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Publicado el 17 de enero, 2017

“El hombre perfecto”, ebrio de voluptuosidad

La película de cierre del Festival de Cine de Las Condes 2017, obra del creador francés Yann Gozlan, es un thriller intenso y apasionante, que permanece en los sentidos y en el pensamiento, actuando y maquinando durante un buen tiempo en la materia gris. Pierre Niney y Ana Girardot conforman una pareja dramática aplaudible, y el guión y la música incidental, además de una cámara diversa en sus métodos y caminos narrativos, terminan por delinear la obtención de un crédito de suspenso casi perfecto. Se estrenará en los próximos meses.

 

 

“Dile que te amo; pero no, no pronuncies semejante blasfemia, dile que te adoro, que la vida sólo empezó para mí en el momento en que te conocí. Dile que en los ratos más locos de mi juventud, nunca soñé tan siquiera con la dicha que te debo. Por ti he sacrificado mi vida, por ti sacrifico mi alma. Tú sabes que también sacrifico mucho más”.

Stendhal, en Rojo y negro

El joven escritor Mathieu Vasseur (interpretado por el actor Pierre Niney), siempre aparece en escena solo, en la espera de un futuro incomprensible: cuando redacta concentrado sobre el teclado de su computadora -en un pequeño y moderno departamento parisino-, y también en el instante, en el momento de conseguir una fama que aunque espuria, le granjea la gloria, la plenitud, la satisfacción económica, y el amor y la admiración de la bella Alice Fursac (encarnada, a su vez, por la inolvidable Ana Girardot).

La cámara de Gozlan, en cambio, no elude ángulos ni combinaciones de perspectivas, con el fin de rodear la humanidad de ese narrador desconocido, que trabaja en labores manuales y ocasionales (de carga y de mudanza), con el único propósito de poder dedicar el resto de sus energías intelectuales, al afán de crear otras realidades. La carestía de talento, lo suple la suerte, el azar, una sorpresa inaudita, mientras recoge diarios, y bota papeles de un muerto, al tarro de la basura y de los deshechos sacros y urbanos.

El pelo castaño, suelto, al viento, al sol, de Ana Girardot, aplaca los temores y las angustias. Después de vivir tanto tiempo en soledad, el cariño de una mujer así, transforma al tímido y sensible escritor, en un héroe capaz de cualquier maniobra: una situación idéntica le aconteció, por ejemplo, al provinciano Julián Sorel, en el “Rojo y negro”, de Stendhal. La promesa incierta del éxito, el dinero y el amor esquivo, conjugan un polvorín explosivo, de desconocidas consecuencias. Pero Mathieu no desea perder a Alice, por ningún motivo: ¿Podría soportar volver a ese desamparo y a esa pobreza sentimental, y saber que la vida de ella, prosigue como si nada sin él, sin sus abrazos, besos y sedientas atenciones?

Al lado del mar, en la cita a innumerables largometrajes de suspenso, bastantes de origen francés (un tópico del cine de esas latitudes), ese individuo que no ha confesado jamás a nadie su intimidad, admira con dolor la belleza de su novia (y la riqueza de la familia de ésta), en un guión confeccionado con sumo esmero, y que soporta la comparación, con las tramas inmortales que imaginó ese genio decimonónico Grenoble (me refiero a Marie-Henri Beyle, el verdadero nombre de Stendhal).

El montaje (que ofrece técnicas televisivas para aumentar su rapidez y coherencia narrativa), se combina con la emoción, y dádiva, regaladas por la música incidental de Cyrille Aufort. Porque Mathieu es un melómano, un hombre de 26 años, que mientras concibe en su mente las tramas de esas novelas difíciles de cuajar, escucha los sonidos clásicos exhalados por su equipo radial. Lo inconsolable ocupa un lugar central en la vida del escribiente. Abandonó una existencia de ermitaño (llenada por su pasión literaria, sin embargo), para poseer gracias a un hecho inaudito, un engaño, el horizonte de la estabilidad afectiva y financiera.

