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Publicado el 03 de septiembre, 2020

Arte, muerte, sexualidad y abandono

Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo Gabriel Carvajal

Mientras más alejados de lo racional, más abiertas están las ventanas de las sensaciones. Más permeables nos hacemos; más despojados de preconceptos; más emociones nos invaden el alma y el espíritu.

Gabriel Carvajal Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo

Por distintas circunstancias y motivaciones, hace días que me dan vuelta en la cabeza conceptos como la muerte, el erotismo, el sexo… y cómo se conectan con el arte. Pareciera a simple vista que no hay una unión tan evidente, al menos con la muerte, pero basta escarbar ligeramente para ver que sí hay un nexo, un hilo conductor.

Y es la idea del abandono

La experiencia del abandono, no como orfandad, desamparo de parte de alguien o algo desde lo externo. Me refiero a la cesión de la mente, de lo cognitivo, a dejarse llevar por las sensaciones. Abandonarse al gozo. Desconectar lo mental y yacer en brazos de los sentidos.

La experiencia de la muerte -de la que al final nadie detenta certeza- tiene sí que ver concretamente con el alejamiento, el abandono del espíritu al cuerpo, la separación de lo inmaterial con lo tangible.

En la sexualidad y el erotismo, también existe esa dicotomía. El clímax en la práctica sexual es una suerte de abandono total en busca del placer y el éxtasis -así nos diferenciamos del resto de las especies animales-, más aún si existe el compromiso amoroso. Son instantes de desconexión total de la realidad. Casi un desdoblamiento. Quisiera creer que es lo más cercano a la experiencia de la muerte, aunque no sea por más que unos segundos. Ese tránsito gozoso de un estado al otro, de una vida a la otra, si es que la hay.

También en el arte. Mientras más alejados de lo racional, más abiertas están las ventanas de las sensaciones. Más permeables nos hacemos; más despojados de preconceptos; más emociones nos invaden el alma y el espíritu -lamento no haber logrado conectarme con la meditación aún, no lo descarto, pero creo que hay una estrecha relación en las dos experiencias-, abandonar la mente para que nos penetre la belleza, la emoción a través de los sentidos.

No hay mejor experiencia que asistir, por ejemplo, a la representación de una ópera, concierto de música clásica o ballet -más si es inmerso en la magia sensorial, exacerbada normalmente por entornos de extraordinaria belleza arquitectónica que poseen los teatros donde generalmente se desarrollan estos géneros y que son parte importante del rito-. Sin embargo, la verdadera magia comienza cuando se apagan las luces y desaparece el espacio físico. Nos despojamos del presente y nos abandonamos a la experiencia a través de los sentidos, nos alejamos de la realidad y nuestra conciencia para olvidarnos ¡hasta casi de nuestro cuerpo! para entrar a otra dimensión, la espiritual. Experimentando otra vez el tránsito de una vida a otra, en este caso ajena (o no) y con retorno….

Lo mismo pasa con el cine y el teatro.

En las artes plásticas tiene más que ver con nuestra preparación, con nuestro propio despojo de lo racional y preconcebido, como un ejercicio adquirido y fortalecido con la experiencia y la cotidianeidad de enfrentarnos a una obra. Es así como se logra la conexión -de la cual ya he hablado en notas anteriores- de lo que quiso expresar el artista y como nos llega a tocar, quizás inesperadamente y de forma inusitada, alguna cuerda de nuestra sensibilidad dispuesta a dejarse seducir.

Estamos en tiempos de abandonarnos. Divagar y reflexionar son actos propicios en períodos de introspección, condicionados a momentos, puntos de inflexión, generados -esta vez- por un agente externo que nos ha tenido obligados a hacerlo, que nos ha “regalado” un tiempo para derribar estructuras, experimentar e indagar en nosotros. Y, por qué no, para estar preparados, a enrostrarnos con la muerte, que se nos ha hecho mas cercana, listos para ese tránsito. Que sea en paz, gozoso y ojalá, y en el mejor de los casos, en un suspiro… ¡en un solo instante!… como en un clímax orgásmico.

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