Hay algo allá afuera es presentado por:
Publicado el 16 de septiembre, 2020

Al desnudo

Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo Gabriel Carvajal

En todo lo que uno hace, si lo hace desde el corazón, entrega parte de su ser interior. Desde el modo en que uno se viste, actúa, gesticula, come, qué música oye, qué lee, en definitiva, cómo vive -de qué manera se conecta con el exterior-, todo deja entrever su yo íntimo. Ese modo de vida también tiene que ver con el cómo uno habita su arquitectura, se rodea de objetos, muebles, colores, texturas, personas… y también arte.

Gabriel Carvajal Arquitecto y coleccionista de arte contemporáneo

A propósito de quedar expuesto… Teniendo un grado de conciencia, nada causa más pudor que dejar en evidencia nuestros más profundos pensamientos ideas o preferencias frente a cualquier persona… solo con la madurez y la seguridad que surge de ahí mismo se evita tal trance.

En todo lo que uno hace, si lo hace desde el corazón, entrega parte de su ser interior. Desde el modo en que uno se viste, actúa, gesticula, come, qué música oye, qué lee, en definitiva, cómo vive -de qué manera se conecta con el exterior-, todo deja entrever su yo íntimo. Ese modo de vida -para fines de esta nota- también tiene que ver con el cómo uno habita su arquitectura, se rodea de objetos, muebles, colores, texturas, personas… y también arte.

Ambientar una casa no solo se refiere al lugar donde uno desarrolla su vida; también es el lugar donde se sociabiliza con la familia, amigos y cercanos, implica sentirse grato en el lugar y rodeado de cosas que nos provoquen la comodidad y el placer de tenerlas y compartir, más si es con arte, pero también significa mostrar -en el buen (o no) sentido de la palabra- una imagen. Se suma, por qué no, la elección de obras de arte, que tiene que ver con esa intimidad que muchas veces cuesta compartir porque está ligada a nuestro interior más profundo.

Hablaba con una amiga coleccionista, que hace poco había decidido descolgar de las paredes de su casa parte de su colección que la acompaña desde hace ya un tiempo, a diario y a toda hora, porque necesitaba -a propósito del encierro y el reciente proceso de apertura- trabajar con gente en su departamento y pensaba que todo lo que había en exhibición era tan íntimamente ligado a sus propias experiencias -fijaciones, traumas, ángeles y demonios- que pensó que al momento de recibir personas en su casa con fines laborales era como abrirles la puerta ¡prácticamente desnuda! Desde ahí se llenó de pudor. Decidió entonces vestir sus paredes de otra forma… pero sin tener que renunciar a sus gustos. Quizás abriendo otros compartimentos de su alma.

Extrapolando, Luis XIV, el “Rey Sol” -bautizado Louis-Dieudonné (Dado por Dios)-, no hizo más que querer demostrar su poder e imponer su visión del saber vivir. Una de esas formas fue la transformación del palacio de Versalles durante gran parte de la segunda mitad del siglo XVII. Además, por supuesto, de impulsar las artes, lograr triunfos militares y, en consecuencia, incorporar territorios a Francia, dejando al país en una posición predominante y en línea de vanguardia, en un plano mas íntimo y personal -por decirlo de alguna forma- llevó también a vivir a los cortesanos al palacio para “tenerlos cerca”, halagándolos con fiestas en ambientes de gran refinamiento y lujo, para de paso manipular y prever supuestos actos de traición. Les dio literalmente de todo -manteniendo el control absoluto-; algunos, paradójicamente, consiguieron incluso… ¡hasta la muerte! por merecidas y/o supuestas traiciones. También ganó el repudio del pueblo, pues le exigía a través de los impuestos gran parte de sus ingresos para concluir los trabajos de alhajamiento del edificio. Sin embargo, hasta su muerte en 1715 y embestido por su auto-asignada superioridad y en medio del descontento generalizado, él seguía pensando que su voluntad era el único motor de la vida del reino y de sus súbditos.

Dos modos de vida, separados por más de 300 años de historia, en mundos, contextos, culturas, realidades y hábitats diametralmente opuestos, pero que al final tienen en común el dejar al desnudo a sus protagonistas. Expuestos al voyerismo de quien los pueda o quiera analizar. Luis XIV, desde la grandiosidad de su reinado, que lo coloca entre los más grandes monarcas de la historia de Francia y el mundo, marcado por la gran transformación de Versalles. Siempre desde la soberbia y seguridad en sí mismo, pero también encaminado hacia una rebelión inminente. Y mi amiga coleccionista, desde su no menos valioso mundo, el interior, que la va a llevar al triunfo de batallas tal vez menos relevantes para el curso de la historia y desarrollo de la sociedad y el universo, pero sí en su camino de búsqueda y realización personal desde su maravilloso, propio e íntimo entorno físico…

La última palabra se escribe siempre con el paso del tiempo…

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