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Publicado el 30 de julio, 2020

«La Librería»: Un amor por los libros a prueba de fuego

Periodista Ana María Gálmez

Tanto la película como el libro son un homenaje a esos héroes anónimos que son los libreros, que intentan sacar adelante un difícil negocio que implica mucha inversión, mucho gozo, pero pocas utilidades.

Ana María Gálmez Periodista

La Librería, novela de la escritora inglesa Penélope Fitzgerald y finalista del Premio Booker 1978, fue un amor a primera vista para la cineasta española Isabel Coixet. Tal vez porque tanto a ella como a la autora las conecta el amor por los libros y lo que implica esa pasión: hojear con calma las páginas de un libro tomado al azar en una librería; aspirar el olor al papel; gozar con un hallazgo literario o el placer que da una buena novela y el sufrimiento que implica llegar a la última página.

La Librería, llevada al cine, es una pintura construida de belleza y amor por los libros. Da vida a lo que describe tan bien Gabriela Mistral en su ensayo La pasión de leer: “La faena en favor del libro que corresponde cumplir a maestros y padres es la de despertar la apetencia del libro, pasar de allí al placer del mismo y rematar la empresa dejando un simple agrado promovido a pasión.”  Y eso hace Isabel Coixet. Toma una espléndida receta, en este caso un libro precioso, y le va agregando ingredientes que construyen una película conmovedora y que hace que el espectador goce, sufra y sueñe de la mano de su protagonista, encarnada por Emily Mortimer.

Es 1959 y Florence Green, una viuda de mediana edad, se lanza contra viento y marea a la aventura de abrir una librería en Hardboroug, una pequeña localidad costera de Suffolk, donde a primera vista no hay mucho interés por la lectura. Todo son dificultades para su emprendimiento. La miran con desprecio en el banco donde solicita el préstamo; Violet Garman (Patricia Clarckson), la intrigante del lugar, una remilgada mujer con afanes de nobleza y que encarna a la perfección el dicho de qué en pueblo chico, infierno grande; y el escepticismo de los pueblerinos que miran con sospecha que se instale en la casa más antigua del pueblo, por años cerrada y donde se rumorea habita un misterioso fantasma.

Con pequeñas pinceladas la cineasta borda paisajes costeros; da cuenta de una atmósfera intrínsecamente inglesa, el ritual de la hora del té, el cuidadoso respeto por la intimidad del otro, un mundo ordenado, jerárquico y una vida rural que enamora precisamente por su calma provinciana, su entorno marcado por la naturaleza, la lluvia, el viento y el mar.

Florence es una idealista y una romántica, pero sobre todo es una mujer que exuda pasión por los libros. Son mágicas las tomas de cómo abre las cajas cuando llega cada pedido; de cómo coloca con devoción cada novedad en su vitrina; de cómo envuelve en papel café y amarra con cordel cada descubrimiento literario para enviárselo, casi con devoción, a Edmund Brundish (Bill Nighy), un ermitaño que vive encerrado en su mansión y que vuelve a respirar y a vibrar a través de esta amistad que brinda el intercambio literario; sus conversaciones al lado de la estufa y siempre con una taza de té en las manos, con la pequeña Kattie, su joven ayudante y las ansias de Florence por contagiar a la pequeña su amor por la lectura.

Tanto la película como el libro son un homenaje a esos héroes anónimos que son los libreros, que intentan sacar adelante un difícil negocio que implica mucha inversión, mucho gozo, pero pocas utilidades. La novela de Fitzgerald no se centra en tramas románticas ni en guerras sicólogicas, aunque el pasado de su autora –sobrina del gran teólogo y converso inglés Ronald Knox- dan cuenta en sus líneas de una moraleja. Una enseñanza que no es otra cosa que el elogio a las virtudes de la lectura.

De las novelas de Penelópe Fitzgerald que he leído, La flor azul  y A la deriva, por la que sí obtuvo el Booker en 1979, éste es sin duda su libro más encantador. Y eso se traspasa literalmente a la cinta. De alguna manera el premio que recibió el guión de Isabel Coixet a la mejor adaptación literaria de 2017 de la Feria del libro de Fráncfort es un botón de muestra.

Una novela que recomiendo por su argumento, sólido y bien desarrollado, salpicado por el maravilloso y críptico humor inglés; y una película que nos hace soñar por un rato, por lo menos a mí, de cómo sería cumplir el secreto anhelo que todo buen lector tiene: el de montar su propia librería.

La Librería (película) en Netflix; la novela, del mismo nombre, en Kindle y en papel en BuscaLibre.com

Puedes encontrar el comentario de la película que hicimos en El Líbero en el momento de su estreno, el 2018, aquí.

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