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Publicado el 08 de agosto, 2020

Sergio Merino: La empresa: motor de esperanza y paz para la Araucanía

Presidente de USEC Sergio Merino

La mirada asistencialista del Estado nace de la desconfianza en la capacidad de los habitantes de la Araucanía de construir puentes, de salir adelante en conjunto y eso incluye reconocerles el derecho humano a la propiedad privada y no solamente comunitaria.

Sergio Merino Presidente de USEC
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La preocupante situación ocurrida en la Araucanía en estos últimos días es, sin lugar a duda, más que un “problema mapuche”, es la violencia ideológicamente motivada. Y el primer responsable de enfrentarla es el Estado a través de los procedimientos y organismos que establece el Estado de Derecho.

En estas circunstancias, vale la pena recordar que los dos Papas que nos han visitado nos hicieron una misma advertencia al pasar por la Araucanía. En 1987, San Juan Pablo II nos dijo: “no os dejéis seducir por quienes os ofrecen soluciones tentadoras e ilusorias a vuestros problemas, como son las del odio y la violencia”. 30 años después, el Papa Francisco fue más enfático todavía: “La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa”.

La idea de paz no se encuentra en el lenguaje corriente de las empresas o del comercio, pero la paz es el fruto que subyace a la acción libre, creativa, justa, caritativa y solidaria de las personas que trabajan y dan trabajo, que crean y distribuyen riqueza en la sociedad. Por eso, la empresa aporta en la tarea de la paz y ayuda a construir confianzas, es un puente que posibilita el encuentro entre las personas.

Valoramos a esos miles de empresarios y emprendedores –mapuches y no mapuches– que, con sentido patriótico y aún a riesgo de ver afectada su integridad, continúan trabajando en las zonas de conflicto, generando empleo digno y mejores condiciones para todos. Cada emprendedor que atiende a un cliente, cada despacho de un proveedor que llega a destino, están haciendo mucho más que cumplir con un contrato; está construyendo puentes de confianza donde antes no los había, y eso es motivo de esperanza.

La esperanza es el fundamento de los puentes que debemos construir en la Araucanía. La esperanza es una virtud eminentemente empresarial: todo emprendedor o empresario está, de alguna manera, insatisfecho con alguna condición actual y la virtud de la esperanza transforma esa insatisfacción en una oportunidad para contribuir al bien común. Luego, motivan, involucran y movilizan a más personas, creando vínculos y empresas, y de esa manera se transforman en fuente de esperanza para los demás.

Las políticas públicas asistencialistas implementadas en las últimas décadas no han hecho sino perpetuar la “supuesta incapacidad” del pueblo mapuche para hacerse cargo de sus vidas, su identidad y su futuro. La mirada asistencialista del Estado nace de la desconfianza en la capacidad de los habitantes de la Araucanía de construir puentes, de salir adelante en conjunto y eso incluye reconocerles el derecho humano a la propiedad privada y no solamente comunitaria.

En ese sentido, el Papa Francisco nos dio una segunda advertencia importante: “Debemos estar atentos a la elaboración de bellos acuerdos, que nunca llegan a concretarse. Esto también es violencia, porque frustra la esperanza”. La demora en abordar con decisión la dimensión política de este desafío, así como las “partidas en falso” de iniciativas que no funcionaron, son también una forma de violencia, pues al frustrar la esperanza se resiente el vínculo de fraternidad que nos une como miembros de un mismo pueblo.

Todas las empresas son una comunidad de personas que organizan su trabajo para servir las necesidades del prójimo y que, en virtud de ese servicio, reciben una retribución que les permite llevar el pan a su mesa. En ese sentido, las empresas son esos puentes de encuentro, ellas generan lazos de confianza donde antes no los había, un lugar de encuentro donde se vuelva a escuchar la voz del prójimo y el bien común sea un horizonte compartido por todos y cada uno de nosotros.

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