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Publicado el 06 de agosto, 2020

“Mr. Jones” y la postverdad: Ni perdón ni olvido

En una época en que pensamos que somos los inventores de la “postverdad” y que estamos preocupados por las “fake news”, los hechos relatados por esta película superan nuestros prejuicios más encendidos en cuanto a la manipulación de los hechos por parte de los medios.

Recientemente tuve la oportunidad de ver la película Mr. Jones en Apple TV, una coproducción polaca, ucraniana e inglesa, que narra la historia de la revelación del genocidio por hambruna del pueblo ucraniano a manos de Stalin y el Partido Comunista, en los años 1932-33. Se estima que murieron producto de dicha hambruna -denominada por su nombre en ucraniano como el Holodomor- entre 7 a 10 millones de personas, según una declaración del año 2003 emitida por Naciones Unidas y firmada por 25 países, incluyendo a Rusia y Ucrania. Investigaciones posteriores habrían afinado esta cifra a entre 4 y 7,5 millones. Como sea, los números involucrados son gigantescos y no incluyen los muertos en la propia Unión Soviética.

Lo anterior fue el resultado del proceso de colectivización forzada del agro llevada a cabo por el Partido Comunista, que además de constituir un rotundo fracaso en términos de producción, produjo levantamientos en Ucrania así como de parte del campesinado soviético. Preocupados de la posibilidad de perder el territorio ucraniano, el Partido Comunista “cuarentenó” pueblos y localidades, impidiéndoles recibir ayuda o emigrar en busca de alimento, requisó su escasa producción, persiguió a los líderes cívicos -Mykola Skrypnyk, uno de los líderes más reconocidos del Partido Comunista de Ucrania, se terminó suicidanod- e incluso buscó eliminar el idioma ucraniano. La gente literalmente moría en las calles, se difundió el canibalismo como forma de subsistencia y se estima que nacieron 6,1 millones de niños con defectos atribuibles a la desnutrición de sus madres.

El Holodomor era perfectamente conocido por las autoridades comunistas, quienes, fieles a su tradición histórica, no sólo ocultaron sino que activamente persiguieron a quienes intentaban revelar lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención es el activismo desplegado por la prensa americana y europea para ocultar estos hechos. En una época en que pensamos que somos los inventores de la “postverdad” y que estamos preocupados por las “fake news”, los hechos relatados por Mr. Jones superan nuestros prejuicios más encendidos en cuanto a la manipulación de los hechos por parte de los medios.

La trama

Gareth Jones (James Norton) es un asesor en materias de política exterior para el Primer Ministro inglés, Lloyd George (Kenneth Cranham), que se ve forzado a dejar el cargo por restricciones presupuestarias. Impulsado por su curiosidad innata y el hecho de dominar el idioma ruso, obtiene una visa para visitar la Unión Soviética en marzo de 1933. En el curso de dicha visita conoce a Walter Duranty (un magnífico y especialmente reptiliano Peter Sarsgaard), corresponsal del New York Times en Moscú entre 1922 y 1936, y se entera de la hambruna que está afectando a Ucrania. Aprovechando una entrevista con Maxim Litvinov, el ministro de Relaciones Exteriores soviético, Jones consigue permiso para viajar a ese país. En el viaje logra eludir la vigilancia del funcionario del Partido Comunista que lo escoltaba y adentrarse en el campo ucraniano, donde toma conocimiento de primera fuente de lo que en realidad está ocurriendo. Apresado por la policía soviética, es expulsado del país no sin antes ser extorsionado: si revela la existencia de la hambruna y persecución del pueblo ucraniano, seis ingenieros ingleses apresados bajo la falsa acusación de estar saboteando la producción industrial soviética serán ejecutados.

La película dirigida por la directora polaca Agnieszka Holland (El Jardín Secreto, El Tercer Milagro, Copiando a Beethoven) tiene sus fallas narrativas, distrayendo innecesariamente entre la historia que quiere contar y unos saltos a George Orwell escribiendo “Rebelión en la Granja”, supuestamente inspirada en la experiencia vivida por Gareth Jones en el paraíso comunista. También filma un larguísimo episodio del recorrido por el campo ucraniano a lo Andrei Tarkovsky (Andrei Rublev, El Sacrificio) en una paleta prácticamente reducida a blanco y negro que resulta visualmente atractiva, pero que hace que la película pierda tensión dramática. Aún así, la historia que tiene que contar es de tal potencia, que creo será imposible para cualquiera no verse emocionalmente involucrado por ella.

Sea cuales sean los peligros de esta época de sobrecarga de información, mucha de ella distorsionada, cuando no simplemente falsa, los hechos relatados nos ayudan a tener un renovado aprecio por los beneficios que conlleva la tecnología. En marzo de 1933, a dos días de publicar su relato, Jones es desmentido por Walter Duranty en The New York Times en un artículo titulado “Rusos hambrientos, pero no hay hambruna”. Usando la terminología diseñada por el Kremlin al efecto, señala: “no hay hambruna, sino que mayor mortalidad debido a las enfermedades resultado de deficiente nutrición”. A eso le siguieron varios “desmentidos” de los corresponsales de otros medios acreditados en Moscú. Como luego reveló Eugene Lyons, corresponsal de United Press en su libro “Asignación en Utopía” (1937), “echar abajo a Jones fue una tarea antipática que nos cayó en esos años de jugar con los hechos para satisfacer el régimen dictatorial, pero lo hicimos unánimemente y con idéntico lenguaje equívoco”.

Los artículos de Duranty sirvieron para convencer al gobierno de Franklin D. Roosevelt de reconocer oficialmente al régimen soviético. Algo parecido ocurrió 25 años después con los reportajes de uno de los editores del New York Times: Herbert Matthews cubrió la revolución cubana reportando que “Fidel Castro no sólo no es comunista, sino que es un anticomunista. No hay un solo Rojo en su gabinete o en los altos cargos del gobierno y ejército”. Ellos sirvieron para cambiar la política de los EE.UU.: de apoyar  a Batista, pasaron a apoyar a Fidel Castro. Al mirar todo ese período de la historia en que el conocimiento de los hechos tenía que forzosamente pasar por el cedazo previo del medio de información, resulta consolador pensar que al menos hoy cualquiera con un mínimo interés por tener conocimiento efectivo de los hechos puede acudir a la internet e informarse directamente por medio de las fuentes que le den confianza. Un ejercicio que no necesariamente resulta fácil, pero que siquiera al menos es posible.

Finalmente y para quienes creemos que la verdad siempre terminará por salir a la luz, vale la pena mencionar que Gareth Jones murió asesinado en 1935 en la región China de la Mongolia Interior, en lo que todo indica fue una venganza de la Unión Soviética. Tuvieron que pasar más de 70 años y la caída de la Unión Soviética para que Ucrania pudiera reconocer oficialmente la existencia del genocidio del que fue víctima a manos del régimen comunista soviético. Walter Duranty mantiene hasta el día de hoy su premio Pulitzer (1932) por su reportaje sobre la Unión Soviética. Ello, pese a que The New York Times efectuó dos investigaciones, una en 1980 y otra en 2003, que dejaban en evidencia que el reportaje de Duranty sobre el Holodomor había sido simplemente mentiroso y sugerían a la Comisión Pulitzer que retirará el premio. La Comisión Pulitzer declinó hacerlo.

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