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Publicado el 03 de septiembre, 2020

“Crímenes de Familia” y los castillos de naipes

Periodista Virginia Araya

Un matrimonio de clase acomodada vive una plácida madurez en un elegante departamento de Buenos Aires. Esta falsa paz es interrumpida por una llamada desde la cárcel de su hijo. Protagonizada por Cecilia Roth.

Virginia Araya Periodista

Es inevitable quedarse unos minutos en silencio después de ver esta película de Netflix que recién estrenada, ya está entre las más vistas. Se trata de una producción argentina que tomó más de 4 años en concretarse y finalmente Sebastián Schindel -su director y coguionista- la filmó en apenas un mes, con la taquillera actriz Cecilia Roth en el rol protagónico.

Fuerte desde el título, Crímenes de Familia es eso, crímenes que a veces nos parecen lejanos, imposibles de creer que se den entre nuestros próximos. Schindel ha contado que su inspiración vino después de que en 2014 pidiera a amigos abogados que le pasaran fallos judiciales relacionados con violencia de género, femicidios y maltrato laboral, y se basó en dos de aquellos expedientes para escribir el guion. Luego, la OIT y la ONU Mujeres se sumaron al proyecto.

Historia y actuaciones duras para representar a un matrimonio de clase acomodada, que vive una plácida madurez en un elegante departamento del “paquete” barrio de la Recoleta en Buenos Aires. Él, Ignacio Arrieta (Miguel Angel Solá), huraño, pedante, incómodo con su vida, prefiere el abandono. Ella, Alicia Campos (Roth) transita desde su soberbia de clase con sus amigas de yoga y tecitos bien atendidos por su “mucama” Gladys,  hasta la perplejidad de sus equivocaciones y prejuicios.

Esta falsa paz es interrumpida por llamadas por cobrar desde la cárcel, de su hijo Diego (Benjamín Amadeo), que al parecer desde la adolescencia acarrea conflictos por drogas y actitudes violentas. Un consentido “hijo de mamá” que incluso en su defensa en el tribunal argumenta: “Yo vengo de una buena familia, me educaron para otra cosa”.

Seguramente lo educaron para otra cosa, como intentamos hacer todos los padres, pero cuando es reiterativamente acusado de maltrato por su ex pareja, es mejor averiguar. En vez de eso, Alicia lo niega -“Mi hijo no es un drogadicto y ella es una negra de m…”- y por zafarlo de la prisión lo pierde casi todo. ¡Y vaya que escupe al cielo!

Paralelamente, la película va contando otro proceso judicial, el de Gladys (Yanina Ávila), la silenciosa nana que trabaja desde hace años con los Arrieta, desde que llegó del campo analfabeta y permaneció incluso después de que diera a luz a su hijo Santi, de padre desconocido. Santi, de 4 años (interpretado por el hijo real de Yanina), fue criado prácticamente por Alicia que, como no puede ver a su nieto verdadero, vuelca en él todo su amor y ocupación como abuela.

Pero Gladys enfrenta un nuevo embarazo con un trágico desenlace y por ello es detenida con un castigador testimonio de su propia patrona: “Lo que hizo ella no tiene nombre, no tiene perdón de Dios”.

Estos dos juicios entonces, el de Diego y el de Gladys, en un atractivo relato audiovisual que los va cruzando, van golpeando al matrimonio e incomodan su vida burguesa de aparente familia perfecta. La mayor víctima es Alicia, quien debe tomar decisiones extremas al mismo tiempo que va enfrentando  realidades que trastocan sus juicios. Primero, desesperada por su hijo, accede a un trato con un abogado corrupto que le promete solucionarlo por 400 mil dólares. Pero luego, con las crueles e innegables evidencias, viene su mayor cambio cuando no responde las llamadas de Diego. Dura prueba para su maternidad, pero ya no le importa el qué dirán, la vida bota de un plumazo su castillo de naipes  y comienza a enmendar. Ese es el maravilloso epílogo de esta película que no resuelve las situaciones tapándolas sino enfrentándolas con la verdad por delante, sin protecciones de familia ni de sistemas torcidos.

Un dato curioso ha sido la popularidad de Yanina Ávila en su rol de Gladys, que ya en 2017  había actuado en “Una especie de familia”, otra película argentina donde obtuvo el Premio del Sur como revelación. Yanina cría sola a sus dos hijos en el pueblo de Misiones y desde muy joven trabaja como empleada de limpieza. Hoy sabiamente dice: «Hay muchas mujeres que pasan por lo que pasa Gladys, pero las mujeres nos tenemos entre nosotras y nos apoyamos entre nosotras. Las mujeres no tenemos que bajar los brazos y vamos a lograr que los varones dejen el odio y los golpes. Transformar esa violencia en amor».

Muy recomendable para destapar apariencias. 99 minutos. En Netflix.

Puedes ver el trailer aquí.

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