El poder de la destrucción creativa. ¿Qué impulsa el crecimiento económico? Philippe Aghion, Céline Antonin y Simon Bunel. Deusto, 2021.
La pregunta acerca de qué es lo que impulsa el crecimiento económico ha sido y seguirá siendo fundamental para la historia económica.
A nivel de países, si bien algunos piensan que la riqueza está en los recursos naturales y otros creen que es la acumulación de dinero, en 1776 Adam Smith señaló en La riqueza de las naciones que esta se encuentra en la capacidad que tienen sus ciudadanos de producir. El desafío es cómo conseguirlo.
Se ha escrito bastante, pero no suficiente al respecto. Daron Acemoglu y James A. Robinson escribieron en el 2012 Por qué fracasan los países, poniendo énfasis en las instituciones. Mientras que, más recientemente, Joel Mokyr publicó su trabajo A Culture of Growth. The Origins of the Modern Economy (2017), enfocándose en la cultura.
La complejidad de la pregunta no admite una respuesta única y en ese contexto es que debemos leer el trabajo de Philippe Aghion, Céline Antonin y Simon Bunel titulado El poder de la destrucción creativa (Deusto, 2021), como una contribución que se suma a las anteriores. Si bien la investigación se inició antes de la pandemia, el trabajo se redactó a fines del 2019 y durante el 2020, de manera que -señalan sus autores- estimuló un debate respecto de cómo será nuestra sociedad “cuando emerjamos de la crisis”.
Es cierto que hemos sufrido la quiebra de empresas y la eliminación de empleos, pero también han surgido nuevas actividades innovadoras que podrían “salvarnos de la economía del coronavirus”. Esto es lo que se conoce como “destrucción creativa”, en palabras de Joseph Schumpeter. Es decir, “un proceso mediante el cual emergen continuamente nuevas innovaciones, convirtiendo en obsoletas las tecnologías existentes”. Continuamente nuevas empresas ingresan al mercado, compiten, son reemplazadas, convirtiéndose en “la fuerza conductora del capitalismo, asegurando su renovación y reproducción permanente, pero al mismo tiempo generando riesgos y turbulencias que deben ser administrados y regulados”.
La automatización y la inteligencia artificial avanzan hasta cubrir nuestras necesidades más básicas de comunicación, alimentación y salud. Por tanto, desde el punto de vista de las políticas públicas, el desafío será cómo proteger empresas viables a fin de salvar empleos y cuidar el capital humano, mientras se estimula la entrada de nuevas compañías más eficientes que respondan a las necesidades del consumidor.
El poder de la destrucción creativa
Es cierto que el capitalismo enfrenta una crisis, tal como lo hizo en 1929, pero en lugar de estar discutiendo respecto de si es necesario cambiar radicalmente el sistema económico aboliéndolo, los autores plantean “repensar el papel del Estado y la sociedad civil”, a fin de concentrarse en cómo regular mejor el mercado y que el Estado se convierta en “inversor” y “asegurador”.
En su opinión, los paradigmas existentes han sido ineficientes a la hora de explicar el enigma del crecimiento y la riqueza de las naciones, al menos desde el punto de vista empírico. De ahí que intentan una respuesta que se sustenta en data basada en innovación y difusión del conocimiento.
“El poder de la destrucción creativa reside sobre todo en su formidable capacidad de generar conocimiento”, por tanto, debiéramos pensar en cómo encausarlo. Por ejemplo, “hacia un crecimiento más ecológico y equitativo”, minimizando sus efectos negativos en temas de empleo, salud y felicidad.
Al preguntarse, por qué Europa sólo despegó hacia comienzos del siglo XIX, una respuesta está dada en la articulación entre factores tecnológicos e institucionales, que en el siglo XX demostraron una correlación positiva entre intensidad de la innovación y crecimiento de la productividad. Es decir, “los estados que más innovan, crecen con mayor rapidez”. Aquí el papel de la automatización es fundamental pues, “al contrario de las ideas preconcebidas”, esta crea “más empleos de los que destruye… además que incrementa las ventas y baja el precio al consumidor”, de manera que “genera ganancias de productividad en las que participan los empleados, los consumidores y las empresas”.
Incluso, desde el punto de vista del emprendedor “schumpeteriano”, a pesar de tener una alta tasa de fracaso, el que sobrevive logra un crecimiento espectacular. Mientras que si se mide la relación entre tasas de creación y destrucción de empresas, los países que alcanzaron las cifras más altas también produjeron la mayor cantidad de patentes nuevas.
De ahí que debe cuidarse que la política fiscal no desaliente la innovación, ya que, por ejemplo, la imposición de impuestos no solo afecta al crecimiento y tiene efectos sobre la fuga de cerebros, sino también en la movilidad social. Esto último es relevante, ya que no solo es cuestión de reemplazo a “los innovadores de ayer” y ascenso socioeconómico, sino que la empresa innovadora en sí misma es un trampolín social, “en la medida en que permite formar y promover a los empleados, en particular aquellos con menos capacitación”.
Así, entonces, el Estado puede jugar un papel importante en la inversión en innovación, ya que si bien un paradigma de la destrucción creativa es que aquella permita rentas monopolizadoras, el Estado puede preservar la competencia y la entrada libre de nuevos innovadores, al tiempo que subsidia el aprendizaje. Es importante entender la competencia como un impulso permanente por mejorar e innovar para mantener el liderazgo.
Pero al mismo, se debe velar por una “destrucción creativa más humana”, que permita a los individuos mantenerse activos en la fuerza laboral, como por ejemplo lo hace la flexiseguridad.
Tres ejes
¿Cómo estimular la innovación y el crecimiento? Aghion, Antonin y Bunel proponen tres ejes que dan forma a un ecosistema financiero: 1) invertir en la economía del conocimiento, especialmente educación superior e investigación, sobre todo básica; 2) reformas a los mercados laborales para hacerlos más dinámicos, pero combinando políticas apropiadas de competencia con seguros de desempleo y formación profesional, y 3) “desarrollar mercados de capital de riesgo (venture capital) y de acciones para financiar las innovaciones”.
Si bien esto podría implicar “controlar y humanizar la economía”, para hacerlo “es completamente innecesario expropiar a los patrones, nacionalizar empresas o erradicar el mercado”. Eso provocaría “privar a la sociedad de la creatividad, el saber hacer y el dinamismo de los empresarios”, cuyo talento debe movilizarse para “servir al bien común”.
En síntesis, “debido a que induce a la destrucción creativa, una economía de mercado es inherentemente disruptiva. Pero históricamente ha probado ser un motor formidable de prosperidad, llevando a nuestras sociedades a niveles de desarrollo inimaginables hace dos siglos”. Quienes ven el mundo dividido entre “capitalismo feroz” y “capitalismo amigable”, se equivocan. El libro que comentamos muestra empíricamente que la innovación y la inclusión, así como la innovación y la protección, “no son juegos suma cero”, de ahí que -tal como concluye el texto- ante la pregunta: ¿cuál es el futuro del capitalismo?, respondemos con las palabras de Henri Bergson: «el futuro no es lo que nos pasará, sino lo que haremos».