Un balneario en la Provenza (era que no), y ahí está Alice: fina, elegante, esbelta, atractiva, inteligente, apasionada lectora, síntesis de sueños y anhelos celestes. Y al frente se haya Mathieu: un buen mozo atormentado por sus secretos, desconfianzas, nos imaginamos que también por las ausencias de todo tipo (insistimos en que durante la acción, el novelista se observa, si no fuera por esa novia caída del cielo, absoluta y unívocamente solo). El lente, rastrea las dudas y los conflictos internos de ese embaucador, somatizados de una manera excepcional por la postura y la intuición dramática excepcionales del actor Pierre Niney, en un agradable descubrimiento personal, acerca de los nuevos intérpretes que nacen en el cine europeo de estos días.

El ingenioso trepador (igualmente educado, con prestancia), sufre por el temor de llegar a perder ese regalo que le entregaron en bandeja sus mentiras: el amor esmerado de Alice. Y en el desarrollo de ese tópico (propio de un thriller), el director explaya su visión acerca de nudos tan estimulantes y persistentes, como la salida regenerativa que ofrece la escritura, y la labor creativa, artística, en sus diferentes revelaciones. La producción de un nuevo texto, propio, auténtico, quizás borre eternamente la falsía del engaño y de la trampa. Y la ironía se expresa en la necesidad de tener que vivenciar un cambio, un vuelco radical, con el objetivo de que las circunstancias brinden la liberación anímica y existencial, propias de un delirio caprichoso, onírico.

La presencia de la farsa y del engaño, no obstan para que en la luz cálida, acogedora y transparente de la Provenza, prevalezcan la pasión sincera de Mathieu por Alice, y ese miedo terrible a perderla. ¿Cómo comenzar de nuevo, lejos de ese símbolo e imaginario de la felicidad terrena y divina, leal sol femenino? El diseño de arte, y la dirección de cámara (fotografía), abundan en conceder ciertas precisiones: una mansión campestre, clásica, señorial, europea, el pelo de la protagonista (una obsesión del foco), donde la turbiedad del exitoso literato, vedan cualquier posibilidad de redención, cuando no sea en el terreno de la sorpresa lunática y desesperada de pretender fingir lo inimaginable. La velocidad de un bólido, de un BMW, fotogramas de la abundancia.

Traicionarse a sí mismo. La calidad sonora y refrescante de ese soundtrack, la referencia a la Guerra de Independencia de Argelia, la soledad inaudita, fuerte, capaz de hacer frente al pasado, y las dudas psíquicas que posee ese rol (Pierre Niney), en una figura que se levanta en la literatura, en el séptimo arte francés, desde, por lo menos, la Ilustración (en el primero de los casos): el héroe inverosímil, romántico en cierto sentido, dueño de una voluntad de poderío sin contrapeso, que apuesta al triunfo de los caballos desbocados.

Chantajes, salidas creíbles sólo para un genio o un loco. La mención al melancólico Romain Gary (audiovisual y en los diálogos), la deliberación alrededor de la desesperación, de la respuesta sorpresiva y adecuada ante la adversidad, que pueden concebir los hombres ante la presión mortal y extorsionadora de un rufián.

El mar, el reino de la imaginación, el gesto de rebelión que representa escribir, el atajo a un mundo paralelo, en el cual negociamos las tristezas y heridas, que padecemos. “Escribí: fui la víctima / de la mendicidad y el orgullo mezclados / y ajusticié también a unos pocos lectores; / tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto; / una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies”, anotó ese piedra angular (para nosotros), que es Enrique Lihn. La sobrevivencia gracias a la literatura, el respirar debido a la ilusión de llenar una hoja en blanco, despojarse de eso, sería la peor derrota, la más grave para Mathieu. Y quizás, se pueda reconquistar el encanto de Alice. “Si silencio es tentación y promesa”, redactó con alegría otra “santa”: Alejandra Pizarnik.

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