitió ser testigos mutuos de sus respectivas conquistas sexuales, incluso lésbicas en el caso de Madame de Beauvoir. En todo caso, “leer la Crítica de la Razón Dialéctica es una experiencia desalentadora. Ningún rayo de luz penetra esta mazmorra totalitaria, y los pocos agujeros por donde podría entrar aire son aquellos en que respira el espíritu del Sartre temprano, que no es más que lirismo insustancial. El objetivo de la jerga empleada es crear un falso conflicto en un mundo de ensoñaciones y hacer que el lector pase por alto los problemas reales del marxismo”.

En cuanto a Foucault, si bien es evidente que sus escritos buscan más el impacto retórico que la precisión histórica, más incuestionable resulta que “sus escritos reflejan mitomanía y paranoia”.

De todos modos, la gran maquinaria del sinsentido fue armada por Jacques Lacan. Este excéntrico psiquiatra, que tuvo la perspicacia de unirse a los reclamos estudiantiles parisinos, fue lo suficientemente talentoso como para atender a diez pacientes en una hora mientras recibía los servicios de su sastre, barbero o pedicuro. El “loquero del infierno”, como lo llamó Raymond Tallis, tenía una notable técnica terapéutica, nos recuerda Scruton, consistente en que los pacientes “debían hablar, pensar y sentir en el mismo lenguaje paranoico que su doctor”. Una de las afirmaciones más sorprendentes de Lacan es que no existen las relaciones sexuales. “Interesante observación, señala Scruton, sobre todo viniendo de un seductor en serie del que ninguna mujer, ni siquiera sus pacientes, se encontraba a salvo”. En todo caso, el influjo que ejercieron los seminarios de Lacan es uno de los más grandes misterios de la vida intelectual moderna. Ciertamente, nos dice Scruton, “a juzgar por su absoluto descaro intelectual y la ininteligible regurgitación de teorías que Lacan claramente no desarrolla ni comprende, este hecho no tiene paralelo en la literatura reciente”.

El amor a la verdad no es más que una antigualla burguesa para Lacan, continúa Scruton, citando al “loquero del infierno”, porque es amor “a aquella debilidad cuyo velo hemos levantado; es amor a aquello que la verdad esconde: se llama castración”. El amor a la verdad -prosigue el autor en su reseña de Lacan- no posee, por tanto, validez independiente, “ya que es meramente un disfraz del grupo más débil. No hay ningún bien real en juego, salvo el poder. Y la victoria se logra gracias a la varita mágica, esa raíz cuadrada de menos uno que, lanzada contra el enemigo, le corta los testículos”.

En el capítulo dedicado a Gramsci y Edward Said se reconoce el impagable servicio que la máquina del sinsentido francés ha prestado a la nueva izquierda hoy en día, asegurando incluso el éxito en la carrera académica. Los privilegios de que alguna vez gozaron la verdad y la argumentación racional han sido borrados de un plumazo, “quedando así disponibles los materiales para construir una exitosa carrera académica cuyo fundamento es la nada. Y como sea que construyas esta carrera, una cosa estará siempre clara: perteneces a la izquierda política y, por tanto, estás justificado por las causas en boga (da lo mismo cuál) y tienes inmunidad contra toda crítica seria. (…) Lo que importa es de qué lado estás. Y, con respecto a esto, tu izquierdismo es impecablemente correcto: tu posición académica está asegurada y eres un digno destinatario de los impuestos que paga la burguesía”.

Los pasajes en donde Scruton muestra que el “proletariado”, las “masas”, la “clase trabajadora” no son más que una ficción del Partido Comunista, totalmente divorciada de la realidad, no tienen desperdicio. Las capas más bajas de la sociedad italiana que en tiempos de Gramsci habían optado por Mussolini en vez de los comunistas, no son para Gramsci más que “el estrato de los vagos, de los ignorantes, de los aventureros a quienes la guerra dio la ilusión de ser buenos para algo o necesarios para algo importante, y que han sido promovidos por el estado de decadencia moral y política…” (en este pasaje Scruton cita un opúsculo de Gramsci: L’ordine nuovo, de 1921). La tarea de Gramsci fue más bien la conquista de la cultura. Parece que de todos modos no era tan complicado introducir la revolución y la subversión intelectual en los claustros académicos, “y así ha sido, desde ese entonces, el nuevo currículum en humanidades”, nos dice Scruton con tanta decepción como acierto.

La promoción de una causa

En el penúltimo capítulo Scruton pasa revista a un autor del que ya hablamos más arriba: Slavoj Žižek. Su prosa es más legible que la de Badiou y muchas veces dice cosas interesantes. Muchas veces, lo cual no es lo mismo que decir todas las veces. Como quiera que sea, no se puede negar, de acuerdo con el informe de Scruton, que los intereses del ensayista esloveno son bastante enciclopédicos, tal como se ve en su libro En defensa de las causas perdidas. Allí, y en una envidiable concisión, aborda en tres páginas consecutivas cosas como “la sábana santa de Turín, el Corán y la visión científica del mundo, el tao en la física, el humanismo secular, la teoría lacaniana de la paternidad, la verdad en la política, capitalismo y ciencia, arte y religión en Hegel, la posmodernidad y el fin de los grandes relatos, el concepto lacaniano de lo Real, psicoanálisis y modernidad, cultura y modernización, el superego y su relación con el fundamentalismo, solipsismo y ciberespacio, masturbación, Hegel y el espíritu objetivo, el pragmatismo de Richard Rorty y el Gran Otro”. Nos enteramos también, siempre gracias a Žižek, que el problema de Hitler o de Stalin es que no fueron lo suficientemente violentos, y que ya llegó la hora de reinventar el terror. En vez de denostar a Stalin, más bien debiéramos alabarlo por su humanidad, ya que rescató el experimento soviético de la biopolítica.

En fin, todos estos delirios y excentricidades, cuando no directamente indecencias, existen, nos dice Scruton, “para promover una única causa absoluta, esa causa que no admite ser criticada ni cuestionada, y que ofrece la redención a todo aquel que la abrace. ¿Y de qué causa se trata? La respuesta la encontramos en cada una de las páginas de sus fatuos escritos: la nada”.

El libro, bastante extenso, por cierto, pero respecto del cual este comentador no se atrevería a suprimir una coma, culmina con una pregunta muy seria: ¿qué es la derecha? En esos pasajes se analizan y exponen las calumnias odiosas de la izquierda: “Si te identificas con la derecha, entonces estás fuera del debate: tus opiniones son irrelevantes, no mereces respeto, tu existencia en este mundo es un error. No eres un oponente con el que se deba discutir, sino una enfermedad que se debe erradicar”. Si un pensador de izquierda reseña el libro de un pensador de derecha, “sólo será para basurearlo”, nos dice Scruton, ya que en el mundo académico los pensadores de izquierda marcan el paso.

Finalmente, y aunque no es lo menos importante, si bien no he tenido a la vista el original inglés del libro de Scruton, la traducción se lee muy fácilmente y es agradable. El traductor ofrece además un servicio que debe agradecerse: en numerosas notas de pie de página brinda explicaciones acerca de cosas que podrán ser muy evidentes para el lector inglés, pero que no necesariamente lo son para un lector de nuestras tierras hispano americanas.

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