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Publicado el 29 de octubre, 2020

“El juicio de los 7 de Chicago”: Impotencia

Periodista Virginia Araya

En un mundo tan convulsionado como el actual, esta cinta nos lleva a un momento similar de la historia: los Estados Unidos de fines de los años 60, cuando muchos jóvenes expresaron su rechazo a la guerra de Vietnam. Las movilizaciones derivaron en disturbios y enfrentamientos con la policía, y un juicio posterior manipulado.

Virginia Araya Periodista

Hay dos cosas que sobresalen de esta película: la narrativa siempre atrapante de Aaron Sorkin (director y guionista) y el sentimiento de impotencia que deja. Un ejemplo más de abuso de poder político-judicial, algo desgraciadamente permanente en la historia de la humanidad.

1968 fue uno de los años más agitados de la historia de Estados Unidos, marcado por los asesinatos de Martin Luther King (abril) y de Robert Kennedy (junio), en medio de masivas y violentas protestas llamando al fin de la guerra de Vietnam. En agosto, el epicentro fue Chicago con ocasión de la Convención Nacional del Partido Demócrata, escenario que varias organizaciones civiles determinaron como perfecto para manifestar su rechazo.

Así parte la cinta, con extractos de las razones de los ocho líderes de organizaciones civiles pacifistas para ir a Chicago y expresar su oposición al conflicto bélico y a la actuación del presidente Lyndon B. Johnson. Pero se encuentran con problemas desde el principio, pues el alcalde de la ciudad había dado orden de prohibir cualquier tipo de concentración y movilizó a 12.000 policías, 7.500 soldados, 7.500 efectivos de la Guardia Nacional y 1.000 agentes secretos para blindar el lugar. Ni siquiera autorizó la realización del “Festival por la Vida”, un encuentro musical. Así, con los ánimos más que caldeados, lo que en un principio se planeó como una manifestación pacífica, terminó en disturbios con gran represión policial (efectivos que removían sus placas de identificación) y muchos detenidos, aunque finalmente no se juzgó a nadie.

Sin embargo, al año siguiente Nixon llega al poder y para dar un escarmiento, los republicanos deciden juzgar a los ocho principales organizadores de las protestas: David Dellinger (John Carroll Lynch), Rennie Davis (Alex Sharp), Jerry Rubin (Jeremy Strong), Tom Hayden (Eddie Redmayne), John Froines (Daniel Flaherty), Lee Weiner (Noah Robbins), Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II) y Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen, hoy en plena polémica por la película “Borat 2”). Inicialmente fueron ocho, pero el grupo fue rebautizado como Los siete de Chicago cuando Seale, cofundador de los Panteras Negras, consiguió ser juzgado por separado, sin antes pasar la humillación de ser esposado y amordazado en pleno juicio (escena impactante).

La situación fue muy complicada y con múltiples protagonistas, pero Sorkin se las arregla para ir avanzando el relato con los principales momentos del juicio, donde lo más importante no fueron las pruebas ni los argumentos para librarse de los cargos de conspiración e incitación a los disturbios, sino la manipulación del juez Julius Hoffman (interpretado magistralmente por Frank Langella). Una lucha extenuante del grupo de acusados junto a sus abogados, cansancio que también va produciendo roces junto a la presión de la prensa y del público que los apoyó con la consigna “Todo el mundo está mirando”. Pero tanto testigo tampoco sirvió.

Y es que el autoritarismo y parcialidad del Juez eran impenetrables: “Porque esta es mi corte”, sentenciaba con el golpe de martillo y punto. Racismo, suspensión de jurados, invalidación de testigos, prohibición de testimonios, suspensión de audiencias, entre otros abusos, fueron las estrategias con que logró dilatar y procesar a los 7 de Chicago, sin contrapeso alguno.

Como una forma de alivianar la historia árida del juicio, paralelamente se va ridiculizando el proceso en clave stand up, con una performance ácida de Abbie Hoffman, el bufón inteligente que aporta humor, desfachatez y valentía hasta el final. Aun cuando el director se toma licencias para su ficción, la escena de Hoffman y su compañero Rubin (fundadores del movimiento yippies, hippies organizados para burlarse del status quo) llegando al juicio vistiendo togas fue real, pero no así el sorprendente discurso de Hayden al final.

En febrero de 1970, los siete imputados fueron absueltos del cargo de conspiración, pero condenados -salvo Froines y Weiner- a penas de cinco años más una multa, por cruzar las fronteras estatales con la intención de incitar al motín. No sale en la película, pero el juez Hoffman tuvo un último gesto de castigo con los acusados: ordenó que en la cárcel les cortaran el cabello largo tanto a ellos como a sus abogados defensores. Posteriormente, en una rueda de prensa, un alguacil mostró orgulloso el cabello rapado de Abbie.

Años después, en 1972, todas las condenas fueron revocadas por la Corte de Apelaciones, pero el escarnio público que sufrieron sin duda marcó sus vidas, incluso trágicamente, como se lee en los créditos finales.

Valioso testimonio histórico político, especialmente hoy, con el mundo nuevamente convulsionado. 2 hr 10min. TE. En Netflix.

Puedes ver el tráiler aquí.

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