Hace unos días nos sorprendimos con un video en que Lady Gaga canta con Tony Bennett, quien a sus 95 años y padeciendo Alzheimer, no recuerda casi nada excepto sus canciones, y se sumerge y fluye en la música. Con esta película, “Los años más bellos de una vida” (Les plus belles années d’une vie), pasa algo parecido: el protagonista Jean-Louis (Jean-Louis Trintignant, 88), que se creía dueño del mundo, ahora recuerda muy poco, excepto el gran amor de su vida, Anne (Anouk Aimée, 87). Aplausos para ambos actores que logran envolvernos nuevamente en su historia de amor con gran dignidad.

Enamorados desde hace más de 50 años y para mitigar un poco el alzheimer de Jean-Louis, su hijo Antoine (Antoine Sire) ubica a Anne y le pide que lo visite en el geriátrico Orgueil (Orgullo), donde pasa los días, abrigado, sentado al sol en el jardín, recitando poemas y sumido en los recuerdos de un amor que lamenta haber perdido, según sus propias palabras, “porque no estaba a la altura”. Y agrega algo así como «es mucho más fácil seducir a mil mujeres, que seducir mil veces a la misma mujer». Sí.

Ya marchitado, pero aún seductor con su sonrisa que ilumina, aún sin sus atractivos labios carnosos que tanto destaca, Jean-Louis confiesa que “uno puede olvidar todo excepto la mirada de alguien que amó”, incluso sus gestos, como la manera en que Anne se arreglabla/arregla el cabello. Ahora, después de tantísimos años, el amor, su amor, sigue siendo lo más fuerte.

Es la historia que nos trae el gran director y guionista galo Claude Lelouch, 53 años después del estreno de esta pasión, la mítica primera parte, “Un hombre y una mujer” (Un Homme Et Une Femme, 1966), con aquel novedoso tratamiento audiovisual mezclando imágenes en blanco y negro con color, con un aire de documental. “La película fue más allá de nuestras expectativas -confiesa Lelouch-, no podíamos imaginar que daría la vuelta al mundo y que emocionaría a la gente como lo hizo”. Esta secuela, continúa esa narrativa libre, casi como un collage de ambas cintas, trayéndonos de vuelta la playa de Deauville, el Ford Mustang, la Citroneta 2 CV, la cámara girando y el pegajoso estribillo de la canción de Francis Lai: «dabadabadá, dabadabadá…»

Diálogos sueltos que nos van armando la historia y la vida actual de ellos y también de aquellos niños testigos del romance, Antoine y Francoise (Souad Amidou), que quizás en este espiral de la vida repitan la historia. Aparece otra hija de Jean-Louis, Elena (Mónica Bellucci en una sola escena), tratando de marcar su espacio.

Ante la petición de Antoine, Anne le aclara que no terminaron bien: “tu padre no solo era piloto profesional, también era infiel profesional”, pero, dudosa, accede. La visita de Anne a Jean-Louis marca un reencuentro sereno, muy emotivo, y que nos hace imposible no conectar con nuestras propias historias de amor, imaginando el diálogo en el paso de los años. ¿Está vivo el más grande amor de nuestra vida? ¿Qué diríamos? ¿Qué preguntaríamos? ¿Miraríamos a los ojos?

Anne se entrega –“no sabía que me habías amado tanto” dice-, y con el mismo arrojo que mostró en la primera parte de la historia cuando le envía un telegrama confesándole su amor, esta vez lo lleva a pasear en su Citroneta –“tengo el mismo auto porque yo soy fiel”, subraya- y le explica qué es una selfie. Si él es capaz de reconocerla o no, si pueden vivir esta segunda oportunidad de su amor, lo dejamos en la incógnita.

Para la trivia de Lelouch: incluye imágenes de su mítico plano-secuencia filmado en 1976, recorriendo las calles de París al amanecer, al volante de un Mercedes Benz 450SEL 6.9, a 200 kilómetros por hora, durante poco más de 8 minutos, pasándose 18 semáforos en rojo y sin respetar pistas. De hecho, luego de su estreno, estuvo algunas horas detenido.

Para sentir el latido del corazón. Preciosa la película y la música, especialmente la canción “Mon amour” de Calogero (el cantante preferido de Anne, claro). 1hr30 min. TE. En todos los cines.

Banda sonora inmortal aquí.

Tráiler aquí.