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Publicado el 20 de noviembre, 2019

Rafael Rincón: La madre de todas las batallas

Director de Estrategia y Relaciones Internacionales, Proyecto Havel, FPP Rafael E. Rincón

Ya que lo hicimos esta vez, pues no nos quejemos si mañana nos pisotean o nos vuelven a amenazar. O si entre todos pisoteamos la nueva constitución y salimos a la calle a desatar el infierno cuando no nos guste un resultado, una elección o una medida. Porque ni mil cartas magnas podrán curar la horrorosa incivilidad que estamos haciendo parte de nuestro ADN político. Ninguna constitución nos satisfará si nuestra voluntad es imponernos sobre los demás cueste lo que cueste, a sangre y fuego si es preciso.

Rafael E. Rincón Director de Estrategia y Relaciones Internacionales, Proyecto Havel, FPP
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Quizás pensamos que, de aquí en adelante, la madre de todas las batallas políticas será la constitucional.

La constitución de un país es tremendamente importante porque tiene consecuencias prácticas. Es fundamental, sí, pero no será necesariamente el gran factor decisivo de nuestro futuro como sociedad. Además, aún podemos hacer de ella algo bueno o permitir que algunos la diseñen a su medida. Podemos lograr que tenga un espíritu minimalista y que se parezca a los marcos institucionales de los países serios y avanzados o caer en los errores de algunas naciones latinoamericanas, y atribuirle más y más poderes al Estado. Y con eso, claro, a los políticos y burócratas, incluidos a los ineptos o corruptos. Podemos hacer que sea más ciudadana e inteligente de libertades y limitación del podero dejarnos llevar por la ilusión ideológica, creada por los demagogos, de que se nos da más poder cuando en realidad se nos arrebata, todo adornado con palabras dulces que apuntan al corazón y neutralizan la cabeza.

Podemos, en suma, hacer aún muchas cosas buenas… o seguir «ejerciendo nuestro derecho a ser estúpidos», como dijo el historiador Niall Ferguson en su visita de 2014 a Chile.

Pero el tiempo pasará y un día, cuando entendamos que tenemos una visión absurdamente legalista e ideológica de las cosas, con tantos mitos, nos daremos cuenta de que nuestro real problema nunca fue la Constitución.

Comprenderemos, ojalá no demasiado tarde, que nuestro peor defecto ha estado en nuestra maltrecha cultura política, muy latinoamericana, que reduce la democracia a eso que llaman «el clamor popular», la mejor forma en que unos pocos ideólogos y manipuladores pueden aplastar a las minorías usando a las mayorías. Veremos cómo permitimos que se nos secuestrara por casi 30 días antes de lograr un acuerdo. No lo hicieron las personas que manifestaron sus descontento civilizada y racionalmente, sino los que nos capturaron —los ndalos y terroristas organizados— mientras sus voceros, voluntarios o no, nos comunicaban las condiciones para no matarnos.

Lo peor es que seremos conscientes de cómo algunos llegamos a justificar y validar la violencia, el chantaje y el uso de vías no institucionales como forma de hacer política. Y recordaremos frases lindas que contrastaban, casi como insultos, con la catástrofe en las calles; cuando decían que «las movilizaciones sociales corrieron el cerco de lo posible», parecía más bien que fue nuestra situación de rehenes lo que hizo ceder. Y ya que lo hicimos esta vez, pues no nos quejemos si mañana nos pisotean o nos vuelven a amenazar. O si entre todos pisoteamos la nueva constitución y salimos a la calle a desatar el infierno cuando no nos guste un resultado, una elección o una medida. Porque ni mil cartas magnas podrán curar la horrorosa incivilidad que estamos haciendo parte de nuestro ADN político. Ninguna constitución nos satisfará si nuestra voluntad es imponernos sobre los demás cueste lo que cueste, a sangre y fuego si es preciso.

Si supieran —¿lo saben?— el daño que hacen y lo mal que se ven. Si tan solo amaran al país y a sí mismos más de lo que odian a sus adversarios.

El monstruo autoritario que llevamos dentro lo lucimos en cada colegio destruido, incluso por niños y adolescentes. En cada estación de metro arrasada, en cada iglesia quemada, en cada persona golpeada o muerta. En bandas armadas en las calles, azuzadas desde las tribunas públicas por personas irresponsables. Y, claro, protegidas por nuestras voces acusando a Carabineros y a las Fuerzas Armadas —cuando salieron, bastante atados de manos— de «esbirros del dictador», en nuestra ridícula ficción de un Chile setentero. También vimos al bicho oprobioso en cada peaje fascista que bautizamos como «El que baila pasa» y en cada vida arruinada cuando destruimos comercios y dejamos a personas desempleadas. En la celebración del golpe a la economía y a la imagen de Chile como «victorias populares», convencidos de que estábamos hiriendo al gobierno y a los ricos.

También descubriremos —y nos quedaremos cortos— la aterradora falta de buenos líderes e intelectuales visionarios, especialmente cuando veamos que esta discusión nos llevó al pasado, con políticos disfrazados de próceres (re)fundando la Patria —o resistiendo— mientras el siglo XXI, con sus desafíos colosales, corría afuera sin esperarnos. Pasamos de Greta Thunberg, que al menos era una conversación de estos tiempos, al Joker enloquecido en las calles y a delirios nostálgicos de luchas caducas. Hasta cayeron las estatuas de Valdivia y Arturo Prat, como afirmando que la cosa era «histórica», mientras otros animaban la pelea entre los espectros de Pinochet y Allende. Nos fascina darle épica a nuestros arranques y sentir que estamos reescribiendo la historia o vengándonos. Pero el futuro nos espera con la sonrisa de quien ve venir a un idiota golpeado por sí mismo. Y si no superamos los efectos de esa sobredosis, llegaremos a él ridículamente pobres y con nuestra mente atrofiada, sin una neurona sana, por la droga del subdesarrollo y la ideología del fracaso. Los estragos por las caídas de la APEC y la COP25 en Chile, así como nuestra desconexión de la globalización productiva por semanas, son aún reparables, pero imperdonables.

Y los intelectuales… ¡ah!… algunos se sentían tumbando al Zar Nicolás II. Y es que le habían advertido, años atrás, que la cosa —lo de la constitución— sería «por las buenas o por las malas». Eso y figuras públicas, periodistas, actores y actrices, ingenua o deliberadamente, relativizando la violencia o directamente celebrándola. Si supieran —¿lo saben?— el daño que hacen y lo mal que se ven. Si tan solo amaran al país y a sí mismos más de lo que odian a sus adversarios.

El gran desafío de Chile es, pues, desarmar esta bomba de tiempo. Cortar el cable correcto. Y promover una nueva narrativa que renueve y revitalice la democracia, saneándola, liquidando el virus que podría llevarnos a enfrentarnos de nuevo. Esta es la madre de todas las batallas. ¡Y se puede ganar!

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