El nuevo proceso constitucional sigue su rumbo y pronto los expertos comenzarán a concretizar los principios del Acuerdo en normas constitucionales. Sin embargo, la familia fue excluida y constituye una señal de la crisis que sufre.

En la Constitución vigente, la persona es lo primero que se nombra y protege, e inmediatamente después, a la familia. No la define, pero reconoce que su existencia natural es previa al Estado.

Se puede entender a la familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que junto a sus hijos están unidos por un vínculo de características únicas. Se trata de uno distinto al que existe en los partidos políticos, en una empresa, en una patrulla, en un sindicato o en un equipo deportivo, por muchas metáforas que existan al respecto.

En la familia, los padres se aman y apoyan, los hijos crecen y se educan. Aprenden, o debieran aprender, las virtudes que sus padres les enseñan, o debieran enseñar. Un lugar íntimo, en donde no prima la justicia, sino la caridad. El egoísmo del padre o madre ensimismado en su trabajo, de los niños consentidos, de los adolescentes incomprendidos, es lo que se opone a la donación recíproca, al servicio al prójimo.

En palabras del recientemente fallecido Papa Emérito Benedicto XVI, “la familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona”, pero “esta labor educativa se ve dificultada por un engañoso concepto de libertad, en el que el capricho y los impulsos subjetivos del individuo se exaltan hasta el punto de dejar encerrado a cada uno en la prisión del propio yo”. Aprender a vivir verdaderamente, a sacarse ese concepto liberal de libertad, tan enfocado en el yo y no en el otro.

Patrick Dineen, en “La cultura común de los ciudadanos corrientes”, se pregunta sobre esa libertad más teórica que real de la gente común: “Tenemos la ‘libertad’ de casarnos, pero menos gente se casa. Tenemos la ‘libertad’ de tener hijos, pero las tasas de natalidad caen en picada. Tenemos la ‘libertad’ de practicar la religión, pero la gente abandona la fe de sus padres y madres. Tenemos la ‘libertad’ de conocer nuestra tradición, de participar en nuestra cultura, de transmitir las enseñanzas de los mayores a los jóvenes, pero sólo damos deudas a los hijos que quedan”.

Por ello, y desde hace mucho tiempo, estamos ante un estallido anti familiar. La crisis precisamente es ese subjetivismo autorreferente, que se cuela por los celulares, que se impone con las leyes y que se intensifica con el agobio laboral. El vínculo mutará de la gratuidad a la competencia. Ya no serán padres criando hijos, sino estos exigiéndoles la satisfacción de sus caprichos… o derechos.

Es necesario evitar que la familia sea guardada en el baúl al que se lanzó la tradición y la fe.
Las consecuencias son devastadoras, y solo revelan una verdad de sentido común: no proteger a la familia ni promover que los jóvenes formen una, implica que la persona no pueda crecer y desarrollarse de un modo integral, que termina por deshumanizarla. Ante una mala experiencia de perder, no tener o no vivir en familia, una fibra esencial del hijo queda marcada y tendrá consecuencias futuras.

En la familia, se forja el futuro ciudadano. Si no se la protege ni promueve, tendremos, si es que ya no los tenemos, chilenos ensimismados en sí mismos e indiferentes al dolor ajeno, sometidos “a una falsa ilusión de las bendiciones de la libertad”.

*Roberto Astaburuaga es abogado de Comunidad y Justicia

Roberto Astaburuaga

Abogado de Comunidad y Justicia

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