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Publicado el 03 de septiembre, 2020

[Reseña] Leviatán despótico, ausente o encadenado. ¿Dónde estamos?

Abogado Francisco Silva

El Estado surge como una respuesta, desesperada incluso, a la violencia que ha reinado a través de la historia en las sociedades humanas. La problemática a la base del estallido social de octubre de 2019 y el proceso constituyente que se nos avecina son parte del sinuoso camino que los autores denominan como un pasillo estrecho por el cual debe transitar toda democracia saludable.

Francisco Silva Abogado

El Pasillo Estrecho. Estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad. Daron Acemoglu y James A. Robinson, Deusto 2019.

Acemoglu y Robinson nos vuelven a remitir a importantes conceptos sobre el Estado y el tipo de sociedad que construimos, por cierto atingentes a diversos procesos políticos, sociales y culturales que viven las diversas naciones. En el caso de Chile por ejemplo, la problemática a la base del estallido social de octubre de 2019 y el proceso constituyente que se nos avecina, son parte del sinuoso camino que los autores denominan como un pasillo estrecho por el cual debe transitar toda democracia saludable. Por cierto es un tránsito no exento de cortapisas y desvíos. Si no fuese así, tendríamos otros índices de bienestar a nivel global y las democracias avanzadas serían la regla general.

Una primera aproximación a la temática planteada por los autores nos impide olvidar que el Leviatán (Estado) surge como una respuesta, desesperada incluso, a la violencia que ha reinado a través de la historia en las sociedades humanas. Se nos indica que los estudios antropológicos de cientos de culturas previas al Estado-Nación muestran masacres, asesinatos y homicidios que los arqueólogos han reconstruido a partir de restos de esqueletos desfigurados o dañados. Ya en 1978, la antropóloga Carol Ember documentó que había, sistemáticamente, tasas muy altas de conflictos en las sociedades cazadoras y recolectoras. Señaló que sólo el 10% de dichas sociedades no estaba en guerra. Por otra parte, Steven Pinker, a partir de una investigación de Lawrence Keeley, recopiló pruebas sobre 27 sociedades sin Estado estudiadas por los antropólogos en los últimos 200 años, que mostraban tasas de mortalidad causada por la violencia de más de 500 por 100.000 personas, que en la práctica es más de 100 veces la tasa actual de homicidios en Estados Unidos, o más de 1.000 veces la de Noruega.

El Leviatán, por tanto, se ha constituido en una herramienta liberadora del miedo y la violencia de una sociedad sin ley. Todos sabemos de alguna manera lo que ocurre en un grupo o en una sociedad sin ley. Las injusticias de la guerra, de las cárceles de nuestros países donde se obliga a castigar a los débiles, a comer ratas, a la violencia sexual sin límites y tantas otras atrocidades.

La libertad, y en última instancia la capacidad del Estado, dependen -señalan los autores- del equilibrio de poder entre el mismo Estado y la sociedad. Si el Estado y las élites se vuelven demasiado poderosas, se acaba en un Leviatán despótico que no recogerá el sentir de la sociedad. La Alemania nazi y en general los regímenes totalitarios constituyen el extremo de esta dinámica, por cierto no deseada. De lo contrario, si el Estado se queda atrás, conseguiremos un Leviatán ausente donde los diversos grupos de la sociedad intentarán instalar sus visiones y demandas en medio del caos. En el Leviatán ausente el cuerpo social se impone en la agenda política sin poder encausar los intereses a través del Estado, sin brújula que permita institucionalizar el proceso democrático y a merced de los múltiples sectores y actores de la sociedad.

El Leviatán encadenado

El estrecho pasillo al que hace referencia este libro es esa rendija por donde debe introducirse cualquier democracia que busque dar respuesta real a la convivencia social. El impulso debe provenir de la dinámica y movilización de las fuerzas sociales por un lado y, por otro, de la respuesta y organización que entregue el Estado y sus instituciones, encausando demandas y actualizando día a día la agenda de respuesta a las necesidades ciudadanas. Ese es el Leviatán encadenado.

El primer pilar del Leviatán encadenado es que existan varios individuos o grupos, o constructores de Estado que impulsan un Estado poderoso, que trabajarán para poner fin a la “guerra de todo hombre contra todo hombre”, ayudar a resolver los conflictos sociales, proteger a la gente de la dominación y proporcionar servicios públicos.

El segundo pilar del Leviatán encadenado es la movilización social, que está referida a la implicación en la política de toda la sociedad, en particular de quienes no son élite, que puede adoptar formas institucionalizadas, como lo son las elecciones y asambleas. También pueden tomar formas no institucionalizadas, como revueltas, protestas, demandas y presión general. En este punto se plantea que los poderes institucionalizados y no institucionalizados son sinérgicos y se apoyan mutuamente.

En materia económica, esta tipología de Leviatán crea tipos de oportunidades económicas e incentivos diversos que permiten la experimentación y la movilidad social como ocurrió en las ciudades-Estado italianas y en la civilización zapoteca en América.

Es importante advertir que el Leviatán encadenado puede convertirse con rapidez en un Leviatán despótico, pues se necesita de la competencia de la sociedad para mantenerlo bajo control, y cuanto más poder detente el Estado, más poderoso debe ser el cuerpo social que lo controle. La administración del Estado juega un papel central en esta fase de la gobernanza de las naciones y de lo que denominamos hoy como democracias avanzadas.

En el camino se debe intentar esquivar las categorías de Leviatán despótico y Leviatán ausente, articulando una relación de control bi-direccional entre el cuerpo social activo y el Estado y sus instituciones. Se debe demandar una sociedad participativa, una política capaz de generar consensos, aglutinar demandas sociales y dolores ciudadanos. Que se anticipe a problemas futuros, configurando respuestas atingentes, imparciales y estables en el tiempo.

Y no basta con disponer de un Estado y tener elecciones de modo regular. Hay ciertas condiciones que, como se describe previamente, debemos procurar instalar en el funcionamiento de nuestra vida en democracia. De hecho, hay una particular fragilidad en este camino de vigilancia mutua entre Estado y sociedad, que obliga a estar permanentemente alertas, generando diálogo, consensos sociales, cediendo espacios de poder y flexibilizando posiciones. En síntesis, se requiere de políticos y, por cierto, ciudadanos capaces de construir permanentemente más y mejor Estado.

En los tiempos que corren y con un proceso constituyente ad portas, preocupa por una parte la ausencia de ideas en torno a la redefinición de nuestras bases institucionales y, por otra, la multiplicidad de visiones y actores que hasta el momento no han podido establecer ideas comunes para el debate o consensos elementales sobre los importantes temas que debemos conversar: la salud y la educación del futuro, los sistemas de protección social que heredaremos a nuestros hijos, el modo de relacionamiento con los pueblos originarios, el tipo de organización de Estado, en definitiva, las bases del modelo de desarrollo económico, social y cultural.

De la riqueza de la movilización de los intereses sociales y de la lectura que de ella haga el Estado y sus instituciones dependerá la calidad de la democracia que viene. Tratar de la “polis” nos debe remover, nos debe permitir reconocer liderazgos, aunque no respondan a todas nuestras expectativas. Ser realistas y procurar avanzar. No son necesarios los grandes cambios ni las grandes reformas, necesitamos de una sociedad capaz y vigilante, que escuche y ponga en el centro lo que nos aqueja, en el caso de nuestro país, un modelo de desarrollo que pese a los avances, ha mantenido una desigualdad dolorosa que se debe dejar atrás.

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